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Podrían protegerme un poquito más acá, piensa. Porque me quedan veinte metros, y son los más largos de mi vida. Segura de que no llegará a franquearlos nunca, se yergue entre la lluvia y se despide uno por uno de los viejos fantasmas que la han acompañado durante tanto tiempo. Ahí nos vemos, güeyes. Requetepinche Sinaloa, se dice a modo de remate. Otra ráfaga a la derecha y otra a la izquierda. Después aprieta los dientes y echa a correr, tropezando en el barro. Cansada que se cae, o casi, pero esta vez nadie dispara. Así que se detiene de pronto, sorprendida, gira sobre sí misma y ve el jardín oscuro y al fondo la casa en sombras. La lluvia acribilla el barro ante sus pies cuando camina despacio en dirección a la verja, el cuerno de chivo en una mano, hacia la gente que mira desde allí, guachos de ponchos relucientes por la lluvia, federales de paisano y uniforme, coches con destellos de luces, cámaras de televisión, gente tumbada en las aceras, bajo la lluvia. Flashes.
–«Tire el arma, señora.».
Mira los focos que la ciegan, aturdida, sin comprender lo que le dicen. Al fin levanta un poco el Aká, mirándolo como si hubiera olvidado que lo llevaba en la mano. Pesa mucho. Un chingo. Así que lo deja caer al suelo y echa a andar de nuevo. Híjole, se dice mientras cruza la verja. Estoy cansada a reventar. Confío en que algún hijo de su pinche madre tenga un cigarrillo.