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– Estoy atada a ti. Hasta que tú pierdas tu forma humana y puedas recordar, yo no podré saber cuál es esa libertad. Pero quizá tú no puedas perder tu forma humana a no ser que primero recuerdes. De cualquier manera, no deberíamos estar hablando de esto. ¿Por qué no te vas a platicar con los Genaros?
La Gorda habló con el aire de una madre que envía a su hijo afuera a jugar. No me molestó en lo más mínimo. En cualquier otra persona, fácilmente yo habría tomado esa actitud como arrogancia o desprecio. Me gustaba estar con la Gorda, ésa era la diferencia. Encontré a Pablito, Néstor y Benigno en la casa de Genaro, envueltos en un extraño juego. Pablito se hallaba suspendido, más o menos a un metro del suelo, en algo que parecía ser un arnés de cuero oscuro que tenía atado con correas al pecho, bajo las axilas. El arnés semejaba un grueso chaleco de cuero. Al concentrar mi atención, vi que en realidad Pablito se hallaba parado en unas gruesas correas que hacían una curva por debajo del arnés, como estribos. Se encontraba suspendido, en el centro del cuarto, mediante dos cuerdas que pasaban por encima de la gruesa viga transversal que sostenía el techo. Cada cuerda sostenía el arnés, por encima de los hombros de Pablito, merced a unos anillos de metal.
Néstor y Benigno tiraban de una cuerda cada quién. Se hallaban en pie, uno frente al otro, sosteniendo a Pablito en el aire por la fuerza de su pulsión. Pablito, a su vez, aferraba con todas sus fuerzas dos palos largos y delgados, que habían sido plantados en el suelo y que cabían cómodamente en sus manos apretadas. Néstor estaba a la izquierda de Pablito, y Benigno, a la derecha.
El juego parecía ser una guerra de tirones desde tres lados, una feroz batalla entre los que tiraban y el que se hallaba suspendido.
Cuando entré en el cuarto, todo lo que pude oír fue la pesada respiración de Néstor y Benigno. Los músculos de sus brazos y de sus cuellos estaban hinchados por la tensión.
Pablito no perdía de vista a ninguno de los dos, concentrándose en cada uno con miradas fugaces. Los tres se hallaban tan absortos en su juego que ni siquiera advirtieron mi presencia o, si lo hicieron, no pudieron romper su concentración para saludarme.
Néstor y Benigno se miraron el uno al otro de diez a quince minutos, en silencio total. Después, Néstor trató de engañarlo soltando su cuerda. Benigno no cayó en la trampa, pero Pablito sí. Aceptó aún más su mano izquierda y afianzó sus pies en los palos para apuntalar su posición. Benigno aprovechó ese momento para dar un poderoso tirón, en el preciso instante en que Pablito aflojaba su fuerza.
El tirón tomó por sorpresa a Pablito y a Néstor. Benigno se colgó de la cuerda con todo su peso, Néstor ya no pudo maniobrar y Pablito luchó desesperadamente para equilibrarse. Fue inútil. Benigno había vencido.
Pablito se bajó del arnés y llegó hasta donde yo me encontraba. Le pedí que me hablara de su extraordinario juego. Me pareció un tanto renuente para hablar. Néstor y Benigno se nos unieron después de guardar sus aparejos. Néstor dijo que el juego había sido inventado por Pablito, quien halló la estructura en su ensueño y después lo concibió como juego. En un principio se trataba de un artificio que permitía tensar los músculos a dos de ellos al mismo tiempo. Se turnaban para ser elevados. Pero, después, el ensueño de Benigno les permitió entrar en un juego en el que los tres tensaban los músculos y agudizaban su agilidad visual al permanecer en estado de alerta, a veces durante horas.
– Benigno cree ahora que esto nos está ayudando para que nuestros cuerpos recuerden -prosiguió Néstor-. La Gorda, por ejemplo, juega de una manera bien rara. Siempre gana, no importa en qué posición se ponga. Benigno cree que es porque su cuerpo recuerda.
Les pregunté si ellos también observaban la regla del silencio. Se rieron. Pablito dijo que, más que nada, la Gorda quería ser como el nagual Juan Matus. Lo imitaba deliberadamente, hasta en los detalles más absurdos.
– ¿Quieren decir que entonces sí podemos hablar entre nosotros de lo que paso la otra noche? -pregunté, casi perplejo, ya que la Gorda había sido tan enfática al negarse a hacerlo.
– Nosotros no tenemos trabas -reconoció Pablito-. Tú eres el nagual.
– Aquí, Benigno se acordó de algo pero bien, bien extraño -precisó Néstor, sin mirarme.
– Yo creo que fue un ensueño a medias -adujo Benigno-. Pero Néstor cree que no.
Esperé con paciencia. Con un movimiento de cabeza, les urgí a que continuaran.
– El otro día él se acordó de que tú le enseñaste cómo encontrar huellas de gente en la tierra floja -declaró Néstor.
– Tuvo que haber sido un ensueño -dije.
Quería reír de lo absurdo que era eso, pero los tres me miraron con ojos suplicantes.
– Es absurdo -recalqué.
– De cualquier manera, más vale que te diga que yo tengo un recuerdo parecido -dijo Néstor-. Tú me llevaste a unas rocas y me explicaste cómo esconderme. Lo mío no fue un ensueño a medias. Yo estaba bien despierto. Un día iba caminando con Benigno, buscando plantas, y de repente me acordé que tú me aleccionaste, así es que me escondí como tú me enseñaste y le pegué un sustazo a Benigno.
– ¿Yo te enseñé? ¿Cómo pudo ser? ¿Cuándo?
Me estaba empezando a poner nervioso. Ninguno de ellos parecía bromear.
– ¿Cuándo? Ahí está la cosa -convino Néstor-. No podemos acordarnos de cuándo. Pero Benigno y yo sabemos que eras tú.
Me sentí pesado, oprimido. Mi respiración se volvió más dificultosa. Tuve miedo de volver a sentirme mal. En ese momento decidí contarles lo que la Gorda y yo habíamos visto juntos. Hablar de eso me calmó. Al final de mi narración, de nuevo ya podía controlarme.
– El nagual Juan Matus nos dejó un poquito abiertos -dijo Néstor-. Todos nosotros podemos ver un poco. Vemos agujeros en la gente que tiene hijos y también, de vez en vez, vemos un pequeño resplandor en la gente. Puesto que tú no ves nada, parece que el nagual te dejó completamente cerrado para que te vayas abriendo desde dentro. Ahora ya le ayudaste a la Gor da y ella puede ver por sí misma o, de lo contrario, está dejando que la lleves a cuestas.
Les dije que lo que había ocurrido en Oaxaca pudo haber sido una chiripa.
Pablito pensó que deberíamos ir a la roca favorita de Genaro y sentarnos allí con las cabezas juntas. Los otros dos dijeron que la idea era brillante. Yo no presenté objeciones. Aunque estuvimos sentados allí un largo rato, nada pasó. Pero nos sentimos muy bien.
Cuando aún nos hallábamos sentados en la roca les conté de los dos hombres que la Gorda y yo creímos que eran don Juan y don Genaro. Se resbalaron de la roca inmediatamente y entraron a casa de la Gorda. Néstor era el más agitado. Estaba casi incoherente. Todo lo que pude entender fue, así supuse, que todos ellos estuvieron esperando un signo de esta naturaleza.
La Gorda nos estaba esperando a la puerta. Ya sabía lo que yo les había dicho.
– Yo tan sólo quería darle tiempo a mi cuerpo -aclaró, antes de que nosotros pudiéramos decir algo-. Tenía que estar completamente segura, y ya lo estoy. Eran el nagual y Genaro.
– ¿Qué hay en esas chozas donde desaparecieron? -preguntó Néstor.
– No se metieron allí -aseguró la Gorda-. Se fueron caminando por el campo abierto, hacia el Este. En dirección de este pueblo.
Parecía estar decidida a apaciguarlos. Les pidió que se quedaran, pero rehusaron, se disculparon y se fueron. Estaba seguro de que se sentían incómodos en presencia de ella, quien parecía estar muy enojada. Yo más bien me divertí con las explosiones de temperamento de la Gorda, y esto era bastante contrario a mis reacciones normales. Siempre me había sentido inquieto en presencia de alguien que estaba enojado, con la misteriosa excepción de la Gorda.
Durante las primeras horas de la noche nos congregamos en el cuarto de la Gorda. Todos se veían preocupados. Tomaron asiento silenciosamente, mirando al piso. La Gorda trató de iniciar la conversación. Explicó que no había estado ociosa, que hizo ciertas indagaciones y que encontró una solución.
– Esto no es un asunto de hacer indagaciones -dijo Néstor-. Esta es una tarea de recordar con el cuerpo.
Parecía que todos habían estado conferenciando entre sí, a juzgar por los asentimientos que Néstor obtuvo de los otros. Eso nos dejó aparte a la Gorda y a mí.
– Lidia también recuerda algo -continuó Néstor-. Ella creía que era su pura estupidez, pero al oír lo que yo recordé, nos dijo que este nagual la llevó con una curandera y la dejó allí para que le curaran los ojos.
La Gorda y yo nos volvimos hacia Lidia. Ella inclinó la cabeza como si estuviera avergonzada. Habló entre dientes. El recuerdo seguramente le era muy doloroso. Dijo que cuando don Juan la encontró por primera vez, sus ojos estaban infectados y no podía ver. Alguien la llevó en automóvil una gran distancia, a una curandera que la sanó. Lidia siempre estuvo convencida de que don Juan había hecho eso, pero al oír mi voz se dio cuenta de que yo fui quien la llevó allí. La incongruencia de tal recuerdo la hundió en una agonía desde el primer día que me conoció.
– Mis oídos no me mienten -añadió Lidia después de un largo silencio-. Tú fuiste el que me llevó allí.
– ¡Imposible! ¡Imposible! -grité.
Mi cuerpo empezó a sacudirse, fuera de control. Tuve una sensación de dualidad. Quizá lo que yo llamo mi ser racional, incapaz de controlar al resto de mí tomó asiento como espectador. Una parte mía observaba, mientras otra se sacudía.