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Y finalmente, vieron dos cosas; la primera, que el punto de encaje de los seres humanos se puede desalojar del lugar donde usualmente se localiza. Y la segunda, que cuando el punto de encaje está en su posición habitual, a juzgar por el normal comportamiento de los sujetos observados, la percepción y la conciencia de ser, son usuales. Pero cuando el punto de encaje y la esfera de resplandor que lo rodea están en una posición diferente a la habitual, el insólito comportamiento de los sujetos observados es prueba de que su conciencia de ser es diferente y de que están percibiendo de una manera que no les es familiar.
La conclusión que los brujos de la antigüedad sacaron de todo esto fue que cuanto mayor es el desplazamiento del punto de encaje, más insólito es el consecuente comportamiento, y la consiguiente percepción del mundo y la conciencia de ser.
– Date cuenta de que cuando hablo de ver, siempre te digo que lo que veo tiene la apariencia de algo conocido, o es como esto o lo otro -don Juan me previno-. Todo lo que uno ve es algo tan único, que no hay manera de hablar de ello, excepto comparándolo con algo que nos es natural.
Dijo que un ejemplo adecuado era la forma en que los brujos tratan el punto de encaje y el resplandor que lo rodea. Los describen como una brillantez, y sin embargo no puede ser una brillantez ya que los videntes los ven sin sus ojos. Como de una u otra manera tienen que traducir su experiencia a términos visuales, dicen que el punto de encaje es una mancha de luz, y que alrededor de ella hay una especie de halo, un resplandor. Don Juan señaló que somos de tal modo visuales, y que estamos de tal modo regidos por nuestra percepción de predadores, que todo lo que vemos tiene que ser integrado a lo que el ojo de predador normalmente ve.
Después de ver lo que el punto de encaje y el resplandor que lo rodea parecen hacer, los brujos de la antigüedad ofrecieron una explicación. Propusieron que en los seres humanos, la esfera resplandeciente que rodea al punto de encaje se enfoca en los millones de filamentos energéticos del universo que pasan directamente a través de él; y al hacerlo, automáticamente y sin premeditación alguna, junta a esos filamentos de energía, unos con los otros, los aglutina, creando la percepción estable de un mundo.
– ¿Cómo es que esos filamentos, de los que usted habla, se juntan unos con otros y crean la percepción estable de un mundo? -pregunté.
– No hay quien pueda saber eso -contestó enfáticamente-. Los brujos ven el movimiento de la energía, pero verlo no quiere decir que puedan saber cómo o por qué la energía se mueve.
Don Juan expuso que, viendo cómo ese resplandor que rodea al punto de encaje es en extremo tenue en personas que están inconscientes o a punto de morir, y que está totalmente ausente en los cadáveres, los brujos de la antigüedad se convencieron de que ese resplandor es la conciencia de ser.
– ¿Y qué pasa con el punto de encaje, don Juan? ¿Está ausente en los cadáveres? -le pregunté.
Contestó que el punto de encaje y el resplandor que lo rodea son la marca de la vida y la conciencia, y que no hay rastro alguno de ellos en los seres muertos. La inevitable conclusión a la que llegaron los brujos de la antigüedad, al observar aquello, fue que la conciencia, la vida y la percepción van juntas, y que están inextricablemente ligadas al punto de encaje y al resplandor que lo rodea.
– ¿Hay alguna posibilidad de que esos brujos se hayan equivocado respecto a lo que veían? -pregunté.
– No te puedo explicar cómo, pero no hay manera de que los brujos se puedan equivocar en lo que ven -dijo don Juan en un tono que no admitía argumento-. Ahora bien, las conclusiones a las que llegan como resultado de ver pueden ser erróneas, quizá debido a que son ingenuos, no instruidos. A fin de evitar este desastre, los brujos tienen que cultivar su mente, de la manera más formal que puedan.
En seguida suavizó su tono, y comentó que realmente sería preferible que los brujos se atuvieran únicamente a describir lo que ven, pero que la tentación de sacarlo en limpio y explicarlo, aunque sólo sea a si mismos, es tan intensa que es irresistible.
Los efectos del desplazamiento del punto de encaje fueron otra configuración energética que los brujos de la antigüedad pudieron ver y estudiar. Don Juan decía que cuando el punto de encaje se desplaza a otra posición, un nuevo conglomerado de millones de filamentos energéticos entran en juego en esa nueva posición. Los brujos de la antigüedad, al ver esto, concluyeron que ya que el resplandor de la conciencia está siempre presente en cualquier lugar donde el punto de encaje se encuentre, automáticamente la percepción se realiza en esa ubicación. Por supuesto que el mundo resultante no puede ser nuestro mundo de eventos cotidianos, sino que tiene que ser otro.
Don Juan explicó que los brujos de la antigüedad distinguieron dos tipos de desplazamiento del punto de encaje. Uno, era el desplazamiento a cualquier posición en la superficie o en el interior de la bola luminosa; un desplazamiento al cual llamaron cambio del punto de encaje. El otro, era el desplazamiento a posiciones fuera de la bola luminosa; al cual llamaron movimiento del punto de encaje. Descubrieron que la diferencia entre un cambio y un movimiento estaba en la clase de percepción que cada uno de ellos permite.
Puesto que los cambios del punto de encaje son desplazamientos dentro de la bola luminosa, los mundos engendrados por ellos, por raros, maravillosos o increíbles que fueran, son mundos aún dentro del reino de lo humano. El reino de lo humano está compuesto, naturalmente, de todos los billones de filamentos energéticos que pasan a través de toda la bola luminosa. Por otro lado, los movimientos del punto de encaje, desde el momento en que son desplazamientos a posiciones fuera de la bola luminosa, ponen en juego a filamentos energéticos que están fuera del reino de lo humano. Percibir tales filamentos engendra mundos que sobrepasan toda comprensión; mundos inconcebibles que no tienen huella alguna de antecedentes humanos.
En esos días, el problema de la verificación desempeñaba un rol muy importante para mi.
– Discúlpeme don Juan -le dije en una ocasión-, pero este asunto del punto de encaje es una idea tan rebuscada, tan inadmisible que no sé cómo tomarla o qué pensar de ella.
– Hay algo que puedes hacer -replicó-. ¡Ve el punto de encaje! No es tan difícil verlo. La dificultad está en romper el paredón que mantiene fija en nuestra mente la idea de que no podemos hacerlo. Para romperlo necesitamos energía. Una vez que la tenemos, ver sucede de por si. El truco está en abandonar el fortín dentro del cual nos resguardamos: la falsa seguridad del sentido común.
– Es obvio, don Juan, que se requiere de mucho conocimiento para poder ver. No es sólo cuestión de tener energía.
– Créeme que es sólo cuestión de energía. Tener energía facilita poder convencerse a uno mismo que si se puede hacer, pero para ello, se necesita confiar en el nagual. Lo maravilloso de la brujería es que cada brujo tiene que verificar todo por experiencia propia. Te hablo acerca de los principios de la brujería, no con la esperanza de que los memorices sino con la esperanza de que los practiques.
Por cierto que don Juan estaba en lo correcto acerca de la necesidad de tener fe, y de confiar en el nagual. En las primeras etapas de los trece años de mi aprendizaje con don Juan, me dio mucho trabajo afiliarme a su mundo y su persona. Tal afiliación requería confiar implícitamente en él como el nagual y aceptarlo sin duda ni recriminaciones.
El papel que desempeñaba don Juan en el mundo de los brujos se sintetizaba en el nombre titular que sus congéneres le otorgaban; lo llamaban el nagual. Me explicaron que se puede otorgar el nombre titular de nagual a cualquier persona, hombre o mujer, dentro del mundo de los brujos, que posea una específica configuración energética, semejante a una doble bola luminosa. Los brujos creen que cuando una de tales personas entra en el mundo de la brujería, la carga extra de energía se convierte en capacidad para guiar. De esta manera, el nagual se convierte en la persona más apropiada para dirigir, para ser el líder.
Al principio, sentir tal fe y confianza en don Juan era para mí algo no solamente inaudito sino aun molesto. Cuando discutí esto con él, me aseguró que confiar de tal forma en su maestro le había resultado igualmente difícil.
– Le dije a mi maestro lo mismo que tú me estás diciendo ahora -explicó don Juan-. Mi maestro me contestó que sin esa fe y confianza en el nagual no hay posibilidad de alivio y, por consiguiente, no hay posibilidad de limpiar los escombros de nuestras vidas a fin de ser libres.
Don Juan reiteró cuán en lo cierto estaba su maestro. Y yo reiteré mi profundo desacuerdo. Le conté que yo había crecido en un ambiente religioso rígido y coercitivo que todavía me perseguía en mi vida actual. Las declaraciones de su maestro, y su propia aquiescencia a su maestro, me recordaban el dogma de obediencia que tuve que aprender de niño, el cual yo aborrecía sobre todo lo demás.
– Cuando habla usted acerca del nagual, me suena como si estuviera usted expresando una creencia religiosa -le dije.
– Puedes creer lo que se te dé la gana -contestó don Juan-. El hecho es que sin el nagual no hay partida. Yo sé y te lo digo. Así lo dijeron todos los naguales anteriores a mí. Pero no lo dijeron como asunto de importancia personal; ni yo tampoco. Decir que sin el nagual no se puede encontrar el camino, se refiere por completo al hecho de que el nagual es un nagual porque puede reflejar lo abstracto, el espíritu, mejor que los demás. Pero eso es todo. Nuestro vínculo es con el espíritu mismo y sólo incidentalmente con el hombre que nos trae su mensaje.
Aprendí a confiar implícitamente en don Juan como el nagual, y esto, tal como me lo había dicho, me trajo un profundo alivio, y mayor capacidad para aceptar lo que él se esforzaba por enseñarme.
En sus enseñanzas, puso un gran énfasis en continuar sus explicaciones acerca del punto de encaje. Una vez le pregunté si el punto de encaje tenía que ver con el cuerpo físico.
– No tiene nada que ver con lo que normalmente percibimos como el cuerpo -dijo-. Es parte del huevo luminoso, el cual es nuestro ser energético.
– ¿Cómo se desplaza? -pregunté.
– A través de corrientes energéticas, que son como empellones de energía que se sienten afuera o adentro, no del cuerpo sino del huevo luminoso. Generalmente, son corrientes impredecibles que ocurren de por sí. Con los brujos, sin embargo, son corrientes predecibles; controladas por el intento de ellos.
– ¿Puede usted sentir esas corrientes, don Juan?
– Todo brujo las siente. Y lo que es más, todo ser humano las siente. Lo malo es que la gente común y corriente está muy ocupada con sus problemas y no le presta atención alguna a este tipo de sensaciones.
– ¿Qué siente uno al recibir una de esas corrientes?
– Como una leve molestia; una sensación vaga de tristeza seguida inmediatamente por una desmedida euforia. Ya que esa clase de tristeza o de euforia no tienen fundamento real, nunca los consideramos como verdaderos asaltos de lo desconocido, sino como inexplicables arranques de mal o de buen humor.
– ¿Qué pasa cuando el punto de encaje se mueve afuera del huevo luminoso? ¿Se queda colgando afuera o está atado a él?
– Empuja el contorno de la formación luminosa hacia afuera, sin romper sus limites energéticos.