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El “Carpanta” cabeceó un poco, acentuando su escora. Coy entreabrió los párpados en la oscuridad del camarote, arrebujado en aquel calor confortable que devolvía poco a poco la vida a su cuerpo entumecido, encajado por la inclinación entre la litera y el casco. Estaba allí, a salvo, y había logrado escapar a las fauces del mar, tan despiadado en sus caprichos como imprevisible en su clemencia. Estaba a bordo de un buen barco gobernado por manos amigas, y podía dormir cuanto quisiera sin preocuparse de nada porque otros ojos y otras manos velaban su sueño, guiándolo tras el fantasma del barco perdido que aguardaba en la tiniebla donde él había estado a punto de zambullirse para siempre. Las manos de mujer que lo tocaron al quitarle la ropa habían regresado más tarde, para desembozarlo un poco antes de posarse en su frente y tomar el pulso en sus muñecas. Y ahora, el recuerdo de aquel tacto, la palma de la mano inmóvil la primera vez sobre su cadera desnuda, hizo que tuviese una lenta, cálida erección, entre el abrigo de los muslos que recobraban la tibieza. Eso lo hizo sonreír para sí, quedo y soñoliento, casi con sorpresa. Era bueno estar vivo. Después se quedó de nuevo dormido, frunciendo el ceño porque el mundo ya no era ancho y el mar se encogía. Soñó que añoraba desesperadamente mares prohibidos y costas bárbaras, e islas donde nunca llegaban órdenes de captura, ni bolsas de plástico, ni latas vacías. Y vagó de noche por puertos sin barcos, entre mujeres acompañadas de otros hombres. Mujeres que lo miraban porque no eran felices, como si quisieran contagiarle su desgracia.
Lloró en silencio, con los ojos cerrados. Para consolarse apoyaba la cabeza en el costado de madera del barco, sintiendo el rumor del mar al otro lado de las tablas de tres centímetros de grosor que lo separaban de la Eternidad.