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Con la última palabra hizo ademán de volver al sofá; pero sólo fue eso, un ademán, porque Coy ya había hecho sus cálculos con rapidez y sabía que el otro era más alto, y no era débil ni estaba solo, y que a un hombre es mejor pegarle cuando todavía está hablando porque sus reflejos son menores. Así que se balanceó de nuevo sobre la punta de los pies, se zampó mentalmente un bote de espinacas, compuso una sonrisa rápida para confiar a Palermo, y en el mismo impulso le asestó un rápido rodillazo en los testículos, tan brutal que un segundo después, cuando el otro se inclinaba sobre el estómago con el rostro congestionado y sin aliento, pudo alcanzarlo sin demasiado esfuerzo con el segundo golpe, un cabezazo en la nariz que crujió bajo su frente como si alguien hubiera roto un mueble. Había aprendido aquello con precisión coreográfica durante una refriega en el barrio marino de Hamburgo: el tercer movimiento, en el improbable caso de que el adversario coleara, consistía en darle otro rodillazo en la cara; y de postre, las suyas y las del maquinista. Pero comprobó que no era necesario: Palermo había caído de rodillas, blanco y desmadejado como un saco de patatas, la cara apoyada en un muslo de Coy, manchándole los tejanos con la sangre escandalosamente roja que chorreaba de su nariz.

Después todo se enredó de manera endiablada en cinco segundos. La secretaria se puso a gritar echándose hacia atrás en el sofá, y perdió la compostura pataleando hasta enseñar las bragas, que eran negras. Los dos extranjeros, estupefactos al principio, se levantaron a socorrer al caído. Por su parte, Coy vio por el rabillo del ojo cómo todos los camareros de la sala y algunos clientes se le echaban encima, antes de hallarse zarandeado, sujeto por varias manos vigorosas que lo levantaban en vilo, arrastrándolo hacia la puerta como si lo fueran a linchar ante la mirada indignada o atónita de empleados y clientes. Las puertas de cristal se abrieron, alguien gritó algo sobre llamar a la policía, y en ese momento Coy vio sucesivamente la fachada iluminada del edificio de las Cortes, las luces verdes de los taxis estacionados en la puerta, y también al enano melancólico que lo observaba con cara de sorpresa desde el semáforo más cercano. No pudo ver más porque le tenían sujeta la cabeza, pero aún vislumbró la cara endurecida del chófer bereber -todo el mundo parecía estar en el Palace aquella noche-, antes de sentir un furioso tirón en el pelo que le echó la cabeza atrás, y luego uno, dos, tres, cuatro profesionales puñetazos en el plexo solar que le cortaron la respiración en seco. Entonces cayó al suelo, con los pulmones vacíos y boqueando como un pez fuera del agua. Laa: Ley del Aire Ausente, o nunca estás cuando te necesito. Desde allí oyó una sirena de policía y se dijo: la has hecho buena, marinero. De ésta te caen seis años y un día, y la niña tendrá que bucear sola. Después, tras varios intentos infructuosos, pudo respirar un poco mejor, aunque el aire, que por fin hizo acto de presencia, le dolía al entrar y al salir de los pulmones. Las costillas bajas parecían moverse por cuenta propia, y pensó que tendría alguna rota. Perra vida. Seguía en el suelo, boca abajo, y alguien le puso unas esposas que hicieron clic-clic en sus muñecas, a la espalda. Lo consolaba el pensamiento de que Nino Palermo iba a acordarse de Tánger Soto, de él y del pobre “Zas” cada vez que se mirara al espejo durante los próximos días. Luego lo levantaron de pronto, y una luz azul centelleante le dio en la cara. Echaba en falta al Gallego Neira, al Torpedero Tucumán y al resto de la Tripulación Sanders. Pero eran otros tiempos, y otros puertos.