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Se sacudió un poco el faldón de la camisa, pues ya le caía sobre la barriga la primera ceniza del puro, mientras el Potro asentía lento con la cabeza, mirando hacia la puerta cerrada como si acabase de resolver algo que lo hubiera intrigado mucho rato. Será eso, repitió dos veces. La dignidad.

Peregil boqueaba, pálido y sudoroso. Tenía el pañuelo como para escurrirlo en un cubo.

– Me voy -dijo. El humo del habano, con el balanceo, le daba a todas luces la puntilla-. Así que manteneos atentos a mis instrucciones.

Empezó a incorporarse, arreglando maquinalmente el pelo sobre su calva. En ese momento el Canela Fina se balanceó al paso de otro barco de turistas, y la mirada de Peregil siguió, con fijeza obsesiva, el movimiento de estribor a babor del rayo de sol que entraba por el portillo de los geranios. La piel se le puso más grasienta y pálida, y aspiró aire igual que un jurel recién pescado, mirando a don Ibrahim y al Potro con ojos de extravío.

– Perdonad -murmuró, la voz ahogada, antes de precipitarse camino de la puerta y la escala.

Fue la peor comida de su vida. Pencho Gavira apenas probó las habas tiernas con chipirones y el salmón a la plancha, y sólo recurriendo a toda su sangre fría llegó a los postres con la sonrisa intacta y sin saltar de la mesa cada cinco minutos para telefonear a su secretaria, que buscaba afanosa a Peregil por toda Sevilla. A veces, en plena conversación con los consejeros del Cartujano, el banquero se quedaba en blanco, pendientes los otros de lo que estaba a medio exponer; y sólo con un inaudito esfuerzo de voluntad era capaz de rematar la cuestión de modo airoso. Habría necesitado todo aquel tiempo para pensar, trazando planes y soluciones a las alternativas que la ausencia del sicario iba haciendo sucederse en su mente; pero no disponía de esa tregua. También esa reunión resultaba decisiva para su futuro, por lo que no podía descuidar a sus comensales. Se batía, por tanto, en dos frentes: como Napoleón contra un ejército inglés y otro prusiano en Waterloo. Una sonrisa, un sorbo de rioja, un planteamiento, una reflexión oculta justo el tiempo de encender un cigarrillo. Poco a poco los consejeros iban entrando por el aro; mas la falta de noticias por parte de Peregil empezaba a ser angustiosa. Gavira tenía la certeza de que su asistente estaba relacionado con la desaparición del cura, y -eso daba sudores fríos- también podía estarlo con la muerte de Bonafé. Aquello le hacía correr estremecimientos por la espina dorsal; pero a pesar de todo el banquero tenía cuajo y aguantaba el tipo. En su lugar, otro con menos arrestos se habría echado a llorar sobre el mantel.

El maître se acercaba entre las mesas, y por su forma de mirarlo Gavira supo que se dirigía a él. Reprimiendo el impulso de precipitarse desde su asiento, concluyó la frase que tenía a medias, apagó el cigarrillo en el cenicero, bebió un sorbo de agua mineral, secó cuidadosamente sus labios con la servilleta y se puso en pie, dirigiéndoles una sonrisa a los consejeros:

– Disculpad un momento.

Después caminó hacia el vestíbulo haciendo un par de inclinaciones de cabeza para saludar a algunos conocidos, con la mano derecha en el bolsillo para evitar que le temblara. El vacío de su estómago se ahondó al ver a Peregil con el pelo despeinado sobre la calva y una corbata espantosa.

– Tengo buenas noticias -anunció el sicario.

Estaban solos. Gavira casi lo empujó dentro de los servicios de caballeros, cerrando la puerta detrás cuando se aseguró de que allí no había nadie.

– ¿Dónde has estado?

Peregil hizo una mueca satisfecha:

– Ocupándome de que mañana no haya misa -dijo.

Toda la tensión, toda la angustia acumulada, se le disparó a Gavira como un resorte. Habría matado a Peregil allí mismo. Con sus propias manos.

– ¿Qué has hecho, cabrón?

Al asistente se le borró la sonrisa de la boca. Parpadeaba, aturdido.

– Pues qué voy a hacer -balbució- Lo que usted me dijo. Neutralizar al cura.

– ¿Al cura?

El esbirro apoyaba la espalda contra el lavabo donde Gavira lo tenía acorralado. La luz de neón le hacía brillar la calva bajo los mechones de pelo que se elevaban desde la oreja izquierda.

– Sí -confirmó-. Unos amigos lo han puesto fuera de circulación hasta pasado mañana. En perfecto estado de salud.

Observaba desconcertado a su jefe, sin comprender aquella actitud agresiva. Gavira dio un paso atrás mientras hacía cálculos.

– ¿Cuándo fue eso?

– Anoche -Peregil aventuró una tímida sonrisa, atento a las reacciones de su jefe-. Está en lugar seguro y bien tratado. El viernes se le suelta, y santas pascuas.

Gavira movía la cabeza. No le cuadraban las cuentas.

– ¿Y el otro?

– ¿Quién es el otro?

– Bonafé. El periodista.

Vio enrojecer a Peregil como si le hubiesen bombeado un litro de sangre a la cara.

– Ah, ése -ahora el asistente parecía desencajado. Alzaba las manos para definir algo en el aire-. Bueno… Se lo puedo explicar todo, créame -bajo el neón, la sonrisa forzada parecía un agujero oscuro en mitad de su cara-. Es algo complicada la historia, pero se la puedo aclarar. Lo juro.

A Gavira le vino una ola de pánico. Si su asistente estaba relacionado con la muerte de Honorato Bonafé, los problemas no habían hecho más que empezar. Dio unos pasos por el cuarto, intentando reflexionar a toda prisa. Pero los azulejos blancos le inspiraban el vacío más absoluto. Se volvió a mirar a Peregil:

– Pues más vale que tu explicación sea buena. Al cura lo busca la policía.

En contra de lo que esperaba, Peregil no se mostró especialmente impresionado. Más bien mostraba alivio por el nuevo giro de la conversación:

– Qué rápidos. Aun así, no se preocupe usted.

Gavira no daba crédito a lo que oía:

– ¿Que no me preocupe?

– En absoluto -el esbirro esbozó una sonrisita nerviosa-. Sólo va a costamos cinco o seis kilos más.

Gavira se fue otra vez hasta él. La duda oscilaba entre tumbarlo de un puñetazo y patearle el cráneo o seguir interrogándolo.

Con un esfuerzo sobre sí mismo, preguntó de nuevo:

– ¿Hablas en serio, Peregil?

– Que sí. Usted tranquilo.

– Oye -esforzándose en mantener la compostura, el banquero se pasaba las palmas de las manos por las sienes-. Tú me estás vacilando.

– Nunca se me ocurriría, jefe -Peregil sonreía con candor-. Ni harto de jumilla.

Gavira se dio otro paseo por el cuarto.

– Vamos a ver… ¿Vienes a decirme que tienes secuestrado a un cura al que la policía busca por asesinato, y quieres que no me preocupe?

A Peregil se le descolgó la mandíbula:

– Cómo que por asesinato.

– Eso he dicho.

El esbirro miró la puerta cerrada. Luego la del retrete. Después de nuevo a Gavira.

– Pero qué asesinato ni qué niño muerto.

– De niño, nada. Adulto. Y culpan a tu maldito cura.

– Venga ya -Peregil soltó una carcajada corta, de absoluta desesperación-. No me gaste esas bromas, jefe.

Gavira se le acercó tanto que el otro casi tuvo que sentarse en el lavabo.

– Mírame la cara. ¿Tengo aspecto de bromear?

No lo tenía, y al asistente no le cupo la menor duda. Ahora Peregil estaba blanco como los azulejos de la pared:

– ¿Un asesinato?

– Eso es.

– ¿Un asesinato de verdad?

– Que sí, coño. Y dicen que ha sido el cura.

Alzó una mano el otro, pidiendo tiempo para digerir todo aquello más despacio. Estaba tan descompuesto que los largos mechones de pelo le colgaban sobre la oreja.

– ¿Antes o después de que lo trincáramos?

– Y yo qué sé. Será antes, supongo.

Peregil tragó saliva con mucha dificultad y mucho ruido:

– A ver si nos aclaramos, jefe. ¿El asesinato de quién?

Después de dejar a Peregil vomitando en el retrete, Pencho Gavira se despidió de los consejeros, subió al Mercedes aparcado ante el restaurante, dijo al chófer que conectara el aire acondicionado y fuese a tomar algo, y con el teléfono móvil en la mano reflexionó un momento. Estaba seguro de que su asistente le había contado la verdad, y -pasado el pánico inicial- eso le daba al problema nuevas perspectivas. Resultaba difícil establecer si todo era una sucesión de casualidades, o si de verdad la gente de Perejil había incurrido en la extraordinaria coincidencia de secuestrar al párroco sólo un poco después de que éste se cargara al periodista. El hecho de que la policía estableciese la muerte de Bonafé a última hora de la tarde, y que la desaparición del párroco no se hubiera producido -según testimonio de la propia Macarena y del cura de Roma- hasta pasadas las doce de la noche, dejaba a Príamo Ferro sin coartada. De un modo u otro, culpable o no, eso cambiaba las posiciones de cada cual. El sacerdote era sospechoso y la policía andaba tras él; retenerlo más tiempo resultaba arriesgado. Gavira tenía la seguridad de que podía ser puesto en libertad sin perjuicio para sus proyectos. Más bien los beneficiaba, pues el cura iba a estar muy ocupado entre encuestas e interrogatorios. Si lo soltaban de noche, con la policía tras él, era más que probable que al día siguiente no hubiera misa en Nuestra Señora de las Lágrimas. El golpe maestro podía venir, pues, de lo inesperado. La filigrana consistía en desembarazarse del párroco y devolverlo a la vida pública con la oportuna limpieza, sin escándalos. Que huyese o se entregara a la policía, eso a Gavira le daba igual. De un modo u otro Príamo Ferro estaba al fílo de quedar fuera de juego por una temporada, y quizá pudieran mejorarse las cosas con una llamada anónima, una denuncia o algo así. No era el arzobispo de Sevilla quien iba a tener prisa por buscarle un sustituto. En cuanto a don Octavio Machuca, para el pragmático banquero estaba bien todo lo que terminaba bien.

Quedaba por resolver la cuestión de Macarena; pero también en eso había ventajas con la nueva situación. La jugada perfecta consistía en venderle a ella la liberación del párroco como un favor, proclamándose Gavira ajeno al exceso de celo de Peregil. Algo del tipo en cuanto me lo dijiste intervine y etcétera. Con el asunto de Bonafé pesando sobre todos, y en especial sobre su admirado don Príamo, ella se iba a guardar mucho de ser indiscreta. Eso podía facilitar, incluso, un acercamiento entre los dos. En cuanto al párroco, que Macarena y el cura de Roma se hicieran cargo de él con policía o sin ella. Gavira no tenía nada contra el cura viejo: igual le daba que se entregara o que emigrase. Con una chispa de suerte, estaba tan acabado como su iglesia.

El aire acondicionado, con el suave ronroneo del motor, mantenía una temperatura perfecta en el interior del Mercedes. Más relajado, Gavira se recostó en el asiento de cuero negro para apoyar la cabeza en el respaldo, contemplándose satisfecho en el espejo retrovisor. Quizá no fuese una mala jornada, después de todo. En su rostro bronceado relucía la sonrisa del Marrajo del Arenal cuando marcó el número telefónico de la Casa del Postigo.