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Don Juan explicó mi cambio en términos de energía; dijo que mi energía, la cual había estado aumentando continuamente, un día alcanzó un nivel que me permitió ignorar las conjeturas y los prejuicios sobre la naturaleza del hombre, la realidad, y la percepción. Ese día me enamoré del conocimiento, sin considerar su lógica o su valor funcional y, sobre todo, sin considerar mi conveniencia personal.

Cuando mi investigación sobre la existencia de los seres inorgánicos me dejó de importar, don Juan, por su propia cuenta, me habló de mis prácticas de ensueño.

– Creo que no estás consciente de la regularidad de tus encuentros con los seres inorgánicos -dijo.

Tenía razón. Nunca me había tomado la molestia de pensar en mis viajes de ensueño. Los hacía sin más ni más. Le comenté sobre lo raro de mi descuido.

– No es un descuido -dijo-. El carácter de ese reino es fomentar los secretos, el sigilo. Los seres inorgánicos se encubren en el misterio y la oscuridad. Piensa en esa masa porosa que es su mundo: estacionario, fijo para atraernos como polillas a la luz o al fuego.

"Hay algo que el emisario no se atrevió a decirte; que los seres inorgánicos buscan nuestra conciencia, o la conciencia de cualquier ser que caiga en sus redes. Nos dan conocimiento, pero cobran su precio: todo nuestro ser.

– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los seres inorgánicos son como pescadores?

– Exactamente. En un momento dado, el emisario te va a mostrar hombres que han sido atrapados ahí por ellos, o a lo mejor te mostrará otros seres que no son humanos, los cuales también fueron ahí atrapados.

Mi reacción debería de haber sido miedo y repugnancia. Las revelaciones de don Juan me afectaron profundamente, pero en el sentido de que me despertaron una incontenible curiosidad que me hacía casi jadear.

– Los seres inorgánicos no pueden forzar a nadie a que se quede con ellos -prosiguió don Juan-. Vivir en su mundo es un asunto voluntario. Sin embargo, son capaces de aprisionarnos, concediéndonos todos nuestros deseos, consintiéndonos y llenándonos de mimos. Ten cuidado con la conciencia inmóvil. La conciencia de ese tipo tiene que buscar movimiento, y como te dije, lo hace creando proyecciones; proyecciones fantasmagóricas en algunas ocasiones.

Le pedí a don Juan que me explicara eso de las proyecciones fantasmagóricas. Dijo que los seres inorgánicos, se agarraban de los sentimientos más íntimos de los ensoñadores, y jugaban con ellos sin misericordia, creando fantasmas ya sea para agradar o para atemorizar a los ensoñadores. Me recordó que yo había forcejeado con uno de esos fantasmas. Explicó que los seres inorgánicos son estupendos manipuladores que se deleitan proyectándose a sí mismos, como películas.

– Los brujos antiguos se vinieron al suelo por su estúpida fe en esas proyecciones -continuó-. Los brujos antiguos creían que sus aliados tenían poder. Ignoraban el hecho de que sus aliados eran una tenue energía proyectada a través de dos mundos, como una película cósmica.

– Se está usted contradiciendo, don Juan. Usted mismo dijo que los seres inorgánicos son reales. Y ahora me dice que son meramente proyecciones.

– No dije que los seres inorgánicos son meramente proyecciones. Dije que se proyectan en nuestro mundo como películas; y me permití añadir que eran como películas de tenue energía proyectada a través de las líneas fronterizas de dos mundos. No hay contradicción en lo que dije.

– ¿Pero qué me dice acerca de los seres inorgánicos en su propio mundo? ¿Son también meras proyecciones?

– De ninguna manera. Ese mundo es tan real como el nuestro. Los brujos antiguos describieron el reino de los seres inorgánicos como una masa de cavernas porosas flotando en un espacio oscuro. Y describieron a los seres inorgánicos como cañas huecas atadas en manojos inconcebibles, como las células del cuerpo. Los brujos antiguos llamaban a esos inconcebibles manojos, el laberinto de la penumbra.

– Entonces todos los ensoñadores ven a ese mundo de la misma forma, ¿no?

– Por supuesto que sí. Todos los ensoñadores lo ven tal cual es. ¿Qué? ¿Crees que eres único?

Confesé que algo en ese mundo me había hecho sentir que yo era único. Lo que creaba esta clara y placentera sensación de ser exclusivo no era la voz del emisario de ensueño, ni nada que yo pudiera conscientemente imaginar.

– Eso es exactamente lo que derribó a los brujos antiguos -dijo don Juan-. Los seres inorgánicos les hicieron lo mismo que te están haciendo a ti; les hicieron sentir que eran únicos, exclusivos; y algo aún más pernicioso: les hicieron sentir que tenían poder. La sensación de tener poder y ser únicos es invencible como fuerza de corrupción. ¡Ten cuidado!

– ¿Cómo evitó usted ese peligro?

– Fui unas cuantas veces a ese mundo, y luego no volví más.

Don Juan explicó que, en la opinión de los brujos, el universo es predatorio, y que los brujos tomaban esto en cuenta al llevar a cabo sus actividades diarias de brujería. Su idea era que la conciencia está esencialmente obligada a expandirse, y la manera en que se puede expandir es por medio de luchas, por medio de confrontaciones de vida o muerte.

– La conciencia de los brujos se expande cuando ensueñan -prosiguió-. Y en el momento en que se expande, algo allá afuera reconoce su expansión, y se propone conseguirla. Los seres inorgánicos son los postores para esa nueva y expandida conciencia. Los ensoñadores deben estar siempre alertas. En el momento en que se aventuran en ese universo predatorio, se convierten en presas.

– ¿Qué es lo que me sugiere que haga para estar a salvo, don Juan?

– ¡No te descuides ni por un segundo! No dejes que nada ni nadie decida por ti. Ve al mundo de los seres inorgánicos, únicamente cuando tú quieras ir.

– Honestamente, don Juan, yo no sabría cómo hacer eso. Una vez que aíslo a un explorador, una tremenda presión se ejerce sobre mí para que vaya. No tengo ni la menor idea cómo cambiar de parecer.

– Déjate de idioteces. Tú puedes parar cuando se te dé la gana. No lo has intentado, eso es todo.

Insistí con vehemencia que me era imposible parar. Él no prosiguió con el tema, y me sentí agradecido por ello. Un perturbador sentimiento de culpa había empezado a corroerme. Por una razón desconocida, jamás se me había ocurrido ni siquiera la idea de parar conscientemente la atracción de los exploradores.

Como de costumbre, don Juan tenía razón. Descubrí que realmente podía cambiar el curso de mi ensueño, intentado ese curso. Después de todo, había intentado que los exploradores me transportaran a su mundo. Era factible que si intentaba deliberadamente lo opuesto, mi ensueño seguiría un curso opuesto.

Por medio de la práctica, mi capacidad de parar o de intentar mis viajes al reino de los seres inorgánicos se volvió extraordinariamente aguda, y esto trajo consigo un control más profundo de mi atención de ensueño. Poder parar o intentar mis viajes cuando se me antojara me volvió más osado.

– Tu confianza es aterradora -fue el comentario que hizo don Juan, cuando le conté acerca de los nuevos aspectos de mi control sobre la atención de ensueño.

– ¿Por qué aterradora? -pregunté-. Yo estaba verdaderamente convencido del valor práctico de lo que había descubierto.

– Porque tu confianza es la confianza de un tonto -dijo-. Te voy a contar una historia de brujos, a propósito de esto. Yo no fui testigo de ella, pero el maestro de mi maestro, el nagual Elías, sí.

Don Juan dijo que el nagual Elías y el amor de su vida, una bruja llamada Amalia, se perdieron en su juventud, en el reino de los seres inorgánicos.

Nunca había oído a don Juan hablar acerca de brujos que fueran el amor de la vida de nadie. Me sorprendió tanto que inmediatamente le eché en cara su inconsistencia.

– No es inconsistencia. Es que siempre he rehusado contarte historias del afecto de brujos -dijo-. Has estado tan sobresaturado de amor toda tu vida que quería darte un respiro.

"Bueno, el nagual Elías y el amor de su vida, la bruja Amalia, se perdieron en el reino de los seres inorgánicos -prosiguió don Juan-. Ellos no se fueron allí en ensueño, sino en su conciencia diaria y con sus cuerpos.

– ¿Cómo sucedió eso, don Juan?

– Su maestro, el nagual Rosendo, en práctica y temperamento, era como tú, muy parecido a los brujos antiguos, su intención era ayudar a Elías y a Amalia, pero en vez de eso, los empujó a cruzar unos límites funestos. Lo que quería hacer era aplicar las técnicas de los brujos antiguos, y conducir a sus dos discípulos a la segunda atención, pero lo que logró fue la desaparición de los dos jóvenes.

Don Juan dijo que era una historia muy larga y complicada, y que no cabía entrar en detalles, solamente me iba a contar cómo se perdieron en ese mundo. Dijo que el error en el cálculo del nagual Rosendo fue asumir que, los seres inorgánicos no estaban en lo absoluto interesados en las mujeres. Su razonamiento se basaba en la certeza que tienen los brujos de que el universo, en su totalidad, es marcadamente femenino, y que lo masculino, al ser una ramificación de los, femenino, es escaso; por lo tanto, codiciado.

Don Juan comentó que quizá la escasez de lo masculino es la razón del injustificado dominio de los hombres en nuestro planeta. Yo quería seguir con ese tema, pero él continuó con su historia; dijo que el plan del nagual Rosendo era instruir a Elías y a Amalia exclusivamente en la segunda atención. Y para efectuar su plan, usó la técnica prescrita por los brujos antiguos. Durante el ensueño, aisló a un explorador, y manifestó en voz alta su intento de que el explorador transportara a sus discípulos a la segunda atención. Expresar en voz alta un intento de tal naturaleza es un mandato que un explorador no puede desoír. Teóricamente para una energía tan poderosa como un explorador, desplazar los puntos de encaje de Elías y Amalia a la posición apropiada no requería mucho esfuerzo. Lo que no consideró el nagual Rosendo fue la malicia de los seres inorgánicos. El explorador desplazó el punto de encaje de sus discípulos, pero los desplazó a una posición desde la cual era muy fácil transportarlos corporalmente a su reino.

– ¿Es esto posible, don Juan? ¿Ser transportado corporalmente?

– Sí, es enteramente posible. Somos energía, y esa energía se mantiene en una forma y posición específicas debido a la fijación del punto de encaje en su sitio habitual. Si esa ubicación cambia, la posición de nuestra energía cambia de acuerdo a ese cambio de ubicación. Todo lo que los seres inorgánicos tienen que hacer es desplazar el punto de encaje a la posición correcta, y salimos disparados como una bala, con sombrero, zapatos, y todo lo demás.

– ¿Puede esto ocurrirle a cualquiera de nosotros?

– Exactamente. Especialmente si nuestra suma energética es considerable. Obviamente, la suma de la energía de Elías y Amalia juntos era algo que los seres inorgánicos no podían desechar. Confiar en los seres inorgánicos es absurdo. Ellos tienen su propio ritmo, y ese ritmo no es humano.

Le pregunté a don Juan qué fue exactamente lo que el nagual Rosendo hizo para mandar a sus discípulos a ese mundo. Sabía que hacer esta pregunta era una estupidez de mi parte. Me sorprendí cuando respondió.