Страница 27 из 52
7 EL EXPLORADOR AZUL
Carol Tiggs estaba a mi lado, en un sueño absolutamente absurdo. Me hablaba, aunque no podía entender lo que decía. Don Juan también estaba en mi sueño, al igual que todos los miembros de su partida. Parecía como si estuvieran tratando de sacarme de un sitio neblinoso y amarillento.
Después de un serio esfuerzo de su parte, durante el cual los perdía de vista y luego los volvía a ver, consiguieron sacarme de ese lugar. Ya que no podía concebir el sentido de lo que pasaba, finalmente deduje que era un sueño incoherente y normal.
Mi sorpresa fue total cuando me desperté y me di cuenta de que estaba en cama en la casa de don Juan en México. No me podía mover. No tenía pero ni un ápice de energía. No supe qué pensar al respecto, aunque inmediatamente me percaté de la gravedad de mi situación. Tenía la vaga sensación de que había perdido mi energía debido a la fatiga causada por el ensueño.
No obstante, los compañeros de don Juan parecían estar extremadamente afectados por lo que me estaba sucediendo. Venían uno por uno a mi cuarto. Cada uno se quedaba por unos momentos en completo silencio, hasta que otro de ellos llegaba a reemplazarlo. Me pareció que tomaban turnos para cuidarme. Demasiado débil para pedirles una explicación de su comportamiento, los dejé hacer como quisieran.
Durante los días subsiguientes, me empecé a sentir mejor, y ellos comenzaron a hablarme de mi ensueño. Al principio, no supe qué querían de mí. Después, por el tenor de sus preguntas deduje que estaban obsesionados con los seres sombra. Todos ellos me dieron la impresión de estar asustados. Me decían más o menos las mismas cosas; insistían en que jamás habían estado en el mundo de las sombras. Algunos de ellos afirmaron que no sabían que existía. Sus afirmaciones y reacciones aumentaron mi confusión y mi temor.
No podían creer que los exploradores me hubieran transportado a ese mundo; no les cabía duda que yo había estado ahí, pero como no podían usar su experiencia personal para guiarse, no comprendían lo que yo estaba diciendo. Aun así, querían saber todo lo que yo les pudiera decir acerca de los seres sombra y de su reino. Los complací. Con la excepción de don Juan, todos se sentaban en mi cama a escuchar lo que yo dijera. No obstante, cada vez que los interrogaba acerca de mi situación, se escabullían, exactamente como los seres sombra.
Que evitaran a toda costa cualquier contacto físico conmigo, era una alarmante reacción suya que nunca antes había presenciado. Mantenían su distancia, como si estuviera yo infectado con una enfermedad. Su reacción me preocupó tanto que me sentí obligado a indagar la razón. La negaron. Parecían ofendidos, y llegaron hasta insistir en probarme que estaba equivocado. Me reí de buena gana de la tensión que les provocaba tocarme. Sus cuerpos adquirían una rigidez muy cómica cada vez que trataban de abrazarme.
Florinda Grau, la persona más cercana a don Juan, fue la única que no tuvo inconveniente en tratar físicamente conmigo dando masajes a mis músculos acalambrados, o cambiando mi cama, o ayudándome a ir al baño. Trató también de explicarme qué era lo que me pasaba. Me dijo que toda mi energía se había descargado y perdido en el mundo de los seres inorgánicos, y que don Juan y sus compañeros la habían recargado otra vez, pero que mi nueva carga energética era ligeramente perturbadora para la mayoría de ellos.
Florinda me trataba cariñosamente como si fuera un inválido. Hasta me hablaba como si fuera yo un bebé; algo que todos ellos celebraban con explosiones de risas. Pero a pesar de toda su burla su preocupación se me antojaba ser real y genuina.
Ya he escrito antes acerca de Florinda, con relación a mi encuentro con ella. En mi opinión, era una de las mujeres más hermosas que había conocido. Una vez le dije, y no era broma, que la veía muy fácilmente como modelo de revistas de modas.
– De revistas de mil novecientos diez -replicó.
Aunque Florinda era mayor, no era en absoluto vieja. Era joven y vibrante. Cuando le comenté a don Juan acerca de su insólita juventud, me contestó que la brujería la mantenía en un inigualable estado de fuerza y vitalidad. La energía de los brujos, remarcó, es visible al ojo como juventud y vigor.
Después de satisfacer, a través de mis historias, la curiosidad de los compañeros de don Juan, no volvieron más a mi cuarto, y su conversación se mantuvo al nivel de preguntas rutinarias sobre mi estado de salud. Sin embargo, cada vez que trataba de levantarme, había siempre alguien que delicadamente me lo impedía. Su vigilancia no me era del todo grata, pero parecía que la necesitaba ya que me sentía tremendamente débil. Aceptar estar mal, no me fue difícil, lo que si me afligía era no tener a nadie que me explicara cómo había llegado a México cuando lo último que recordaba era haberme acostado a ensoñar en mi cama, en Los Angeles. Les pregunté esto repetidamente, y todos ellos me respondieron que se lo preguntase al nagual, porque él era quien tenía la obligación de explicármelo.
Finalmente Florinda me explicó un tanto.
– Caíste en una trampa; eso es lo que te pasó -dijo.
– ¿Dónde caí en una trampa?
– En el mundo de los seres inorgánicos, por supuesto. Ese es el mundo con el cual has estado tratando por años. ¿No es así?
– Pues, tú sabes que sí, Florinda. Pero, ¿me podrías decir qué clase de trampa fue?
– No todavía. Todo lo que te puedo decir es que ahí perdiste toda tu energía. Pero peleaste muy bien.
– ¿Por qué estoy enfermo, Florinda?
– No estás enfermo de una enfermedad; digamos que fuiste energéticamente herido. Estabas en estado crítico, pero ahora sólo estás gravemente herido.
– ¿Cómo sucedió todo esto?
– Entraste en un combate mortal con los seres inorgánicos y fuiste derrotado.
– No me acuerdo de haber peleado con nadie, Florinda.
– Que te acuerdes o no, no tiene ninguna importancia. Peleaste con alguien que tenía infinitamente más capacidad que tú; unos maestros de la manipulación que te dejaron chiquitito.
– ¿Peleé con los seres inorgánicos?.
– Sí. Tuviste un encuentro mortal con ellos. Realmente no sé cómo sobreviviste su golpe de muerte.
Se rehusó a decirme nada más, pero insinuó que el nagual iba a venir a verme muy pronto.
Don Juan se presentó al día siguiente; muy risueño y encantador. Anunció jocosamente que me estaba haciendo un visita en calidad de doctor de energía; me examinó, mirándome fijamente de pies a cabeza.
– Estás casi curado -concluyó.
– ¿Qué fue lo que me pasó, don Juan? -pregunté.
– Caíste en la trampa que los seres inorgánicos te tendieron -contestó.
– ¿Cómo llegué aquí?
– Ahí está el gran misterio -dijo sonriendo jovialmente, obviamente tratando de hacer un chiste de un asunto muy serio-. Los seres inorgánicos te robaron; con cuerpo y todo. Primero, se llevaron tu cuerpo energético a su reino, cuando seguiste a uno de sus exploradores, y después se llevaron tu cuerpo físico.
Los compañeros de don Juan parecían estar en estado de parálisis. Con voz trémula uno de ellos le preguntó a don Juan si los seres inorgánicos podían atrapar a cualquiera. Don Juan contestó que ciertamente podían. Les recordó que el nagual Elías había sido transportado a ese mundo, contra su voluntad.
Todos asintieron con una inclinación de cabeza. Don Juan continuó hablándoles, refiriéndose a mí en tercera persona. Dijo que la conciencia combinada de un grupo de seres inorgánicos había primero consumido mi energía, forzándome a tener una explosión emocional: liberar al explorador azul. Luego la conciencia combinada del mismo grupo de seres inorgánicos había transportado mi inerte masa física a su mundo. Don Juan añadió que sin el cuerpo energético, uno no es más que una porción de materia orgánica que puede ser fácilmente manipulada por una conciencia superior.
– Los seres inorgánicos están pegados, juntos, como las células del cuerpo -don Juan prosiguió-. Cuando unen su conciencia son invencibles. Para ellos no es nada sacarnos de un tirón de nuestros lares energéticos y sumergirnos en su mundo. Especialmente si nos hacemos conspicuos y accesibles, como lo hizo él.
El sonido de suspiros y respiraciones entrecortadas rebotaba en las paredes. Todos ellos daban muestras de estar verdaderamente asustados y preocupados.
Quería quejarme y recriminar a don Juan por no haberme detenido, pero me acordé de cómo había tratado él de advertirme; de desviarme una y otra vez, sin ningún resultado. Don Juan, consciente de lo que yo pensaba, me sonrió.
– La razón por la que te sientes enfermo -dijo- es porque los seres inorgánicos descargaron tu energía y te dieron la suya. Eso debería haber sido suficiente parar matar a cualquiera. Gracias a tu energía de nagual, sobreviviste, aunque a duras penas.
Le mencioné a don Juan que recordaba pedazos de un sueño bastante incoherente, en el cual estaba en un mundo de neblina amarillenta. Y que tanto él como Carol Tiggs y sus compañeros trataban de sacarme de ahí.
– El ojo físico ve al reino de los seres inorgánicos como un mundo de neblina amarillenta -dijo-. Lo que creías un sueño incoherente, era ver el mundo de los seres inorgánicos con tus ojos físicos. Tú y todos nosotros lo vimos por primera vez con nuestros ojos. Sabíamos acerca de la neblina amarillenta únicamente a través de las historias de los brujos, pero no a través de nuestra experiencia.
Entendí lo que me dijo, pero no le pude captar ningún sentido. Don Juan me aseguró que darme una explicación más elaborada era imposible debido a mi falta de energía; tenía que quedar satisfecho, dijo, con su explicación y de la manera como yo la entendí.
– No entendí su explicación -insistí.
– Entonces no has perdido nada -dijo-. Cuando estés más fuerte, tú mismo te contestarás tus propias preguntas.
Le confesé a don Juan que tenía bochornos esporádicos. Mi temperatura se elevaba repentinamente y, mientras me sentía afiebrado y sudoroso, tenía extraordinarias e inquietantes clarividencias acerca de mi situación.
Don Juan escudriñó todo mi cuerpo con su penetrante mirada. Dijo que perder mi energía me había afectado temporalmente; y lo que yo sentía como bochornos eran explosiones de energía, durante las cuales retomaba el control de mi cuerpo energético y estaba al tanto de lo que me había sucedido.
– Haz un esfuerzo y dime qué fue lo que te pasó en el mundo de los seres inorgánicos -me ordenó.
Le dije que de vez en cuando tenía la clara sensación de que él y sus compañeros habían ido a ese mundo con sus cuerpos físicos y me habían arrancado de las garras de los seres inorgánicos.
– ¡Bien! -exclamó-. Ahora convierte esa sensación en una visión de lo que te sucedió.
Por más que traté, no fui capaz de hacer lo que me pedía. No poder lograrlo me hizo sentir una fatiga fuera de lo común, que parecía secar mi cuerpo desde adentro. Le lloriqueé a don Juan que mi ansiedad estaba a punto de hacerme explotar.
– Tu ansiedad no significa nada -dijo sin preocuparse-. Recupera tu energía y no te preocupes de tonterías.