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La escalofriante resonancia de su voz hizo que el pacífico ambiente de la cueva vibrara como si hubiera sido electrificado. Un segundo más tarde, don Juan estableció nuevamente la pacífica oscuridad con la misma rapidez con la cual invocó la urgencia. Me dio un ligero puñetazo en el brazo.

– Esa mujer era tan poderosa que podía lidiar con lo que fuera -dijo-. Se llamaba Talía.