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El agua estaba muy fría; demasiado para la época del año. Los mapas de corrientes indicaban allí un suave flujo de nordeste a sudoeste, con diferencia de cinco a seis grados respecto a la temperatura mínima general. Sintió erizársele la piel con la desagradable sensación del agua penetrando bajo la chaquetilla de neopreno; tardaría un par de minutos en entibiarse con el calor del cuerpo. Respiró lenta y profundamente un par de veces, para comprobar la reductora; y con la cabeza medio fuera del agua vio casi encima la popa del “Carpanta” y al Piloto de pie en ella. Luego se sumergió un poco, mirando alrededor en el panorama azul que lo circundaba. Cerca de la superficie, con los rayos del sol aclarando el agua limpia y quieta, había buena visibilidad. Unos diez metros en horizontal, calculó. Podía ver la quilla negra del velero con la pala del timón girada a babor y la cadena del fondeo descendiendo vertical hacia las profundidades, las piernas de Tánger nadando cerca, a suaves impulsos de sus aletas de plástico naranja. Dejó de pensar en ella para concentrarse en lo que hacía. Miró abajo, donde el azul se volvía más oscuro e intenso, comprobó la posición de las manecillas del reloj y empezó a dejarse caer lentamente hacia el fondo. Ahora el ruido del aire al aspirarlo a través de la reductora era muy fuerte, ensordecedor; y cuando la aguja del profundímetro llegó a los cinco metros, se detuvo para llevarse los dedos a la nariz, bajo la máscara, y compensar el aumento de presión en sus oídos. Cluc. Cluc. Al hacerlo alzó el rostro, aliviado, y vio las burbujas ascendentes de su última espiración, la superficie del mar que el sol convertía en un techo de plata esmerilada, el casco negro del “Carpanta” allá arriba, y a Tánger que se había sumergido un poco y nadaba junto a él, mirándolo detrás de su máscara de buceo, el pelo rubio agitándose en el agua, las piernas esbeltas, prolongadas por las aletas, moviéndose despacio para mantener la profundidad cerca de Coy. Respiró de nuevo y otro penacho de burbujas ascendió hacia ella, que movió la mano a modo de saludo. Luego Coy miró hacia abajo y prosiguió el lento descenso a través de la esfera azul que se cerraba sobre su cabeza, oscureciéndose a medida que se aproximaba al fondo. El segundo alto para compensar lo hizo cuando el profundímetro marcaba catorce metros; y el agua era ya una esfera traslúcida que extinguía todos los colores excepto el verde. Estaba en ese punto intermedio donde a veces los buceadores, sin referencias, pierden la orientación y el sentido del arriba y abajo, y de pronto se ven contemplando unas burbujas que parecen descender en vez de subir; y sólo la lógica, si es que la conservan, recuerda que, en cualquier circunstancia, una burbuja de aire siempre va hacia arriba. Pero no llegó a ese extremo. La penumbra del fondo empezó a dibujar formas, y momentos después Coy se dejaba caer muy despacio sobre un lecho de arena pálida y fría, cerca de una espesa pradera de anémonas, posidonias y algas filamentosas entre las que nadaban pequeños bancos de peces. El profundímetro indicaba dieciocho metros. Coy miró en torno, a través de la semiclaridad que lo circundaba: la visión era buena, y la suave corriente que sentía limpiaba el agua; en un radio de cinco a siete metros podía distinguir bien el paisaje, las estrellas de mar, las conchas vacías, las grandes bivalvas en forma de pala clavadas verticales en la arena, las crestas de piedra con rudimentarias formaciones de coral que marcaban el límite de la pradera submarina. Pequeños microorganismos arrastrados por la corriente derivaban flotando a su alrededor. Sabía que si encendía una linterna, la luz devolvería sus colores naturales a todos aquellos objetos de monótona apariencia verde, aumentados de tamaño a través del vidrio inastillable de la máscara. Respiró varias veces pausadamente para adaptar sus pulmones a la presión y oxigenar la sangre, y se orientó consultando la brújula. Su plan era alejarse quince o veinte metros hacia el sur y luego describir un círculo alrededor del fondeo del “Carpanta”, que había quedado al norte y atrás. Empezó a nadar despacio, con las manos a los costados y suaves movimientos de las piernas y las aletas, manteniéndose a un metro del fondo. Observaba la arena con mucha atención, pendiente de cualquier indicio de algo enterrado debajo; aunque los cañones de bronce, había insistido Tánger, tenían que estar a la vista. Fue hasta el borde de la pradera y echó una ojeada entre las algas y los filamentos ondulantes. Si había algo en aquella espesura iba a ser difícil dar con ello, así que decidió seguir explorando la parte de arena desnuda; que pese a parecer llana, descendía en suave declive hacia el sudoeste, según comprobó con el profundímetro y la brújula. El ruido del aire lo acompañaba con una inspiración y una espiración aproximadamente cada cinco segundos, entre intervalos de absoluto silencio. Procuraba moverse despacio, reduciendo al mínimo el esfuerzo físico. A menos fatiga, rezaba la vieja regla del buceo, menos ritmo de respiración, menos consumo de aire y más reservas disponibles. Y aquello iba a ser largo. Con langostas o sin ellas, una aguja en un pajar.
Había unas manchas oscuras en la arena, y Coy se acercó a echarles un vistazo: cascajo y piedras semienterradas con pequeñas algas encima. Algo más lejos encontró el primer objeto relacionado con la vida en la superficie: una lata de conservas oxidada. Prosiguió sin prisa, moviendo la cabeza para mirar a un lado y a otro, y se detuvo cuando calculó que había alcanzado el extremo del radio de la circunferencia que tenía previsto describir sobre el fondo. Entonces se orientó de nuevo y empezó a nadar en arco hacia la derecha. Estaba a punto de pasar del lecho de arena a las rocas que marcaban el límite de la pradera de algas cuando distinguió una sombra algo más lejos, casi al final de su campo de visión. Fue hasta allí y comprobó, decepcionado, que se trataba de una piedra circular recubierta de formaciones calcáreas. Demasiado circular y demasiado perfecta, pensó de pronto. La movió un poco, levantando arena del fondo, y la piedra se reveló sorprendentemente ligera al rompérsele entre las manos, descubriendo dentro una materia verdegris semejante a madera podrida. Atónito, Coy tardó un poco en comprender que se trataba exactamente de eso: madera vieja y podrida. Tal vez la rueda de una cureña. Sintió latir más aprisa su corazón bajo el neopreno. La respiración ya no era tranquila, sino que había subido a tres bocanadas cada cinco segundos cuando escarbó sin encontrar nada más; y al hacerlo levantó tanta suciedad del fondo que tuvo que remontarse un poco para alcanzar agua limpia y seguir mirando alrededor. Entonces vio el primer cañón sobre la arena.
Nadó impulsándose despacio con las aletas, como si temiera que la gran pieza de bronce fuera a deshacerse ante sus ojos igual que la rueda de madera. Debía de tener dos metros de largo, y yacía sobre el fondo como si alguien acabara de depositarlo allí con mucho cuidado. Estaba casi todo al descubierto, con su pátina mohosa y algunas incrustaciones calcáreas; pero eran perfectamente visibles los adornos de las asas en forma de delfines, la bola del cascabel de la culata y los gruesos muñones. Debía de pesar casi una tonelada.
Algo más lejos podía distinguir la sombra oscura de otro cañón. Fue hacia él y comprobó que era idéntico, aunque en distinta posición: había debido de caer al fondo casi vertical, clavándose de boca y diagonalmente, y luego el peso lo fue hundiendo en la arena hasta por encima de los muñones. También había curiosas piedras rojizas, que al partirlas con el cuchillo mostraban vaciados interiores parecidos a moldes: la huella de objetos de hierro hechos desaparecer por la corrosión, pero que conservaban sus formas impresas en la formación calcárea que los cubrió con el paso del tiempo. Coy tuvo que reprimirse para no ascender hasta la superficie y anunciarlo a gritos: había dado con el “Chergui” o con lo que quedaba de él. Le bastaba agitar la mano para remover el fondo, y bajo éste aparecían fragmentos de madera y objetos mejor conservados gracias a la protección de la arena. Desenterró una botella de apariencia muy antigua, cuya base estaba intacta pero deformada y fundida por el calor. El jabeque corsario, concluyó, había estallado exactamente allí: veinte metros arriba, en la superficie, y sus restos quedaron esparcidos por ese lugar. Un poco más lejos, muy juntos, encontró otros dos cañones. También tenían el color verde del bronce sumergido durante dos siglos y medio, y salvo algunas incrustaciones y la mohosa pátina exterior, se hallaban razonablemente limpios. Ahora los restos eran abundantes: maderas que asomaban de la arena, objetos metálicos en diversos grados de corrosión, balas de cañón semienterradas, loza rota, aglomerados de tablazón y clavos de hierro. Coy dio incluso con una estructura de madera casi intacta, que al escarbar en la arena se reveló más grande y en mejor estado de lo que se apreciaba a simple vista. Parecía una mesa de guarnición, con grandes vigotas y fragmentos de cordaje que se deshizo al tocarlo. Y más cañones. Contó hasta nueve, repartidos en un área de unos treinta metros de diámetro.
Le sorprendía lo limpio que estaba todo; la ausencia de acumulación de sedimento sobre los restos, que en su mayor parte consistía en delgadas capas de arena. La suave corriente fría que iba en dirección sudoeste podía ser una explicación: mantenía despejado el sitio, encaminando el flujo hacia una depresión abierta algo más abajo, tras una pequeña cresta rocosa tapizada de anémonas. Coy fue hasta allí para comprobarlo, y vio que la depresión, en forma de zanja natural, drenaba los sedimentos desviándolos a una serie de escalones que iban hacia sondas más profundas. Un pulpo, sorprendido en su guarida por la presencia del intruso, se alejó por la arena, abiertas las patas en forma de nerviosa estrella, lanzando chorros de tinta para cubrirse la retirada. Coy consultó el reloj. El aire de la reductora se hacía más duro, así que miró arriba, hacia la claridad verde azulada que se difuminaba sobre su cabeza, traspasada por las burbujas que parecían de plata. Era hora de subir. Llevó la mano a la base de la botella para accionar la reserva, y el aire volvió a llegar a sus pulmones con normalidad.
Se disponía a ascender cuando vio un ancla. Estaba justo en el borde de una segunda cresta rocosa erosionada, al otro lado de la zanja de drenaje; y era grande, antigua, con grandes uñas de hierro muy oxidado y cubierto de incrustaciones calcáreas. Tanto el ancla como la cresta de piedras y anémonas tenían enganchados restos de viejas redes y nasas deshechas: con el tiempo, muchos pescadores habían perdido sus artes en ese lugar. Pero lo que le llamó la atención fue que el ancla era de las de cepo de madera, aunque éste hubiera desaparecido y sólo quedasen algunos trozos bajo el arganeo. Era un ancla como las que podían haber llevado el jabeque o el bergantín; y eso animó a Coy a cruzar la zanja, rodear la cresta y acercarse a ella, aprovechando los últimos minutos de su reserva de aire. Al otro lado de las rocas, la arena alternaba con un lecho de cascajo; el declive era más pronunciado y bajaba de los veintiséis a los veintiocho metros de sonda. Y allí, en la penumbra verde, desdibujándose en profundidad como una fantasmal sombra oscura, estaba el “Dei Gloria”.