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Él rió de nuevo. La idea del tesoro, de puro absurda, lo había puesto de buen humor. Rejuvenecía treinta años: Jim Hawkins le hacía muecas desde un estante lleno de libros, en la Posada del Almirante Benbow.
– A veces creo saberlo -dijo, sincero-, y a veces no lo sé. En cualquier caso, no te quito la vista de encima… Con tesoro o sin él. Y espero que hayas pensado en reservar mi parte. Socia.
– No somos socios. Trabajas para mí.
– Ah, coño. Lo había olvidado.
Coy silbó unos compases de ”Body and Soul”. Todo estaba en regla. Ella orquestaba el canto delas sirenas, el doblón de oro español relucía clavado en el mástil ante los ojos del marino sin barco, y mientras tanto el Renault alquilado dejaba atrás Tarifa, su viento pere
– Además, tú vas demasiado rápido, Coy. Yo nunca hablé de tesoros.
Había permanecido callada al menos cinco minutos. Ahora estaba fuera del coche, a su lado, mirando el mar y la cercana costa de África.
– Cierto -concedió él-. Pero se te acaba el tiempo. Tendrás que contarme el resto de la historia cuando estemos allí.
Abajo, en el Estrecho, la estela blanca del petrolero trazaba una leve curva hacia la orilla europea. El oficial de guardia había creído prudente darle resguardo al mercante próximo. Diez grados a estribor, calculó a ojo Coy. Ningún oficial tocaba las máquinas sino lo autorizaba el capitán; pero corregir diez grados y luego volver a rumbo resultaba razonable.
– Todavía -dijo ella en voz baja- no estamos allí.
Las oficinas de Deadman’s Chest Ltd. se hallaban en el número 42-2 de Main Street, en la planta baja de un edificio de aspecto colonial, con paredes blancas y ventanas pintadas de azul. Coy miró la placa atornillada en la puerta, y tras una breve vacilación pulsó el timbre que había debajo. No las tenía todas consigo, pero Tánger se negaba a entrevistarse con Nino Palermo en su despacho. Así que él estaba encargado de la misión exploratoria, y de establecer, si los signos eran favorables, una cita posterior aquel mismo día. Tánger le había dado instrucciones precisas, tan detalladas como para una operación militar.
– ¿Y si me parten la cara? -había preguntado, acordándose de la rotonda del Palace.
– Palermo antepone los negocios a las cuestiones personales -fue la respuesta-. No creo que pretenda ajustar cuentas. No todavía.
Así que allí estaba él, mirándose la cara mal afeitada en la placa de latón, aspirando aire como si se dispusiera a una zambullida peligrosa.
– Me espera el señor Palermo.
El bereber parecía peor encarado a la luz del día, al otro lado de la puerta abierta, con aquellos ojos fúnebres que diseccionaban a Coy, reconociéndolo, antes de hacerse a un lado para franquearle el paso. El vestíbulo era pequeño, forrado de maderas nobles, con algunos toques navales. Contenía una rueda de timón enorme, una escafandra de buzo, la maqueta de una trirreme romana en urna de cristal. También una mesa de diseño moderno que tenía al otro lado a la secretaria que Coy recordaba de la subasta de Barcelona y de la rotonda del Palace. También había una butaca y una mesita baja con las revistas “Yachting” y “Bateaux”, y una silla en un rincón. En lasilla estaba sentado Horacio Kiskoros.
No era una parroquia como para sonreír con el buenos días; así que Coy ni sonrió ni dijo buenos días, ni hizo otra cosa que permanecer quieto en el vestíbulo, a la expectativa, mientras el bereber cerraba la puerta a su espalda. Los tres pares de ojos fijos en él no transmitían excesivo calor humano. El bereber se le acercó por detrás, estólido, sin gestos amenazadores, y de modo mecánico y eficiente se inclinó hasta sus tobillos, haciéndole un rápido cacheo.
– Nunca lleva armas -adelantó Kiskoros desde su silla, en tono casi amable.
Y ahora es cuando empiezan a sacudirme, pensó Coy, recordando en sus costillas la sólida eficacia del bereber. Ahora empiezan a darme las mías y las del pulpo, tunda, tunda, hasta ponerme a punto para la parrilla, y me van a sacar de aquí, si es que salgo, con los dientes en un cucurucho hecho con papel de periódico. LDLDLT: Ley de Donde Las Dan Las Toman. Seguro que hasta ésa de las bragas negras me la tiene jurada.
– Vaya -dijo una voz.
Nino Palermo estaba en la puerta que acababa de abrirse al otro lado. Pantalón marrón, camisa a rayas azules con las mangas vueltas y sin corbata. Mocasines caros.
– He de reconocer… -dijo, y observaba a Coy con sorpresa-. Por Dios. Tiene usted un par de huevos.
– ¿La esperaba a ella?
– Claro que la esperaba a ella.
La mirada bicolor del cazador de naufragios era adusta, con la fijeza de una serpiente. Coy observó que la nariz conservaba una leve hinchazón, con tenues cercos oscuros debajo de los ojos. Sintió a la espalda los pasos suaves del bereber y la ojeada que Palermo le dirigía sobre su hombro, y tensó involuntariamente los músculos. En la nuca, pensó. Ese cabrón me va a sacudir en la nuca.
– Pase -dijo Palermo.
Pasó, y su anfitrión cerró la puerta y fue a apoyarse en el borde de una mesa de caoba cubierta de libros, papeles y cartas náuticas llenas de anotaciones a lápiz que cubrió discretamente con el “Gibraltar Chronicle”. Había también, como pisapapeles, un lingote de plata antiguo, de un par de kilos. Coy se quedó de pie, mirando, por mirar algo que no fuese la cara de Palermo, el óleo colgado en la pared: una batalla naval entre un buque norteamericano y otro inglés. Dos fragatas cañoneándose con el aparejo destrozado. Tenía una placa en la parte inferior del marco. “Combate de la Java y la Constitución ”, leyó. El humo del cañoneo iba hacia el lado apropiado, acorde con las nubes, las olas y la orientación de las velas. Era un buen cuadro.
– ¿Por qué lo manda solo a usted?… Ella debería estar aquí.
El ojo verde y el ojo pardo lo observaban con más curiosidad que rencor. Coy no sabía a qué ojo dirigirse, así que terminó decidiéndose por el pardo. Le parecía menos inquietante.
– No se fía. Por eso he venido yo. Antes de verlo quiere saber qué pretende.
– ¿Está en Gibraltar?
– Está donde debe estar.
Palermo negó despacio con la cabeza. Había cogido una pequeña pelota de goma de encima dela mesa y la apretaba una y otra vez.
– Yo tampoco me fío de ella.
– Aquí nadie se fía de nadie.
– Usted es un… Por Dios -la mano izquierda, lastrada con los anillos y el enorme reloj de oro, tensaba a cada gesto los músculos del antebrazo-. Un idiota, eso es lo que es. Ella lo maneja como aun títere.
Coy seguía pendiente del ojo pardo.
– Métase en sus asuntos -dijo.
– Éste es mi asunto. Lo era, y sólo mío, hasta que esa zorra se entrometió. Mi buena voluntad…
– Deje de tocarme los cojones con su buena voluntad -Coy decidió pasar al ojo verde-. Vi lo que suena no le hizo al perro de ella.
Palermo dejó de abrir y cerrarla mano con la pelota y cambió de postura en el borde de la mesa. De pronto parecía incómodo.
– Le aseguro que yo, nunca… Por Dios. Horacio se extralimitó. Él está acostumbrado a modales… Allí, en Argentina… Bueno -se quedó mirando la pelota, como si de pronto le desagradara, y la dejó otra vez sobre la mesa, junto a un abrecartas de marfil cuyo mango era una mujer desnuda-. Creo que se le fue un poco la mano… Después hubo lo de Malvinas. Horacio salió en la portada de la revista “Time” con los ingleses prisioneros. Está muy orgulloso de esa portada, y siempre lleva encima una copia en color… Cuando la democracia, tuvo que… Imagine. Demasiada gente lo había reconocido, gracias a la dichosa foto, como el que les ponía electrodos en los genitales.
Se calló y después hizo un leve encogimiento de hombros, dando a entender que en aquella época Kiskoros no era asunto suyo. Coy asintió. El otro no le había ofrecido asiento, y seguía en pie.
– Y usted le dio trabajo.
– Era buen buzo -admitió Palermo-. Y ahí donde lo ve, tan pequeñito, un tío muy eficaz para cierta clase de… Bueno -volvió a cambiar de postura en el borde de la mesa, y tintinearon las cadenas de oro y las medallas-. Qué le voy a contar que usted no sepa. Además, siempre preferí contratara asalariados eficientes antes que a voluntarios entusiastas… Un mercenario al que pagas bien no te deja en la estacada.
– Depende de quién pague más.
– Yo pago más.
Hizo una pausa para contemplarse la moneda de oro que llevaba en el anillo de la mano derecha. Después la frotó con gesto maquinal contra la camisa.
– Horacio es un completo hijo de puta -prosiguió-. Un ex militar argentino de padre griego y madre italiana, que habla español y que se cree inglés… Pero es un hijo de puta muy correcto. Y a mí me gusta la gente correcta. Hasta tiene a su anciana madre en Río gallegos, y le manda dinero cada mes, a la viejita. Como en los tangos, ¿verdad?… Qué cosas.
Alzó unos milímetros la mano, como si fuera a tocarse la cara, pero detuvo el gesto apenas iniciado.
– Y en cuanto a usted…
Ahora el ojo pardo encerraba rencor, y el verde amenaza. Pero aquello duró sólo un instante.
– Escuche -prosiguió-. Todo esto se ha desbordado de un modo absurdo. Estamos llegando demasiado lejos, ¿vale?… Todos. Ella. Yo mismo, tal vez. Hasta Horacio mata perros, que ya es… Por Dios. El colmo. Y usted, desde luego. Usted…
El buscador de naufragios se quedó de nuevo en suspenso, intentando dar con un término que definiese el papel de Coy en aquel embrollo.
– Mire -había cogido una llave y abierto un cajón, sacando de él una moneda reluciente de plata que arrojó sobre la mesa-. ¿Sabe qué es eso?… Lo que en mi oficio llamamos un columnario: ocho reales de plata acuñados en Potosí en 1739 por orden del rey Felipe V… Tiene delante… Fíjese. Es una de las famosas ‘piezas de a ocho’ protagonistas de todas las historias de piratas y tesoros…
Sacó otra diferente, más grande, arrojándola junto a la anterior. Esta vez se trataba de una medalla conmemorativa: tres figuras, una de ellas arrodillada, con la inscripción: “The pride of Spain humbled by A. Vernon”. El orgullo de España humillado, tradujo Coy, tomándola entre los dedos. En el anverso, varios navíos y otra inscripción: “They took Carthagena April 1741”. Tomaron Cartagena-de Indias, -supuso Coy- en abril, etcétera. Puso la medalla en la mesa, junto a la pieza de a ocho.