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Hubo un breve silencio que nadie quiso llenar y que Quart encaró con calma. Fue ella quien habló por fin, al cabo de un momento:

– ¿También tiene sotana?

– Claro. Aunque la uso poco.

Trajeron la cuenta y él quiso hacerse cargo, pero Macarena Bruner no lo dejó. Soy yo quien invita, le dijo a Quart, inflexible. Así que éste se la quedó mirando mientras sacaba del bolso una tarjeta oro American Express. Siempre envío las cuentas a mi marido, apuntó con malicia cuando se fue el camarero. Le sale más barato que una pensión de divorcio.

– Nos queda comentar uno de sus tres votos -añadió más tarde-. ¿También practica la castidad compartida?

– Me temo que la castidad la practico a secas.

La vio asentir lentamente y recorrer luego el comedor con la mirada, antes de volver a él de nuevo. Ahora le observaba la boca y los ojos, valorativa:

– No me diga que nunca ha estado con una mujer.

Hay preguntas que no pueden responderse a las once de la noche en un restaurante de Sevilla, a la luz de una vela; pero ella no parecía esperar una respuesta. Extrajo con parsimonia del bolso un paquete de cigarrillos, se puso uno en la boca, y después, con un descaro a la vez natural y calculado, introdujo la mano derecha a la izquierda de su escote, en busca de un encendedor de plástico que llevaba entre la piel y el tirante del sujetador. Quart la observó encender el cigarrillo, negándose a pensar en nada. Y sólo un poco más tarde accedió a preguntarse en qué endiablado embrollo se estaba metiendo.

En realidad, por la educación recibida en Roma y el trabajo de los últimos diez años, la actitud de Quart respecto al sexo había evolucionado de modo distinto al que solían orientar, en los sacerdotes, el comadreo y sordidez del seminario y las normas generales de la institución eclesiástica. En un mundo cerrado, regido por el concepto de culpa, que negaba el contacto con la mujer y donde la única solución oficiosamente aceptada residía en la masturbación o el sexo clandestino y su posterior expiación por el sacramento de la penitencia, la vida diplomática y el trabajo para el Instituto de Obras Exteriores facilitaban lo que monseñor Spada, siempre hábil con los eufemismos, definía como coartadas tácticas. El bien general de la Iglesia, considerado como fin, justificaba a veces el empleo de ciertos medios; y en ese sentido, el atractivo de cualquier apuesto secretario de nunciatura entre las esposas de ministros, financieros y embajadores, víctimas fáciles del instinto de adopción ante sacerdotes jóvenes o interesantes, abría muchas puertas infranqueables por monseñores o eminencias más viejos y correosos. Era lo que monseñor Spada llamaba síndrome de Stendhal, en memoria de dos personajes -Fabricio del Dongo y Julián Sorel- cuyas peripecias había aconsejado leer a Quart apenas ingresado en el IOE. Para el Mastín, la cultura no estaba reñida con el adiestramiento. Todo esto dejaba el asunto a la discreción moral y a la inteligencia de cada protagonista, a fin de cuentas agente de Dios en un campo de batalla donde sus fuerzas eran la oración y el sentido común. Porque, junto a las ventajas de una confidencia obtenida en recepciones, charlas privadas o confesionarios, el sistema encerraba sus riesgos. Muchas mujeres acudían buscando la sustitución afectiva de hombres inalcanzables o maridos indiferentes; y nada más perturbador, para el viejo Adán siempre al acecho bajo buena parte de las sotanas, que la inocencia de una adolescente o las confidencias de una mujer frustrada. En última instancia, la indulgencia oficiosa de los superiores estaba más o menos asegurada -la nave de Pedro era antigua, superviviente y sabia- en función de la ausencia de escándalo y de los resultados operativos.

Paradójicamente en un hombre que sólo poseía la fe del soldado profesional, ése no era el caso de Quart. Cierto es que, en él, la castidad consistía en pecado de orgullo antes que en virtud; pero así era la regla en torno a la que ordenaba su vida. Y como alguno de los fantasmas que acompañaban a sus ojos abiertos en la oscuridad, el templario con la espada como único apoyo bajo un cielo sin Dios necesitaba apelar a la regla, si quería afrontar con dignidad el retumbar de la caballería sarracena acercándose a lo lejos, desde la colina de Hattin.

Retornó al presente con esfuerzo. Ella fumaba con el codo sobre la mesa, el mentón en la palma de la mano donde sostenía el cigarrillo. Por alguna razón, sin llegar siquiera a rozarlas, sintió la proximidad turbadora de sus piernas. Los reflejos doraban los ojos oscuros junto a la llama de la vela, muy próximos, y a él le hubiera bastado extender el brazo para rozar con los dedos su piel, bajo el cabello negro que de nuevo caía sobre el hombro, marfil del collar, oro de la pulsera, blanco de los incisivos reluciendo suavemente en la boca entreabierta. Y entonces, con gesto deliberado, aquella misma mano en cuyos dedos cosquilleaba el deseo se introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta y, cogiendo la postal del capitán Xaloc, la puso entre los dos, sobre el mantel.

– Hábleme de Carlota Bruner.

Todo cambió en un instante. Ella apagó el cigarrillo en el cenicero y se lo quedó mirando desconcertada. Los reflejos de miel se habían desvanecido.

– ¿Dónde consiguió esa postal?

– Alguien la puso en mi habitación.

Macarena Bruner observaba la imagen amarillenta de la iglesia. Movió la cabeza:

– Es mía. Del baúl de Carlota. Es imposible que la tenga usted.

– Pues ya ve. La tengo -Quart cogió la postal entre el pulgar y el índice y le dio vuelta, mostrando la cara escrita-. ¿Por qué no lleva matasellos?

Los ojos de la mujer iban de la tarjeta a Quart, preocupados.

Entonces él repitió la pregunta y ella asintió, pero estuvo un rato en silencio antes de responder.

– Porque no se envió nunca -había cogido la tarjeta y la estudiaba-. Carlota era tía abuela mía. Estaba enamorada de Manuel Xaloc, un marino sin fortuna. Gris me ha dicho que le contó la historia… -movió la cabeza igual que si negase algo; aunque tal vez fuese un gesto desolado, de impotencia o tristeza-. Cuando el capitán Xaloc emigró a América, ella le escribió una carta o una postal casi cada semana, durante años. Pero su padre el duque, mi bisabuelo Luis Bruner, quiso impedirlo. Así que sobornó a los funcionarios de Correos de la ciudad. En seis años ella no recibió ni una carta, y creemos que él tampoco. Cuando Xaloc regresó a buscarla, Carlota había perdido la razón. Pasaba los días en la ventana, mirando el río. No fue capaz de reconocerlo.

Quart señaló la postal.

– ¿Y las cartas?

– Nadie se atrevió a destruirlas. Fueron a parar al baúl donde se guardaron las cosas de Carlota a su muerte, en 1910. Ese baúl me sedujo cuando niña: me probaba los vestidos, los collares de azabache… -Quart la vio iniciar un esbozo de sonrisa, pero sus ojos volvieron a la postal y ésta se le borró de la boca- En su juventud, Carlota viajó con mis bisabuelos a la Exposición Universal de París, a Túnez, donde visitó las ruinas de Cartago y se trajo monedas antiguas… También hay folletos de viajes, de barcos y hoteles: el resumen de una vida, entre viejos encajes y muselinas apolilladas. Imagínese el efecto en mí, con diez o doce años: leí las cartas una por una, y el personaje romántico de mi tía abuela me fascinó. Me fascina todavía.

Trazaba con una uña signos en el mantel, alrededor de la postal. Al cabo de un instante se detuvo, pensativa.

– Una hermosa historia de amor -añadió, alzando los ojos hasta Quart-. Y como todas las hermosas historias de amor, fue una historia desgraciada.

Quart guardaba silencio por miedo a interrumpirla. Fue el camarero quien lo hizo, al acercarse con el recibo de la tarjeta de crédito. Quart observó la firma: nerviosa, llena de ángulos aguzados como puñales. Ella miraba ahora la colilla apagada en el cenicero, ausente.

– Hay una canción bellísima- prosiguió al cabo de un momento- que canta Carlos Cano con letra de Antonio Burgos: «Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla…», y cada vez que la oigo siento ganas de llorar… ¿Sabe que existe, incluso, una leyenda sobre Carlota y Manuel Xaloc? -sonrió por fin, insólitamente tímida e indecisa, y Quart supo que ella creía esa leyenda-. En las noches de luna, Carlota regresa a su ventana mientras, en el Guadalquivir, la goleta fantasma de su amante suelta amarras y zarpa río abajo -se había inclinado sobre la mesa, de nuevo con reflejos dorándole los ojos, y Quart volvió a experimentar la certeza inquietante de estar demasiado cerca-. De pequeña pasé noches enteras apostada en mi cuarto, espiándolos. Y una vez los vi. Ella era una silueta pálida en la ventana; y abajo, en el río, entre la niebla, las velas blancas de un barco antiguo se deslizaban despacio hasta perderse de vista.

Calló, de pronto. Se había echado hacia atrás en la silla. De nuevo la distancia entre ella y Quart.

– Después de sir Marhait -añadió- mi segundo amor fue el capitan Xaloc… -su mirada era una provocación-. ¿Le parece una historia absurda?

– En absoluto. Cada uno tiene sus fantasmas.

– ¿Cuáles son los suyos?

Ahora le tocó a Quart el turno de sonreír desde muy lejos. Tan lejos que Macarena Bruner nunca habría podido llegar hasta allí para comprobar de qué se trataba, en el improbable caso de que él hubiese añadido palabras a aquella sonrisa. Viento y sol, y lluvia. Sabor a sal en la boca. Recuerdos tristes de una infancia humilde, rodillas manchadas de tierra húmeda y largas esperas frente al mar. Fantasmas de una juventud intelectual estrecha, dominada por la disciplina, con algunos recuerdos felices de compañerismo en comunidad y breves períodos de ambición satisfecha. La soledad en un aeropuerto, en un libro, en el cuarto de un hotel. Y el miedo o el odio en los ojos de otros hombres: el banquero Lupara, Nelson Corona, Príamo Ferro. Cadáveres reales o imaginarios, pasados o futuros, en su conciencia.

– No tienen nada de especial -dijo impasible-. También hay buques que zarpan y no regresan. Y un hombre. Un caballero templario con cota de malla que se apoya en su espada, en un desierto.

Ella lo miró de un modo extraño, como si lo viera por primera vez. Y no dijo nada.

– Pero los fantasmas -añadió Quart, tras el silencio- no dejan postales en las habitaciones de hotel.

Macarena Bruner tocó la tarjeta, que seguía sobre el mantel mostrando la cara escrita: Aquí rezo por ti cada día… Sus labios se movieron silenciosamente al leer las palabras que nunca llegaron al capitán Xaloc.

– No lo comprendo -dijo-. Estaba en mi casa, con el baúl y el resto de las cosas de Carlota. Alguien la cogió de allí.

– ¿Quién?

– No tengo la menor idea.

– ¿Cuántos conocen la existencia de esas cartas?

Se lo quedó mirando como si no hubiera oído bien y esperase que repitiera la pregunta, mas no lo hizo. Saltaba a la vista que reflexionaba a toda prisa.

– No -concluyó-. Es demasiado absurdo.

Quart movió una mano y vio que Macarena Bruner retrocedía casi imperceptiblemente en la silla, siguiendo el gesto igual que si temiera sus consecuencias. Cogió la postal y la volvió para mostrar la foto de la iglesia.