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Se nos ocurrió que las actividades en las que recordábamos haber tomado parte, quizá no tomaron mucho tiempo en llevarse a cabo en términos de tiempo medido por reloj. Por razón de poder, en esas circunstancias, al percibir en términos de intensidad, pudimos sólo haber tenido la sensación de extensos pasajes de tiempo. La Gorda creía que si pudiéramos rearreglar la intensidad en una secuencia lineal, creeríamos haber vivido miles de años.

El paso pragmático que don Juan tomó para auxiliarnos en nuestra tarea de recordar consistió en hacernos interactuar con cierta gente cuando nos hallábamos en un estado de conciencia acrecentada. El tenía mucho cuidado en impedirnos ver a esa gente cuando nos hallábamos en un estado normal de conciencia, creando de esta manera las condiciones apropiadas para recordar.

Al completar nuestros recuerdos, la Gorda y yo entramos en un estado insólito. Teníamos detallado conocimiento de interacciones sociales que habíamos compartido con don Juan y sus compañeros. Estos no eran recuerdos del modo como yo recordaría un episodio de mi niñez; eran recuerdos más que vívidos de acontecimientos que podíamos revivir paso a paso. Reprodujimos conversaciones que parecían reverberar en nuestros oídos, como si las estuviéramos escuchando. Los dos pensamos que no era. superfluo especular sobre lo que nos estaba ocurriendo. Lo que estábamos recordando, desde el punto de vista de nuestra experiencia inmediata, tenia lugar ahora. Tal era, el carácter de nuestro recuerdo.

Por fin la Gorda y yo pudimos resolver las interrogantes que nos habían impulsado tan duramente. Recordamos quién era la mujer nagual, cómo encajaba entre nosotros, cuál había sido su papel. Dedujimos, más que recordamos, que habíamos pasado iguales porciones de tiempo con don Juan y don Genaro en estados normales de conciencia, y con don Juan y sus demás compañeros en estados de conciencia acrecentada. Recapturamos cada matiz de esas interacciones, que habían sido veladas por la intensidad.

Después de una cuidadosa revisión de lo que habíamos descubierto, comprendimos que apenas habíamos establecido un minúsculo puente entre los dos lados de nosotros mismos. Nos volvimos entonces a otros temas, a nuevas interrogantes que habían tomado precedencia sobre las antiguas. Había tres temas, tres preguntas que resumían todas nuestras preocupaciones. ¿Quién era don Juan y quiénes eran sus compañeros? ¿Qué nos habían hecho? Y, ¿a dónde se habían ido todos ellos?