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Don Juan me había contado, asimismo, acerca de un acuerdo al que llegaron, siglos atrás, los videntes de su linaje y el desafiante de la muerte. Un acuerdo en virtud del cual el desafiante les proporcionaba dones a cambio de energía vital. Debido a este acuerdo lo tenían bajo su tutela y lo llamaban "el inquilino".
Don Juan me había explicado que los brujos de la antigüedad eran expertos en mover el punto de encaje. Y al moverlo descubrieron cosas extraordinarias sobre la percepción, pero también descubrieron cuán fácil es perderse en aberraciones. La situación del desafiante de la muerte era, para don Juan, un ejemplo clásico de cómo los brujos se pierden en una aberración.
Don Juan acostumbraba repetir, cada vez que era pertinente, que si el punto de encaje es empujado por alguien que no sólo lo ve sino que al mismo tiempo posee la energía suficiente para moverlo, éste se desliza dentro de la bola luminosa a la ubicación que aquel que lo empuja indique. Puesto que su resplandor es suficiente para iluminar los campos filiformes de energía que toca, la percepción resultante es de un nuevo mundo, tan completo como el mundo de nuestra percepción normal. Cordura y fortaleza, por lo tanto, son esenciales en los brujos para tratar con el movimiento del punto de encaje.
Continuando con su relato, don Juan dijo que él no tardó en acostumbrarse a la idea de que el viejecito que le había salvado su vida era en realidad un joven disfrazado de viejo. Pero un día, el joven se convirtió otra vez en el viejo Belisario que don Juan conoció en un principio. Él y su mujer, con gran prisa, empacaron sus cosas y se prepararon para partir. Antes de que don Juan pudiera hablarles, aparecieron, de repente, dos hombres sonrientes con un tiro de mulas y cargaron todo.
Don Juan rió, saboreando su historia. Dijo que mientras los arrieros cargaban las mulas, Belisario se lo llevó a un lado y le hizo notar que él y su esposa estaban disfrazados otra vez. Él era de nuevo un viejo y su bella mujer era nuevamente una india irascible y gorda.
– Yo era un estúpido y estaba en la edad en que sólo lo obvio tiene valor -continuó don Juan-. Tan sólo un par de días antes, había visto su increíble transformación de un viejecillo enteco, de como setenta años, a un vigoroso joven de cerca de veinticinco, y había aceptado la explicación de que su vejez era sólo un disfraz. Su mujer también cambió de una vieja acrimoniosa y gorda a una joven bella y esbelta. Por supuesto, la mujer no se transformó como mi benefactor. El sencillamente cambió mujeres. Escondió a la vieja gorda y sacó a la hermosa. Claro está que me pude haber dado cuenta en ese entonces de todas esas maniobras, pero la sabiduría siempre nos llega gota a gota y muy dolorosamente.
Don Juan dijo que el viejecito lo abrazó para despedirse y le aseguró que su herida estaba curada, a pesar de que todavía no se sentía del todo bien. Después, con una voz que reflejaba una verdadera tristeza le murmuró al oído: "le has gustado muchísimo a ese monstruo; tanto que nos ha dejado en libertad a mí y a mi mujer y te ha tomado a ti como su único sirviente".
– Me hubiera reído de él -dijo don Juan- de no ser por unos espantosos gruñidos de animal y un ensordecedor traqueteo de objetos que provenía de las habitaciones del monstruo.
Los ojos de don Juan brillaban de deleite. Yo quería permanecer serio, pero no podía contener la risa.
Belisario, consciente del estado de pavor de don Juan, se disculpó repetidas veces por el giro del destino que lo había liberado a él y había hecho prisionero a don Juan. Chasqueó la lengua en señal de disgusto y maldijo al monstruo. Con lágrimas en los ojos, enumeró todos los quehaceres que el monstruo exigía todos los días. Y cuando don Juan protestó, Belisario le confió en voz baja, que no había forma de escapar, porque el monstruo además era un brujo sin par.
Don Juan le rogó a Belisario que le recomendara qué hacer, y Belisario le dio una larga explicación sobre el hecho de que los planes sólo sirven para lidias con seres humanos comunes y corrientes. En el contexto humano, por lo tanto, podemos conspirar y planear, y dependiendo de la suerte, aparte de nuestra astucia y dedicación, podemos triunfar. Pero ante lo desconocido, específicamente en la situación de don Juan, la única esperanza de sobrevivir consistía en aceptar y comprender.
Belisario le confesó a don Juan, en un murmullo apenas audible, que con objeto de asegurarse de que el monstruo nunca lo perseguiría, se iba al estado de Durango para aprender brujería. Le preguntó a don Juan si él consideraría lo mismo: la posibilidad de aprender brujería para liberarse del monstruo. Y don Juan, horrorizado ante el mero pensamiento de la brujería, dijo que no quería tener nada con los hechiceros.
Don Juan se apretó los costados, riendo, y admitió que le divertía imaginar cuánto habría disfrutado su benefactor con ese diálogo entre ellos. En especial cuando él, en un paroxismo de horror rechazó la invitación, hecha en buena fe, para aprender brujería diciendo: "Yo soy un indio. Nací para odiar y temer a la brujería".
Belisario intercambió miradas con su mujer y su cuerpo empezó a sacudirse como en convulsiones. Don Juan lo observó con más atención y se dio cuenta de que estaba sollozando en silencio, obviamente herido por el rechazo. Su mujer tuvo que sostenerlo hasta que dejó de llorar y recobró la compostura.
Cuando ya salían de la casa, Belisario le dio a don Juan otro consejo. Le dijo que debía tener en cuenta dos cosas: que el monstruo aborrecía a las mujeres, y que don Juan debía mantenerse muy alerta por si aparecía un remplazante y sucedía que el monstruo le cobraba aprecio, al punto de querer cambiar de esclavo. Pero que no pusiera en ello muchas esperanzas, pues iban a pasar años antes de que siquiera pudiera salir de la casa. Al monstruo le gustaba asegurarse de que sus esclavos le eran leales o, cuando menos, obedientes.
Don Juan no pudo soportar más. Se desmoronó en llanto y le dijo a Belisario que a él nadie lo esclavizaría. En todo caso, siempre podía suicidarse. El anciano, muy conmovido por ese arranque confesó haber sentido exactamente lo mismo, pero, ¡caramba!, el monstruo era capaz de leer los pensamientos y cada vez que intentó quitarse la vida se lo había impedido de inmediato.
Belisario se ofreció otra vez a llevarse a don Juan con él para aprender brujería como la única solución posible. Don Juan le dijo que su solución era como saltar de la sartén al fuego.
Belisario empezó a llorar a gritos y abrazó a don Juan. Maldijo el momento en que le había salvado la vida y juró que él no tenía ni la menor idea de que fueran a cambiar puestos. Se sonó la nariz y,mirando a don Juan con ojos ardientes, dijo "La única manera de sobrevivir es si te disfrazas. Si no eres listo, el monstruo puede robarte el alma y convertirte en un idiota que solo hace sus quehaceres. ¡Que lástima que yo no tenga tiempo de enseñarte a ser actor!" y lloró aún más.
Don Juan, ahogado en lágrimas, le pidió que le enseñara cómo disfrazarse, porque él ni siquiera podía concebir lo que era un disfraz. Belisario le confió que el monstruo tenía muy mala vista y le recomendó experimentar con cualquier ropa que le agradara. Tenía, después de todo, muchos años por delante para probar diferentes disfraces. Abrazó a don Juan en la puerta, llorando abiertamente. Su esposa le tocó la mano a don Juan con timidez. Y se fueron.
– Nunca en toda mi vida, he sentido tal pánico y tal desesperación -dijo don Juan-. El monstruo hacía resonar los trastes dentro de la casa como si me esperara con impaciencia. Me senté en la puerta y gemí como perro adolorido. Después vomité de puro miedo.
Don Juan dijo que pasó horas sentado allí sin poder moverse. No se atrevía ni a huir ni a entrar. No es exageración decir que estaba al borde de la muerte cuando vio a Belisario moviendo los brazos, tratando frenéticamente de llamarle la atención desde el otro lado de la calle. El solo verlo ahí le brindó a don Juan un instantáneo alivio. Belisario estaba agazapado en la acera vigilando la casa. Le hizo señas a don Juan para que se estuviera quieto.
Después de un rato horriblemente largo, Belisario gateó unos cuantos metros y se agazapó otra vez, quedando completamente inmóvil. Así, arrastrándose de esa manera, avanzó hasta llegar al lado de don Juan. Le llevó horas hacer eso. Mucha gente pasó por la calle, pero nadie pareció notar la desesperación de don Juan o las maniobras del viejo. Cuando por fin Belisario llegó a su lado, le susurró que no se había sentido bien al dejarlo como perro atado a un poste. Su esposa no estaba de acuerdo, pero él había regresado para rescatarlo. Después de todo, gracias a don Juan, él había ganado su libertad.
Le preguntó a don Juan en un susurro, pero con gran fuerza, si estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por salir del atolladero. Y don Juan le aseguró que él era capaz de todo. De la manera más cautelosa, Belisario le tendió un atado de ropa. Luego delineó su plan. Don Juan debía ir al ala de la casa más alejada de las habitaciones del monstruo y cambiarse lentamente de ropa, comenzando por quitarse el sombrero y dejando los zapatos para el último. Tenía después que poner toda su ropa en un armazón de madera, una estructura tipo maniquí que debía construir rápidamente, tan pronto estuviera dentro de la casa.
El siguiente paso consistía en que don Juan se pusiera el único disfraz que engañaría al monstruo: las ropas en el paquete.
Don Juan corrió al interior de la casa y preparó todo. Construyó una especie de espantapájaros con los palos que encontró en el patio; luego se quitó la ropa y la colocó en el armazón. Pero al abrir el paquete se llevó la sorpresa de su vida. ¡El paquete contenía ropas de mujer!
– Me sentí más que estúpido -dijo don Juan- y estaba a punto de ponerme mi propia ropa otra vez cuando escuché los gruñidos inhumanos de ese hombre monstruoso. ¡Yo estaba perdido! Me habían criado, en realidad, para despreciar a las mujeres y para creer que la única función de la mujer es cuidar al hombre. Ponerme ropas de mujer era para mí tanto como convertirme en mujer. Pero mi miedo era tan intenso que cerré los ojos y me puse la pinche ropa.
Miré a don Juan imaginándolo con ropas femeninas. La imagen era tan ridícula que estallé en carcajadas.
Según contó don Juan cuando el viejo Belisario, que lo esperaba en la acera de enfrente, lo vio con ese disfraz comenzó a llorar sin control. Sollozando así guió a don Juan hasta las afueras del pueblo donde su mujer estaba esperando junto con los dos arrieros. Uno de ellos, muy atrevidamente, le preguntó a Belisario si estaba robándose a esa muchacha tan rara para venderla a un prostíbulo. El viejo lloró tanto que parecía estar a punto de desmayarse. Los arrieros no sabían qué hacer con las lágrimas del viejo, pero la esposa en lugar de apiadarse de don Juan o del pobre viejo, comenzó a carcajearse a su vez, sin que don Juan pudiera comprender la razón.