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Se volvió hacia él con brusquedad, abriendo la boca como para decir algo desagradable. Sus iris relucían, agresivos. Aquello duró un momento, y en ese espacio de tiempo Coy se despidió mentalmente de su piel moteada y de todo el singular ensueño que lo había llevado hasta ella. Tal vez debí comprar lo de esa Justine, se dijo tristemente. Pero al menos lo intentaste, marinero. Lástima de sextante. Luego se dispuso a sonreír. Sonreiré en cualquier caso diga lo que diga, hasta cuando me mande al infierno. Al menos, que lo último que recuerde de mí sea eso. Ojalá pudiera sonreír como su jefe, ese capitán de fragata al que le relucen los botones. Ojalá no me salga una mueca muy crispada.
– Por el amor de Dios -dijo entonces ella-. Ni siquiera eres un hombre guapo.