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III Once bares en Triana

Tienes que talar, talar y seguir talando, y tienes que abatir sin piedad, hasta que se despejen las filas de árboles y el bosque pueda considerarse sano. (Jean Anouilh. La Alondra )

Hay perros que definen a sus amos, y coches que anuncian a sus propietarios. El Mercedes de Pencho Gavira era oscuro, reluciente, enorme, con una amenazadora estrella de tres puntas enhiesta sobre el radiador como el punto de mira de un ametrallador de proa. Aún no se había detenido del todo cuando Celestino Peregil ya estaba de pie en el bordillo de la acera, manteniendo abierta la portezuela para que bajara su jefe. El tráfico frente a La Campana era intenso, y la contaminación maculaba el cuello color salmón de la camisa del esbirro, entre la chaqueta cruzada azul marino y la corbata de seda a flores rojas, verdes y amarillas, que le destellaba en mitad del pecho como un infame semáforo. La humareda de los tubos de escape hacía ondear su pelo lacio y escaso, destruyendo la paciente disposición de camuflaje que cada mañana construía, con esmero y mucho fijador, desde la oreja izquierda.

– Has perdido más pelo -dijo Gavira con mala fe, mirándole al pasar el destruido peluquín. Sabía que nada mortificaba más a su escolta y asistente que ese género de alusiones; pero el financiero atribuía al uso periódico de la espuela la virtud de mantener despiertos a los animales de su cuadra. Además, Gavira era un hombre duro, hecho a sí mismo, y su naturaleza incluía tales ejercicios de caridad cristiana.

A pesar del tráfico y la contaminación, se anunciaba un hermoso día. Gavira consideró brevemente el panorama, bien erguido en la acera, mientras disponía los puños de su camisa para que sobresalieran de las mangas de la chaqueta; lo justo para mostrar el reflejo del sol de mayo en los gemelos de veinticuatro quilates que lastraban las dobles vueltas de seda azul pálido, confeccionadas por el mejor camisero de Sevilla. Parecía un modelo de revista de moda para caballeros, a la espera del fotógrafo, cuando se tocó el nudo de la corbata y, con la misma mano, pasó la palma por la sien para rozarse el pelo negro y abundante, algo ondulado tras las orejas, peinado hacia atrás con reluciente brillantina. Pencho Gavira era moreno, apuesto, ambicioso, elegante, triunfador, tenía dinero y estaba a punto de conseguir mucho más. De esos siete adjetivos o situaciones, cuatro o cinco eran debidos íntegramente al propio esfuerzo, y ése era su orgullo, y también su esperanza. El fundamento de la mirada segura, satisfecha, que paseó en torno antes de caminar hacia la esquina de la calle Sierpes, con el cabizbajo Peregil pegado a sus talones como un esbirro contrito.

Don Octavio Machuca estaba sentado en su mesa habitual de la confitería La Campana, revisando los papeles que le pasaba Cánovas, su secretario. Iba para algunos años que el presidente del Banco Cartujano cambiaba las mañanas de su despacho en el Arenal, decorado con maderas nobles y cuadros, por una mesa y cuatro sillas en aquella terraza donde latía el corazón de la ciudad. Allí leía el ABC y miraba pasar la vida mientras atendía sus asuntos desde la hora del desayuno hasta el aperitivo, antes de irse a comer a su restaurante favorito. Casa Robles. Ahora casi nunca iba al banco antes de las cuatro de la tarde, y sus empleados y clientes no tenían más remedio que acudir a La Campana para despachar los asuntos de urgencia. Esto incluía al propio Gavira, que como vicepresidente y director general no podía eludir tan incómodo trance casi a diario.

Ésa era, sin lugar a dudas, la causa de que su mirada de triunfador se ensombreciera según iba acercándose a la mesa donde el hombre a quien debía su presente y su futuro estaba sentado ante un café con leche y medio mollete de Antequera con mantequilla. Una sombra que se acentuó de modo notable cuando Gavira tuvo el desafortunado gesto de mirar hacia su izquierda y advertir, al paso, la portada del Q+S exhibida de modo preferente entre las revistas y periódicos de un kiosco de prensa. Fue sólo un instante; y el financiero, que sentía en la nuca la mirada de Peregil, prosiguió camino como si nada hubiera visto. Pero la nube negra ganaba terreno y un ramalazo de cólera le estremeció el estómago, templado por una hora diaria de gimnasio y sauna. Aquella revista llevaba dos días sobre la mesa de su despacho del Arenal, y Gavira conocía, igual que si las hubiese realizado él mismo, todas y cada una de las imágenes de que constaba el reportaje de páginas interiores, y la portada: una foto, algo borrosa por el granulado del teleobjetivo, donde podía reconocer a su mujer, Macarena Bruner de Lebrija, heredera del ducado del Nuevo Extremo y descendiente de una de las tres familias de más abolengo de la aristocracia española -Alba y Medína-Sidonia eran las otras-, saliendo del hotel Alfonso XIII a las cuatro de la madrugada con el torero Curro Maestral.

– Llegas tarde -objetó el viejo.

No era cierto, y Pencho Gavira lo sabía sin necesidad de mirar el lujoso reloj que llevaba en la muñeca izquierda. Mantener la tensión con un discreto y continuo acoso era algo que había aprendido precisamente de don Octavio Machuca: colocaba a los subordinados en una saludable incertidumbre, evitando que se durmieran en los laureles. Peregil, con la raya en la oreja y los vicios más o menos ocultos, era su inmediato conejillo de Indias.

– No me gusta que la gente llegue tarde -insistió Machuca en voz alta, como contándoselo al camarero de chaleco rayado que aguardaba instrucciones junto a la mesa, bandeja de latón en mano, atento al menor de sus gestos. Por la mañana siempre le reservaban la misma mesa, junto a la puerta del local.

Gavira asintió levemente, asumiendo con calma el sentido de aquellas palabras. Después le pidió una cerveza al camarero, se desabrochó el botón de la americana y fue a sentarse en la silla de mimbre que el presidente del Banco Cartujano indicaba a su lado con un gesto. Tras un par de abyectas inclinaciones de cabeza, Peregil fue a ocupar un asiento en otra mesa más lejana donde Cánovas, el secretario, se había retirado a guardar papeles en una cartera de piel negra. El secretario era un tipo flaco, ratonil. padre de nueve hijos e individuo de moral intachable, que servía al banquero desde los tiempos en que éste pasaba tabaco rubio y perfumes de Gibraltar. Nadie recordaba haberlo visto sonreír nunca, quizá porque el sentido del humor de Cánovas yacía en el panteón de su abarrotado libro de familia. De todos modos el secretario le era antipático, y Gavira acariciaba secretos proyectos sobre su futuro: un despido fulminante cuando el viejo decidiera dejar vacío el despacho del Arenal que apenas pisaba.

Sin decir palabra, mirando como su jefe y protector en dirección al tráfico de gente y automóviles, Gavira esperó hasta que el camarero vino con su cerveza. Bebió un sorbo inclinado hacia adelante, procurando que la espuma no le gotease en la raya perfecta del pantalón, y después se secó los labios con un pañuelo antes de acomodarse de nuevo en el respaldo.

– Tenemos al alcalde -dijo por fin.

Octavio Machuca no movió un músculo de la cara. Miraba al frente, hacia el cartel de la Peña Botica (1935) que blanquiverdeaba el balcón del segundo piso al otro lado de la calle, junto al edificio neomudéjar del Banco de Poniente. Gavira observó las manos huesudas del viejo financiero, largas como garras y moteadas con manchas de vejez. Machuca era muy delgado y muy alto, con una gran nariz tras la que un par de ojos oscuros, siempre rodeados de profundas ojeras como de insomnio permanente, escudriñaban con expresión de ave rapaz acostumbrada a cazar bajo cualquier tipo de cielo, hasta saciarse. Los años no habían impreso en aquellos ojos tolerancia o piedad, sino cansancio. Buzo y contrabandista en su juventud, prestamista en Jerez, banquero en Sevilla antes de cumplir los cuarenta años, el fundador del Banco Cartujano estaba a punto de jubilarse; y su única aspiración conocida era desayunar por las mañanas en la esquina de Sierpes, frente a la Peña Botica y la sede bancaria de la competencia, que el Cartujano acababa de anexionarse tras labrar su ruina palmo a palmo.

– Ya era hora -dijo Machuca.

Seguía mirando al otro lado de la calle, y Gavira no supo si se refería al Banco de Poniente o al asunto del alcalde.

– Anoche cenamos juntos -comentó para confirmarlo, estudiando de reojo el perfil del viejo-, Y esta mañana mantuvimos una conversación telefónica larga y cordial.

– Tú y tu alcalde -murmuró Machuca igual que si se esforzara en situar un rostro vagamente conocido. Cualquier otro podía tomar aquello por un síntoma de senilidad; mas Pencho Gavira conocía a su presidente demasiado bien para incurrir en conclusiones fáciles.

– Sí -confirmó voluntarioso, alerta, atento a cualquier matiz: exactamente el tipo de actitud que le había ayudado a ser lo que era-. Accede a recalificar el terreno y a vendérnoslo acto seguido.

No había triunfo en su voz, siendo legítimo que lo hubiera. Era una regla no escrita en el mundo que ambos compartían.

– Habrá un escándalo -objetó el viejo banquero.

– Le da igual. Dentro de un mes expira su mandato, y sabe que no será reelegido.

– ¿Y la prensa?

– La prensa se compra, don Octavio -Gavira remedó el gesto de pasar páginas con las manos-. O se le dan mejores huesos a roer.

Vio que Machuca asentía, atando cabos. Precisamente Cánovas acababa de guardar en el portafolios un explosivo dossier obtenido por Gavira sobre irregularidades en los subsidios de paro de la Junta de Andalucía. El plan era hacerlo público de forma simultánea, a fin de que actuase como pantalla.

– Sin oposición del Ayuntamiento -añadió- y con la Consejería del Patrimonio Cultural en el bolsillo, sólo queda ocuparnos del aspecto eclesiástico del problema -hizo una pausa en espera de comentarios, pero el viejo permaneció en silencio-. En cuanto al arzobispo…

Dejó la frase en el aire, cauto, ofreciéndole al otro el próximo movimiento. Necesitaba indicios, complicidad, avisos a los navegantes.

– El arzobispo quiere su parte -habló Machuca, por fin-. A Dios lo que es de Dios, ya sabes.

Asintió Gavira con mucho cuidado:

– Naturalmente.

Ahora el viejo banquero se había vuelto a mirarlo.

– Pues dáselo, y santas pascuas.

No era tan fácil, y ambos lo sabían. El viejo cabrón.

– Estamos de acuerdo, don Octavio -puntualizó Gavira.

– Entonces no hay más que hablar.

Machuca movía la cucharilla en su taza de café con leche, volviendo a sumirse en la contemplación del cartel de la Peña Bética. En la otra mesa, ajenos a la conversación, el secretario y Peregil se miraban con hostilidad. Gavira eligió cuidadosamente el tono y las palabras:

– Con todo respeto, don Octavio, sí hay más que hablar. Tenemos entre manos el mejor golpe urbanístico que ha visto Sevilla desde la Exposición Universal de 1992: tres mil metros cuadrados en pleno barrio de Santa Cruz. Y. relacionado con eso, la compra de Puerto Targa por los saudíes. O sea: de ciento ochenta a doscientos millones de dólares. Pero me va usted a permitir que economice lo más posible -bebió un poco de cerveza para mantener el eco del verbo economizar-… No quiero pagar diez a cambio de algo que conseguiremos por cinco. Y el arzobispo se ha puesto a pedir la luna.