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En aquellas aguas, el corsario gozaba de una triple ventaja. Por una parte tenía más andar que el bergantín, al que las averías sufridas en la arboladura y en la jarcia limitaban la velocidad. También navegaba con el viento a favor, forzando el barlovento de su presa para interponerse entre ella y la costa. Pero lo más decisivo era que se trataba de un barco de guerra de porte superior al “Dei Gloria”, con una numerosa tripulación de combate y al menos doce cañones frente a los diez del bergantín, éstos de menor calibre y servidos por marineros mercantes. Aun así, la desigual caza se prolongó durante el resto del día y la noche. Según todos los indicios, al no poder ganar el resguardo de Águilas por cortarle esa derrota el “Chergui”, el capitán del “Dei Gloria” intentó alcanzar Mazarrón o Cartagena, buscando la protección de la artillería de sus fuertes, o la fortuna de un barco de guerra español que lo socorriese. Pero lo cierto es que al amanecer el bergantín había perdido un mastelero, tenía al corsario encima, y no le quedaba otra opción que arriar bandera o entablar combate.
El capitán Elezcano era un marino duro. En vez de rendirse, el “Dei Gloria” abrió fuego en cuanto el corsario se puso a tiro. El duelo artillero tuvo lugar pocas millas al sudoeste del cabo Tiñoso: fue breve y violento, casi penol a penol, y la tripulación del bergantín, pese a no ser gente de guerra, se batió muy resuelta. Algún disparo afortunado hizo que a bordo del “Chergui” se declarase un incendio; pero el “Dei Gloria” había perdido el palo trinquete, y el corsario buscó el abordaje. Sus cañones causaron grandes daños en el bergantín, que con muchos muertos y heridos hacía agua sin remedio. En ese momento, por uno de los azares que se dan en el mar, el incendio hizo que el “Chergui”, casi abarloado a su presa y con los hombres listos para saltar desde la borda, volara de proa a popa. La explosión mató a todos sus tripulantes y derribó el otro palo del bergantín, acelerando su hundimiento. Y aún humeantes sobre el mar los restos del corsario, el “Dei Gloria” se fue al fondo como una piedra.
– Como una piedra -repitió Tánger.
Había contado la historia de forma precisa, sin inflexiones ni adornos. Su tono, pensó Coy, era tan neutro como el de un informativo de la tele. No pasaba por alto el hecho de que ella hubiera seguido sin vacilar el hilo de la narración, relatando los detalles sin una sola duda, ni siquiera al mencionar fechas. Incluso la descripción de la persecución del “Dei Gloria” era técnicamente correcta. Así que estaba claro: por el motivo que fuese, tenía esa lección bien aprendida.
– No hubo supervivientes del corsario -prosiguió. En cuanto al “Dei Gloria”, el agua estaba fría y la costa lejos. Sólo un pilotín de quince años pudo nadar hasta un esquife echado al agua antes del combate… Quedó a la deriva, empujado al sudeste por el viento y las corrientes, y fue rescatado un día más tarde, cinco o seis millas al sur de Cartagena.
Tánger hizo una pausa para buscar una cajetilla de Players como la de Barcelona. Coy vio que deshacía minuciosamente el envoltorio y se ponía un cigarrillo en la boca. Le ofreció el tabaco y él negó con un gesto.
– Conducido a Cartagena -ella se inclinaba para encender su cigarrillo con una cajita de fósforos, protegiendo la llama en el hueco de las manos-, el superviviente contó lo ocurrido a las autoridades de marina. Pero no fue mucho más lo que pudo averiguarse: estaba afectado por el combate y el naufragio; y al día siguiente, cuando iba a ser interrogado de nuevo, el chico desapareció… De cualquier modo, había dado claves importantes para esclarecer lo sucedido. Precisó además el lugar del hundimiento, pues el capitán del “Dei Gloria” había ordenado situarse con las primeras luces, y el mismo muchacho fue encargado de anotar la posición en el libro de bitácora. Incluso llevaba en el bolsillo de la casaca, y pudo mostrarlo, el papel donde había tomado a lápiz los datos de latitud y longitud… También dijo que las cartas usadas a bordo, sobre las que el piloto del barco había efectuado los cálculos desde que estuvieron a la vista de la costa española, eran las de Urrutia.
Se detuvo de nuevo mientras expulsaba el humo, una mano aguantando el codo del otro brazo, erguido para sostener entre los dedos el cigarrillo. Lo hizo como si pretendiera dar tiempo a Coy para calcular el alcance de aquella última referencia, hecha en tono tan desapasionado como el resto. Y él se tocó la nariz, sin decir nada. Así que era eso, pensaba, lo que había detrás de aquella historia:
un barco hundido y un mapa. Luego movió la cabeza y estuvo a punto de echarse a reír en voz alta, no por incredulidad -esos cuentos podían tener dentro tanta verdad como quimera, sin que la una excluyese la otra-, sino de puro y simple placer. La sensación era casi física:
un mar, un misterio. Una mujer hermosa contándolo como si nada, y él allí sentado, escuchando. Lo de menos era que la historia del “Dei Gloria” fuera o no lo que ella creyese que era. Para Coy se trataba de otra cosa: un sentimiento que lo enternecía por dentro, igual que si de pronto aquella mujer extraña hubiese alzado un extremo del velo; un hueco por el que asomaba algo de la materia singular con que se tejen ciertos sueños. Eso tal vez tenía mucho que ver con ella y con sus intenciones, que desconocía; pero sobre todo tenía mucho que ver con él. Con lo que hace que ciertos hombres pongan un pie ante otro y recorran los caminos que llevan al mar, y allí deambulen por los puertos mientras sueñan con ponerse a salvo tras el horizonte. Por eso Coy sonrió sin decir nada, y vio que ella entornaba un poco más los ojos, como si la molestara el humo de su propio cigarrillo; pero supo que lo que la desconcertaba era justamente aquella sonrisa. Él no era un intelectual, ni un seductor, y carecía de las palabras adecuadas. También era consciente de su físico tosco, sus manos rudas y sus maneras. Pero se habría levantado en ese momento, yendo hasta ella para tocarle el rostro, para besarle los ojos, la boca, las manos, de no suponer que el gesto sería pésimamente interpretado. Para tumbarla sobre la alfombra, acercar los labios a su oído y darle las gracias en voz baja por haberlo hecho sonreír como cuando era pequeño. Por ser una mujer hermosa y fascinarlo de aquel modo. Por recordarle que siempre existía un barco hundido, una isla, un refugio, una aventura, un lugar en alguna parte al otro lado del mar, en la línea difusa que mezcla los sueños con el horizonte.
– Esta mañana -dijo ella- comentaste que conocías bien esa costa… ¿Es cierto?
Lo miraba interrogante, inmóvil, todavía una mano sosteniendo un codo y el cigarrillo entre dos dedos, en alto. Quisiera saber, pensó él, cómo se recorta ese pelo para que le quede tan asimétrico y tan perfecto a la vez. Quisiera saber cómo diablos lo hace.
– ¿Es ésa la primera de las tres preguntas?
– Sí.
Alzó un poco los hombros.
– Claro que es cierto. Cuando era niño me bañaba en sus calas, y después navegué ese litoral cientos de veces, barajándolo muy de cerca y también mar adentro.
– ¿Sabrías determinar una posición con cartas antiguas?
Práctica. Ésa era la palabra. Aquélla era una mujer práctica:
sota, caballo y rey. Cualquiera diría, consideró divertido, que estaba a punto de ofrecerle un empleo.
– Si te refieres al Urrutia, cada posible imprecisión de un minuto en latitud o en longitud supone el error de una milla… -alzó una mano moviéndola ante sí, como si tomara referencias en una carta imaginaria-. En el mar siempre es algo muy relativo, pero puedo intentarlo.
Se quedó meditando sobre eso. Las cosas empezaban a situarse, al menos algunas de ellas. “Zas” volvió a darle un lametón cuando alargó la mano hacia el vaso que tenía sobre la mesita.
– A fin de cuentas -bebió un sorbo- es mi profesión.
Ella había cruzado las piernas y balanceaba uno de sus pies descalzos, cubiertos por las medias negras. Inclinaba un poco la cabeza a un lado, mirándolo; y a tales alturas Coy sabía que ese gesto indicaba reflexión, o cálculo.
– ¿Trabajarías para nosotros? -seguía observándolo intensamente entre el humo del cigarrillo-. Quiero decir pagándote, por supuesto.
Él llevaba cuatro segundos con la boca abierta.
– ¿Te refieres al museo y a ti?
– Eso es.
Dejó el vaso, cerró la boca, contempló los ojos leales de “Zas” y luego paseó la vista por la habitación. Abajo, en la calle, al otro lado de una gasolinera Repsol y de la estación de Atocha, se distinguía, iluminado a trechos, el complejo trazado de numerosas vías de tren.
– Pareces indeciso -murmuró ella, antes de sonreír despectiva-… Lástima.
Se inclinaba para dejar caer la ceniza en un cenicero, y el movimiento le tensó el suéter, moldeándole la figura. Dios del cielo, pensó Coy. Casi duele mirarla. Me pregunto si también tendrá pecas en las tetas.
– No es eso -dijo-. Lo que estoy es atónito -torció la boca-. No creo que ese capitán de fragata, tu jefe…
– Es asunto mío -lo interrumpió ella-. Puedo elegir colaboradores.
– No creo que la Armada ande falta de eso. Gente competente que no encalla sus barcos.
Lo observó largamente, y él se dijo: hasta aquí has llegado, compañero. Ponte en pie y abróchate la chaqueta, porque la dama va a largarte de patitas a la calle. Cosa que te mereces, por gracioso y por bocazas. Por subnormal y por imbécil.
– Escucha, Coy -era la primera vez que pronunciaba su nombre mirándolo a los ojos, y él comprobó que le gustaba oírlo de ese modo en aquella boca-. Yo tengo un problema. He investigado, controlo la teoría, poseo los datos… Pero carezco de lo necesario para resolverlo. El mar es algo que conozco por los libros, el cine, la playa… Por mi trabajo. Sin embargo existen páginas, ideas, que pueden ser tan intensas como haber vivido un temporal en alta mar o hallarse con Nelson en Abukir o Trafalgar… Por eso necesito a alguien más conmigo… Alguien que me sirva de apoyo práctico. De enlace con la realidad.
– Eso puedo entenderlo muy bien. Pero te sería fácil pedir a la Armada todo lo necesario.
– Y es lo que he hecho: pedirte a ti. Eres civil y estás solo -lo estudiaba, valorativa, entre las espirales de humo del cigarrillo-. Para mí tienes muchas ventajas. Si te contrato, te controlo… Estoy al mando. ¿Comprendes?
– Comprendo.
– Con militares eso resultaría imposible.
Coy asintió. Aquello era obvio. Ella no tenía galones en la bocamanga, sino la regla cada veintiocho días. Porque seguro que, además, era de ésas. Ni un día más ni un día menos. Sólo había que verla: una rubia de piñón fijo. Para ella, dos y dos siempre sumaban cuatro.
– Aun así -dijo-, imagino que deberás rendirles cuentas.
– Claro. Pero mientras tanto dispongo de autonomía, de un plazo de tres meses y de algún dinero para gastar… No es mucho, pero es suficiente.