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II. LA IMPECABILIDAD DEL NAGUAL ELÍAS
No podría decir cuánto tiempo dormí en aquella cueva. La voz de don Juan me sobresaltó y desperté. Estaba diciendo que la primera historia de brujería, tejida en torno a las manifestaciones del espíritu, era en esencia, una descripción de la relación entre el intento y el nagual. Era la historia de cómo el espíritu le proponía una opción al nagual: un posible discípulo. Y cómo debía el nagual evaluar esa opción antes de tomar la decisión de aceptarlo o rechazarlo.
Estaba muy oscuro en la cueva y el reducido espacio nos hacía estar muy apretados. Comúnmente, un lugar de ese tamaño me habría hecho sentir incómodo, pero en la cueva me mantenía sosegado, y sin fastidio. Además, algo en la configuración de la cueva creaba una extraña acústica. No había eco, aun cuando don Juan hablara muy fuerte.
Don Juan explicó que cada uno de los actos realizados por los brujos, especialmente por los naguales, tenían como finalidad el reforzar el vínculo de conexión con el intento, o eran actos provocados por el vínculo mismo. Por esta razón, los brujos y los naguales en particular, debían estar activa y permanentemente alerta en espera de las manifestaciones del espíritu. A tales manifestaciones se les llamaban gestos del espíritu o, de manera más sencilla, indicaciones, augurios, presagios.
Nuevamente me contó la historia de cómo había conocido a su benefactor, el nagual Julián. Dos maleantes convencieron a don Juan, que en ese entonces tenía diecinueve años, a que aceptara trabajo en una hacienda. Uno de ellos, el capataz de la hacienda, una vez que don Juan tomó posesión de su trabajo, lo redujo prácticamente a ser un esclavo.
Desesperado y sin otra solución, don Juan escapó. El malvado capataz lo persiguió hasta alcanzarlo en el camino donde le disparó un tiro en el pecho y lo dejó por muerto.
Mientras yacía inconsciente y desangrándose, llegó él nagual Julián y utilizando su poder de curandero, paró la hemorragia y se lo llevó a su casa para curarlo.
Don Juan dijo que las indicaciones que el espíritu dio al nagual Julián fueron, primero, un pequeño remolino de viento que levantó un cono de polvo en el camino, a unos cuantos metros de donde él estaba. El segundo augurio fue el pensamiento de que era hora de tener un aprendiz de nagual; pensamiento que cruzó por la mente del nagual Julián un instante antes de haber escuchado el estallido del tiro. Momentos después, el espíritu le dio el tercer augurio: al correr para ponerse a salvo, el nagual chocó con el hombre que había hecho el disparo haciéndolo huir y probablemente evitando así que le disparara por segunda vez a don Juan. Chocar con alguien es una torpeza que ningún brujo comete, mucho menos un nagual.
El nagual Julián de inmediato evaluó, la situación. Al ver a don Juan, comprendió la razón de las manifestaciones del espíritu: tenía ante sí a un hombre doble, el candidato perfecto para aprendiz de nagual.
La historia despertó en mí una insistente inquietud racional. Quería saber si los brujos pueden interpretar equivocadamente un augurio. Me respondió que mi pregunta, a pesar de parecer perfectamente válida, era inaplicable, como la mayoría de mis preguntas. Como yo siempre las formulaba de acuerdo con mis experiencias en la vida cotidiana, mis preguntas invariablemente se referían a cómo comprobar procedimientos; o cómo identificar sucesivas etapas, o cómo crear minuciosas reglas, pero nunca se referían a las premisas de la brujería. Me señaló que mi falla era excluir de mi razonamiento mis experiencias en el mundo de la brujería.
Argüí que ninguna de mis experiencias en el mundo de los brujos tenía continuidad y que por eso no podía usarlas en mis razonamientos. En muy pocas ocasiones y sólo en profundos estados de conciencia acrecentada, había podido estructurar todas esas vivencias. Al nivel de conciencia acrecentada que por lo regular yo alcanzaba, mi única experiencia con continuidad era el haberle conocido.
Su réplica cortante fue que yo era perfectamente capaz de razonar como los brujos, porque también había experimentado las premisas de la brujería en mi estado de conciencia normal. En un tono más placentero añadió que la conciencia acrecentada no revelaba todo lo que se había almacenado en ella hasta el momento en que el edificio del conocimiento de la brujería estuviera completo.
Después, respondió a mi pregunta sobre si los brujos pueden malinterpretar los augurios; explicó que el desconcertante efecto del vínculo de conexión con el intento es darle a uno la capacidad de saber las cosas directamente, por lo tanto cuando interpretan un augurio, los brujos saben su significado exacto sin tener la más vaga noción de cómo lo saben. Su grado de certeza depende de la fuerza y claridad de su vinculo de conexión. Y debido a que los brujos deliberadamente procuran comprender y reforzar ese vínculo, se podría decir que intuyen todo con precisión y seguridad infalibles. La interpretación de augurios es un asunto tan rutinario para ellos que cometen errores sólo cuando sus sentimientos personales enturbian su vinculo con el intento. De otra manera, su conocimiento directo es totalmente exacto y funcional.
Permanecimos callados por un rato.
– Ahora voy a contarte la historia del nagual Elías y las manifestaciones del espíritu -dijo de súbito-. El espíritu se les manifiesta a los brujos en cada paso que dan, sobre todo a los naguales. Sin embargo la verdad es que el espíritu se revela a todo el mundo con la misma intensidad y persistencia, pero sólo los brujos, y en especial los naguales, le prestan atención.
Don Juan comenzó su relato. Dijo que un día, el nagual Elías iba en camino a la ciudad montado en su caballo. Atravesaba por un atajo, al lado de un maizal, cuando de repente su caballo se encabritó, asustado por el vuelo de un halcón, que a tremenda velocidad, pasó rozando el sombrero del nagual. Este desmontó de inmediato y se puso en vigilia. Y al instante vio a un hombre que corría entre los altos tallos de maíz. Vestía un costoso traje oscuro y, a juzgar por las apariencias, no tenía nada que hacer en aquellos parajes. El nagual Elías estaba acostumbrado a ver a los campesinos y a los propietarios de las tierras en los campos, pero nunca había visto a un hombre de ciudad elegantemente vestido, corriendo por entre los sembrados, sin importarle un comino sus ropas y zapatos.
El nagual reconoció que el vuelo del halcón y los atavíos del hombre eran evidentes manifestaciones del espíritu. No podía ignorarlas. Amarró su caballo y se acercó más al lugar donde el hombre corría. Vio que éste era muy joven y perseguía a una campesina, quien corría unos metros adelante, eludiéndolo y riéndose.
Para el nagual, las dos personas retozando en el maizal eran una contradicción total. El nagual pensó que, sin duda alguna, el hombre era el hijo del terrateniente y la joven era la sirvienta de la casa. Le dio vergüenza estar observándolos. Iba a dar la vuelta para irse, cuando el halcón voló nuevamente sobre el maizal, rozando esta vez la cabeza del hombre. El halcón alarmó a los dos jóvenes, quienes se detuvieron en seco y levantaron la vista tratando de anticipar el siguiente rozón. El nagual pudo notar que el hombre era delgado y bien parecido, y que sus ojos tenían una expresión inquieta.
Se cansaron de vigilar al halcón y regresaron a su juego. El hombre atrapó a la joven, la abrazó y la depositó suavemente en el suelo. Pero en lugar de hacerle el amor, como el nagual suponía, se quitó la ropa y se paseó desnudo frente a ella.
Ella no se cubrió los ojos tímidamente, ni gritó de vergüenza o de miedo. Emitía risitas entrecortadas, hipnotizada por el hombre desnudo pavoneándose alrededor de ella, riendo y haciendo gestos lascivos como si fuera un sátiro mitológico. Finalmente, la visión aparentemente la subyugó y con un grito salvaje, se arrojó a los brazos del joven.
Don Juan dijo que el nagual Elías le confesó que, en esa ocasión, las indicaciones del espíritu habían sido desconcertantes para él. Era más que evidente que el hombre estaba loco. De otra manera, no habría hecho una cosa así: seducir a una campesina a plena luz del día a unos cuantos metros del camino y completamente desnudo, sabiendo cómo protegen los campesinos a sus mujeres.
Don Juan se echó a reír y dijo que en aquellos tiempos, para quitarse la ropa y abandonarse al acto sexual, a plena luz del día y en semejante lugar, se tenía que estar loco o protegido por el espíritu. Añadió que, en nuestros días, a causa de que nuestro diferente sentido de moralidad, lo que hizo el hombre no era una hazaña, pero cuando esto sucedió, hacía casi cien años, la gente era mucho más inhibida.
Todo esto convenció al nagual Elías de que ese hombre estaba al mismo tiempo loco y protegido por el espíritu. Le preocupó al nagual la posibilidad de que pudieran llegar campesinos por el camino, enfurecerse y asesinar al hombre ahí mismo. Pero nada de esto sucedió. El nagual sintió como si el tiempo se hubiera suspendido.
Cuando el joven terminó de hacer el amor, se vistió, sacó un pañuelo y limpió meticulosamente el polvo de sus zapatos y, haciendo absurdas promesas a la muchacha, continuó su camino. El nagual Elías lo siguió. De hecho, lo siguió por varios días y descubrió que su nombre era Julián y que era un actor.
El nagual lo vio suficientes veces en el escenario como para darse cuenta de que el actor tenía una personalidad carismática. El público, especialmente las mujeres, lo adoraban. Y él no tenía ningún escrúpulo en utilizar esos dones carismáticos para seducir a sus admiradoras. Como el nagual se había empeñado en seguirlo a todas partes, pudo presenciar su técnica de seducción más de una vez. Consistía en exhibirse desnudo ante sus deslumbradas admiradoras tan pronto como estaban a solas y esperar hasta que las mujeres se rindieran, perplejas ante esa actuación. El procedimiento parecía serle extremadamente eficaz. El nagual pudo comprobar que el actor triunfaba en todo, excepto en una cosa: estaba mortalmente enfermo. El nagual había visto la sombra negra de la muerte que lo seguía a todas partes.
Don Juan me explicó de nuevo algo que ya me había dicho años antes: que nuestra muerte era algo enteramente personal, de cada uno de nosotros; y que era una mancha negra permanentemente colocada atrás del hombro izquierdo. Dijo que los brujos sabían cuando una persona estaba próxima a morir, porque veían que la mancha negra se convertía en una sombra móvil del tamaño y la forma exactos de la persona a la que pertenecía.
Al reconocer la presencia inminente de la muerte, el nagual quedó aún más perplejo. Se preguntó cómo era posible que el espíritu hubiera elegido a una persona tan enferma. El nagual había aprendido y aceptado que en el mundo natural no hay taller de reparaciones sino que todo se reemplaza. Y dudaba de tener la habilidad o la fuerza necesarias para reparar la salud del joven y ahuyentar a la negra sombra de su muerte; inclusive dudaba de poder descubrir por qué el espíritu le había dado una manifestación que era un total desperdicio.
No le quedó otra cosa sino permanecer cerca del actor; seguirlo y esperar la oportunidad de ver con mayor profundidad. Don Juan explicó que la primera reacción de un nagual, al verse enfrentado con las manifestaciones del espíritu, es ver. El nagual Elías había visto meticulosamente a ese hombre. También había visto a la campesina que formaba parte de la manifestación del espíritu, pero no había visto nada en los dos, que a su juicio, justificara la revelación del espíritu.