Страница 14 из 52
– ¿Qué es lo que nos está esperando, don Juan?
Su respuesta, al parecer una frase inofensiva, se me hizo más aterrorizante que una descripción de algo horrendo.
– Lo enteramente impersonal -dijo.
Se debe de haber dado cuenta de mi estado de ánimo y me hizo cambiar de niveles de conciencia, para que mi miedo se desvaneciera.
Unos meses más tarde, mi práctica de ensueño tomó un giro inusitado. En mis ensueños, empecé a obtener respuestas a preguntas que estaba planeando hacerle a don Juan. Lo más raro de esta extraña situación fue que en un santiamén me empezó a ocurrir lo mismo cuando estaba despierto. Un día recibí respuesta a una pregunta acerca de la realidad de los seres inorgánicos. Los había ensoñado tantas veces que empecé a creer que realmente existían. Tenía muy en cuenta el haber tocado a uno de ellos, en ese estado de conciencia seminormal, en el desierto de Sonora. Además, en mis ensueños periódicamente entraba en mundos que yo seriamente dudaba fueran producto de mi imaginación. Por ello, quería hacerle a don Juan una pregunta concisa. La formulé en mi mente: ¿si los seres inorgánicos son reales, en qué parte del universo está el reino donde ellos existen?
Después de repetir la pregunta en mi mente, escuché una risa extraña, igual a la que había escuchado el día que forcejeé con el ser inorgánico. Luego, una voz de hombre me contestó:
– Ese reino existe en una posición particular del punto de encaje. De la misma forma en que tu mundo existe en la posición habitual del punto de encaje.
Lo que menos quería era entablar un diálogo con una voz incorpórea. Me levanté de un salto de donde estaba sentado y salí corriendo fuera de la casa. Pensé que me estaba volviendo loco. Una preocupación más que añadir a mi colección de preocupaciones.
La voz fue tan clara y autoritaria, que no solamente me intrigó sino que me aterrorizó. Esperé con nerviosismo total el próximo asalto de esa voz, pero eso nunca se repitió. En la primera oportunidad que tuve, consulté con don Juan.
No quedó en lo más mínimo impresionado.
– Debes entender, de una vez por todas, que cosas como ésta son muy normales en la vida de un brujo -dijo-. No estás enloqueciendo; simplemente oíste la voz del emisario del ensueño. Al cruzar la primera o la segunda compuerta del ensueño, los ensoñadores llegan a una fuente universal de energía y empiezan a ver cosas o a escuchar voces. Realmente no son voces, es una sola voz. Los brujos la llaman la voz del emisario de ensueño.
– ¿Qué es el emisario de ensueño?.
– Una carga de energía diferente a la nuestra. Es una energía forastera que pretende ayudar a los ensoñadores diciéndoles cosas. El problema con el emisario de ensueños es que únicamente puede decirles a los brujos lo que ellos ya saben o deberían saber, si realmente fueran brujos que valen la pena.
– El que me diga usted que es una carga de energía no me ayuda en absoluto, don Juan. ¿Qué clase de energía? ¿Benigna, maligna, o qué?
– Es simplemente lo que te dije, una energía diferente de la nuestra. Una fuerza impersonal, que nosotros convertimos en algo muy personal, por el hecho de que tiene voz. Algunos brujos juran que les aconseja. Hasta la ven. O, como tú, simplemente la oyen como una voz de hombre o de mujer. Una voz que les describe situaciones del momento. La mayoría de las veces los brujos toman estas descripciones erróneamente como consejos sagrados.
– ¿Por qué se llega a oír a esa energía como una voz?
– Los ensoñadores oyen o ven al emisario, cuando tienen suficiente energía para mantener sus puntos de encaje fijos en una nueva posición específica; mientras más intensa es esta fijación, más intensa la experiencia del emisario. ¡Ten cuidado! A lo mejor un día lo ves o lo sientes como una mujer desnuda.
Don Juan se rió de su propio comentario, pero yo estaba demasiado asustado para frivolidades.
– ¿Es esta fuerza capaz de materializarse? -pregunté.
– Por supuesto -contestó-. Y todo depende de cuán fijo esté el punto de encaje. Sin embargo, si se mantiene cierto grado de desapego, nada sucede. El emisario permanece como lo que es: una fuerza impersonal que actúa con nosotros debido a la fijación de nuestros puntos de encaje.
– ¿Es el consejo del emisario algo que se puede tomar en serio?
– Nada de lo que dice es consejo. Únicamente describe lo que está frente a uno. Las conclusiones son nuestras propias deducciones.
Le dije a don Juan lo que la voz me había dicho.
– Ya ves, es exactamente lo que te dije -recalcó-. El emisario no te dijo nada nuevo. Sus aseveraciones fueron correctas, pero únicamente parecía que te estaba revelando algo nuevo. Lo que el emisario hizo fue meramente repetirte lo que tú ya sabías.
– Lo siento mucho, don Juan, pero no puedo decir que yo sabía todo eso.
– Sí, puedes decirlo. Tú sabes ahora infinitamente más de lo que racionalmente sospechas acerca del misterio del universo. Pero esa es la dolencia del género humano: saber más de lo que sospechamos acerca del misterio del universo.
A pesar de todo lo que dijo don Juan, el haber experimentado el increíble fenómeno de la voz del emisario, por mi propia cuenta, me causó una tremenda euforia. Durante otra discusión sobre el ensueño, aproveché la oportunidad y le pregunté a don Juan si él también lo oía como una voz.
Con una amplia sonrisa dijo:
– Sí, sí, el emisario me habla. En mi juventud lo veía como un fraile con capuchón negro que me hacía medio morir de miedo cada vez que me hablaba. Cuando mi miedo disminuyó, se convirtió en una voz incorpórea, la cual me habla hasta hoy en día.
– ¿Qué le dice a usted, don Juan?
– Me habla de las cosas en que enfoco mi atención; cosas que no me tomo la molestia de averiguar por mi mismo. Como por ejemplo, detalles sobre el comportamiento de mis aprendices. Lo que hacen cuando yo no estoy con ellos. Me dice cosas de ti, en particular. El emisario me dice todo lo que haces.
En ese momento, realmente perdí el interés de continuar nuestra conversación. Busqué frenéticamente en mi mente preguntas sobre otros temas, mientras que él se reía a carcajadas.
– ¿Es el emisario de ensueños un ser inorgánico? -le pregunté.
– Digamos que el emisario de ensueños es una fuerza que viene del reino de los seres inorgánicos. Esa es la razón por la cual los ensoñadores siempre la encuentran. Todos la oyen, son muy pocos los que la ven o la sienten.
– ¿Tiene usted alguna explicación para esto?
– No. Además, realmente no tengo ningún interés en el emisario. En un determinado momento de mi vida tuve que decidir entre concentrarme en los seres inorgánicos y seguir los pasos de los brujos antiguos, o renunciar a todo eso. Mi maestro, el nagual Julián, me ayudó a rechazar todo eso. Nunca me he arrepentido de esa decisión.
– ¿Cree usted que yo también debería rechazar todo esto, don Juan?
En lugar de contestarme, me explicó que el reino entero de los seres inorgánicos está siempre dispuesto a enseñar. Dijo que quizá debido a que los seres inorgánicos tienen una conciencia de ser más profunda que la nuestra se sienten obligados a tomarnos bajo su tutela.
– Yo no encontré ninguna razón para convertirme en su alumno -añadió-. El precio de su instrucción es demasiado caro.
– ¿Cuál es su precio?
– Nuestras vidas, nuestra energía. Demandan total devoción hacia ellos. En otras palabras, nos roban la libertad.
– ¿Pero, qué es lo que ellos enseñan?
– Cosas que atañen a su mundo. Del mismo modo que nosotros les enseñaríamos, si fuéramos capaces de enseñarles, cosas que atañen a nuestro mundo. Su método es tomar nuestro ser básico como medida de lo que necesitamos, y de acuerdo a eso enseñarnos. ¡Un método sumamente peligroso!
– No veo por qué pueda ser peligroso.
– Si alguien va a tomar a tu ser básico como medida, con todos tus vicios, tus miedos y avaricia y envidias, y toda tu porquería, y va a enseñarte lo que satisfaga a ese desastroso estado de ser, ¿cuál crees que sea el resultado?
No tuve nada que responder. Pensé que había comprendido perfectamente bien.
– El problema de los brujos de la antigüedad es que aprendieron cosas maravillosas, pero sobre las bases de una inconciencia de ser sin enmendar -prosiguió don Juan-. Los seres inorgánicos realizaban las acciones prácticas necesarias para lograr una u otra cosa y así con ejemplos guiaban a los brujos antiguos paso a paso a copiar esas acciones, sin que cambiaran en absoluto nada de su naturaleza básica.
– ¿Todavía existe esta clase de relaciones con los seres inorgánicos hoy en día?
– No te puedo contestar eso con certeza. Lo único que me cabe decir es que yo no puedo concebir una relación de ese tipo. Lo que hace es disminuir nuestro apego a la libertad, al consumir toda nuestra energía disponible. Para poder realmente seguir el ejemplo de sus aliados, los brujos de la antigüedad tuvieron que pasarse la vida entera en el reino de los seres inorgánicos. La cantidad de energía necesaria para lograr eso es asombrosa.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los brujos antiguos eran capaces de existir en esos reinos de la misma forma en que nosotros existimos aquí?
– No exactamente como nosotros existimos aquí, pero ciertamente vivían ahí, y retenían su conciencia y su individualidad. Para ellos el emisario de ensueño fue una entidad vital, porque es el puente perfecto; habla, y su tendencia es enseñar, guiar.
– ¿Ha estado usted, en ese reino, don Juan?
– I
– A mi parecer, don Juan, a usted ni le gusta ni aprueba al emisario.
– Ni lo apruebo ni me gusta. Pertenece a otra modalidad, la de los brujos antiguos. Además, en nuestro mundo, sus enseñanzas y su guía son disparates. Y por esos disparates, el emisario nos cobra enormidades en términos de energía. Algún día estarás de acuerdo conmigo. Ya lo verás.
En el tono de sus palabras, pude captar la velada implicación de que yo no coincidía con él en lo que al emisario se refería. Estaba a punto de argüir que eso era un error de su parte, cuando escuché la voz del emisario en mis oídos.
– Él tiene razón -dijo la voz-. Yo te caigo bien porque no encuentras nada malo en el hecho de explorar todas las posibilidades. Tú estás en pos de conocimiento; el conocimiento es poder. Tú no quieres meramente la seguridad de tus rutinas y las creencias de tu mundo.
El emisario dijo todo esto en inglés, con un marcado acento de la costa del Pacifico. Después cambió a español. Noté un tenue acento argentino. Nunca había escuchado hablar al emisario de esta manera. Me fascinó. El emisario me habló de logros, de sabiduría, de cuán lejos me encontraba de mi lugar natal; de mi ansia de aventura y de mi obsesión con nuevos horizontes. La voz hasta me habló en portugués, con una definida inflexión de las pampas del sur.
Escuchar a esa voz, llenándome de halagos, al final no solamente me asustó, me asqueó. Le dije a don Juan ahí mismo que tenía que dejar de ensoñar. Me miró sorprendido, pero cuando le repetí todo lo que había escuchado, accedió, aunque dándome la impresión de que únicamente lo hacía para apaciguarme.