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Cuando don Juan nos puso cara a cara a la mujer nagual y a mí, ninguno de los dos sabía nada de la existencia del otro, y sin embargo, al instante sentimos una intensa familiaridad. Don Juan sabía, a través de su propia experiencia, que el alivio que los seres dobles experimentan el uno en el otro es indescriptible, y demasiado breve. Nos dijo que fuerzas incomprensibles a nuestra razón, nos habían colocado juntos y que lo único que no teníamos era tiempo. Cada minuto podía ser el último; por tanto, tenía que ser vivido con el espíritu.

Una vez que don Juan nos reunió, todo lo que le restó a él y a sus guerreros fue encontrar cuatro acechadoras, tres guerreros y un propio para completar nuestro grupo. Para ese fin, don Juan encontró a Lidia, Josefina, la Gorda, Rosa, Benigno, Néstor, Pablito y Eligio. Cada uno de ellos era una réplica incipiente de los miembros del grupo de don Juan.