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Más que una negación destinada a ellos, parecía respuesta a una reflexión interior. Octavio Machuca entrecerraba más los párpados, observándolo con curiosidad; y fue en ese momento cuando Quart tuvo la certeza de que el de Macarena no era un tiro a ciegas.
– Pencho -dijo Machuca.
Era una reconvención y un ruego formulados en voz baja. La expresión de Gavira era otra vez inescrutable, pero alzó levemente una mano, como si pidiera un momento de calma para reflexionar-. Un conductor molesto por un coche mal aparcado los ensordeció a todos con su claxon.
– Si tienes algo que ver, Pencho… -insistió Machuca. Ahora parecía de veras incómodo, dedicándoles a Macarena y a Quart breves miradas de preocupación.
– Esas casualidades no ocurren -murmuró Gavira, abismado, muy lejos de allí.
Después, con aspecto de moverse en el límite impreciso de lo real y de un sueño, miró a Quart y luego a Macarena, casi esperando que confirmaran sus pensamientos no expresados. Abría la boca a punto de decir algo, o necesitando, quizás, más aire para respirar. Se mantenía firme, pero su aplomo había desaparecido. De pronto, un semáforo pasó del rojo al verde y el desfile de parabrisas de automóviles los deslumbró a todos con una sucesión de destellos y ráfagas de sol. Gavira parpadeó, enrojeciendo con violencia. Sacudido por una ola de calor inesperado.
– Ahora deben disculparme -dijo-. Tengo una comida de trabajo.
Apretaba un puño llevándoselo hasta la barbilla, como si fuese a golpearse a sí mismo. Y al ponerse en pie, derramó el vaso de cerveza.