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EL DESCENSO DEL ESPÍRITU
VII. VER AL ESPÍRITU
Después de terminar el almuerzo, mientras aún estábamos sentados a la mesa, don Juan anunció que los dos pasaríamos la noche en la cueva de los brujos y que debíamos ponernos en camino. Dijo que era imperativo que yo volviera a sentarme allí, en total oscuridad, para permitir que la formación rocosa y el intento de los antiguos brujos movieran mi punto de encaje.
Yo iba a levantarme de la silla, pero él me detuvo y dijo que primero deseaba explicarme algo. Se desperezó y puso los pies en el asiento de una silla, luego se reclinó en una posición más cómoda.
– A medida que te veo más detalladamente -dijo-, me doy cuenta de lo parecido que eres a mi benefactor.
Sus palabras no me cayeron nada bien. No le permití continuar. Le dije que no podía imaginar cuál era el parecido, pero si existía, lo cual era una posibilidad que no me resultaba nada tranquilizadora, le agradecería que me lo indicara, para así, darme la oportunidad de corregirme.
Don Juan rió hasta que le corrieron las lágrimas por las mejillas.
– Uno de los parecidos es que, cuando actúas, actúas muy bien -indicó-, pero cuando piensas siempre te trabas. Así era mi benefactor. No pensaba muy bien.
Estaba a punto de defenderme, de decirle que yo sí pensaba muy bien, cuando noté un destello en sus ojos. Me interrumpí en seco. Don Juan, al notar mi cambio de actitud, rió con una nota de sorpresa. Parecía haber estado esperando la reacción opuesta.
– Lo que quiero decir es que, por ejemplo, a ti sólo te cuesta comprender el espíritu cuando piensas -prosiguió, con una sonrisa burlona-. Cuando actúas, en cambio, el espíritu se te revela con facilidad. Así era mi benefactor.
"Antes de que salgamos para la cueva voy a contarte la historia de mi benefactor y el cuarto centro abstracto: el descenso del espíritu.
Los brujos creen que, hasta el momento mismo en que desciende el espíritu, cualquier brujo puede dejar la brujería, puede alejarse del espíritu, pero ya no después.
Don Juan me instó, con un movimiento de cejas, a reflexionar sobre lo que me estaba diciendo.
– El cuarto centro abstracto es el golpe brutal del descenso del espíritu -prosiguió-. El cuarto centro abstracto es un acto de revelación. El espíritu se nos revela. Los brujos dicen que el espíritu nos espera emboscado y luego desciende sobre nosotros, su presa. Dicen los brujos que ese descenso casi siempre viene velado. Sucede, pero parece no haber sucedido en absoluto.
Me puse muy nervioso. El tono de voz de don Juan me daba la sensación de que se estaba preparando para soltarme algo inusitado en cualquier momento.
Me preguntó si recordaba el momento en que el espíritu había descendido sobre mí, sellando mi alianza permanente con lo abstracto.
Yo no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo.
– Existe un umbral que, una vez franqueado, no permite retiradas -dijo-. Normalmente, desde el momento en que el espíritu toca la puerta, pasan años antes de que el aprendiz llegue a ese umbral. Sin embargo, en algunas ocasiones se logra llegar a él casi de inmediato. El caso de mi benefactor es un buen ejemplo.
Don Juan dijo que todos los brujos tenían la obligación de recordar muy claramente cuándo y cómo habían cruzado ese umbral, a fin de fijar en sus mentes el nuevo estado de su potencial perceptivo. Explicó que cruzar ese umbral significa entrar a un nuevo mundo, y que no es esencial el ser aprendiz de brujo para llegar a ese umbral; la única diferencia entre el hombre común y corriente y el brujo, en esos casos, es lo que cada uno pone en relieve. El brujo recalca el cruce del umbral y usa ese recuerdo como punto de referencia. El hombre común y corriente recalca el hecho de que se refrena de cruzarlo y de que hace lo posible por olvidarse de haber llegado a él.
Le comenté que yo no estaba totalmente de acuerdo, pues no podía aceptar que hubiera un solo umbral que cruzar para entrar en un nuevo mundo de la percepción.
Don Juan elevó los ojos al cielo, y sacudió la cabeza en un fingido gesto de resignación. Yo continué con mi discusión, no tanto para contradecirle, sino para entender mejor las cosas, pero rápidamente perdí el ímpetu. De pronto tuve la sensación de estar deslizándome por un túnel.
– Dicen los brujos que el cuarto centro abstracto nos acontece cuando el espíritu corta las cadenas que nos atan a nuestro reflejo -continuó-. Cortar nuestras cadenas es algo maravilloso, pero también algo muy fastidioso porque nadie quiere ser libre.
La sensación de deslizarme por un túnel se prolongó un momento más y luego todo quedó en claro. Me eché a reír. Extrañas intuiciones acumuladas dentro de mí estaban estallando en carcajadas,
Don Juan parecía leerme la mente como si fuera un libro abierto.
– Qué sensación más extraña, ¿no?: el darse cuenta de que todo cuanto pensamos, todo cuanto decimos, depende de la posición del punto de encaje -comentó.
Y eso era, exactamente, lo que yo había estado pensando y lo que provocaba mi risa.
– Sé que en este, momento tu punto de encaje se ha movido -prosiguió- y que has comprendido el secreto de nuestras cadenas. Has comprendido que nos aprisionan; que nos mantienen amarrados a ese reflejo nuestro a fin de defendernos de los ataques de lo desconocido.
Yo estaba en uno de esos extraordinarios momentos en los cuales todo lo relativo al mundo de los brujos me era claro como el cristal. Lo comprendía todo.
– Una vez que nuestras cadenas están rotas -continuó don Juan-, ya no estamos atados a las preocupaciones del mundo cotidiano. Aún estamos en el mundo diario, pero ya no pertenecemos a él. Para pertenecer a él debemos compartir las preocupaciones y los intereses de la gente, y sin cadenas no podemos.
Don Juan dijo que el nagual Elías le había explicado que la característica de la gente normal es que compartimos una daga metafórica: la preocupación con nuestro reflejo. Con esa daga nos cortamos y sangramos. La tarea de las cadenas de nuestro reflejo es darnos la idea de que todos sangramos juntos, de que compartimos algo maravilloso: nuestra humanidad. Pero si examináramos lo que nos pasa, descubriríamos que estamos sangrando a solas, que no compartimos nada, y que todo lo que hacemos es jugar con una obra del hombre: nuestro predecible reflejo.
– Los brujos ya no son parte del mundo diario -siguió don Juan- simplemente porque ya no son presa de su reflejo.
Don Juan comenzó luego a contarme la historia de su benefactor y el descenso del espíritu. Dijo que el descenso aconteció justo después de que el espíritu tocó la puerta del joven actor.
Lo interrumpí para preguntarle por que utilizaba los términos "el joven" o "el actor" para referirse al nagual Julián.
– Porque en aquel entonces él no era nagual -respondió-. Era un actor joven. En mi historia no puedo llamarlo Julián, porque para mí él fue siempre el nagual Julián. Como señal de respeto, por toda una vida de impecabilidad, siempre añadimos el título de nagual al nombre del nagual.
Don Juan prosiguió con su historia. Dijo que después que el nagual Elías había detenido la muerte del joven actor haciéndolo pasar a un estado de conciencia acrecentada, tras horas de lucha, el joven recobró el sentido. El nagual Elías se presentó entonces a él, sin mencionar su nombre, simplemente como un curandero profesional. Le dijo que ese día él había tropezado, sin esperarlo, con una tragedia en la cual dos personas habían estado a punto de morir. Señaló a la chica tendida en el suelo. El joven quedó atónito al verla inconsciente junto a él. Recordaba haberla visto en el momento en que ella salía, corriendo. Le sorprendió mucho oír la explicación del viejo curandero: que sin duda alguna, Dios la había castigado por sus pecados fulminándola con un rayo y haciéndole perder la razón.
– Pero ¿cómo pudo haber rayos si ni llovía? -preguntó el joven actor, en voz apenas audible.
La respuesta del viejo, que uno no puede dudar las obras de Dios, lo dejó visiblemente afectado.
Una vez más interrumpí a don Juan. Quería saber si en verdad la muchacha había perdido la razón. El me recordó que el nagual Elías le había dado un tremendo golpe en el punto de encaje. Dijo que no había perdido la razón, pero que, como resultado del golpe, entraba y salía de la conciencia acrecentada, creando así una seria amenaza a su salud. Después de un gigantesco esfuerzo, empero, el nagual Elías la ayudó a estabilizar su punto de encaje en una posición completamente nueva y así ella entró permanentemente en la conciencia acrecentada.
Don Juan comentó que las mujeres son capaces de semejante proeza: pueden sostener indefinidamente una nueva posición del punto de encaje. Y Talía era inigualable en ello. En cuanto se rompieron sus cadenas, comprendió todo, y de inmediato cumplió con los designios del nagual.
Don Juan, volviendo a su historia, dijo que el nagual Elías, que no sólo era estupendo como ensoñador, sino también como acechador, había visto que el joven actor, quien demostraba una insensibilidad única, y aparentaba ser un engreído y un vanidoso de primera, era en realidad lo opuesto. El nagual concluyó que, si lo aguijoneaba con la idea de Dios y el pecado mortal y el castigo eterno, sus creencias religiosas derribarían esa actitud cínica.
Ciertamente, al oír decir al nagual cómo Dios había castigado a Talía, la fachada del actor comenzó a derrumbarse. Iba a expresar su remordimiento, pero el nagual lo detuvo en seco y, enérgicamente, le recalcó que cuando la muerte estaba tan cerca, los remordimientos tenían muy poca importancia.
El joven actor escuchó con atención. Sin embargo, aunque se sentía muy enfermo, no creía estar en peligro de muerte. Consideraba que su debilidad y su fatiga se debían a la pérdida de sangre.
Cómo si le leyera la mente, el nagual le aseguró que esos pensamientos optimistas estaban fuera de lugar, que la hemorragia podría haberle sido fatal de no ser por el tapón que él, como curandero, le había creado.
– Cuando te golpeé en la espalda te puse un tapón para evitar que se vaciara tu fuerza vital -le dijo al escéptico joven-. Sin ese freno, el inevitable proceso de tu muerte continuaría sin parar. Si no me crees, te lo demostraré quitando el tapón con otro golpe.
Diciendo esto, el nagual Elías golpeó al joven actor en el costado derecho, junto a las costillas. Un momento después el muchacho se contorsionaba con una tos incontrolable. La sangre le brotaba a bocanadas de la garganta. Otro golpe en la espalda alivió el insoportable dolor que el joven sentía, pero no alivió su miedo. El joven se desmayó.
– Por el momento puedo controlar tu muerte -el nagual le explicó cuando el actor hubo recobrado el sentido-. Por cuanto tiempo puedo controlarla es algo que depende de ti, de la fidelidad con que hagas cuanto yo te ordene.
El nagual dijo que el primer requisito era guardar un absoluto silencio e inmovilidad. Si no quería que se le saliera el tapón, tendría que comportarse como si hubiera perdido completamente la facultad del movimiento y la del habla. Una sola torsión, o un solo suspiro bastarían para reanimar su muerte.
El joven actor, que no estaba habituado a consentir que nadie le sugiriera o le exigiera nada, sintió un arrebato de furia. Al instante en que iba a expresar su enojo, el dolor y las convulsiones se renovaron.
– Si te controlas yo te curaré -prometió el nagual-. Si actúas como el imbécil que eres, podrido por dentro, morirás.