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En el estado emocional en el que me encontraba, no me pareció raro ver pasar una oleada de emoción a través de todos los compañeros y aprendices de don Juan. La única que permaneció inalterable fue Carol Tiggs, quien parecía haber aceptado completamente su papel. Ella era una conmigo.

– Liberaste al explorador -continuó don Juan-, pero perdiste tu vida. O peor aún, perdiste tu libertad. Los seres inorgánicos dejaron libre al explorador azul, pero a cambio de ti.

– Difícilmente puedo creer eso, don Juan. No es que dude de usted, pero describe una maniobra tan taimada que me deja pasmado.

– No consideres a los seres inorgánicos como granujas y todo se aclarará. Los seres inorgánicos están buscando eternamente conciencia y energía; si tú los abasteces con ambas, ¿qué crees que van a hacer? ¿Mandarte besitos desde el balcón de enfrente?

Sabía que don Juan tenía razón. Pero no podía sostener esa certeza por mucho tiempo; mi claridad mental venía y se alejaba de mí.

Los compañeros de don Juan continuaron haciéndole preguntas. Querían saber si había pensado qué hacer con el explorador.

– Sí he pensado en eso. Es un problema de lo más serio, que el nagual tiene que resolver -dijo señalándome-. Él y Carol Tiggs son los únicos que pueden liberar al explorador.

Naturalmente que le hice la única pregunta posible.

– ¿Cómo lo puedo liberar?

– En lugar de que yo te diga cómo, hay una mejor y más justa manera de averiguarlo -dijo con una gran sonrisa-. Pregúntale al emisario. Como tú sabes, los seres inorgánicos no pueden mentir.