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–Híjole... ¿Y a qué debo tanta generosidad? –Nunca acepta pagos en droga. Sólo dinero. Es una operadora de transporte, no propietaria, ni distribuidora. La mas importante de Europa en este momento, sin duda. Pero nada más... Eso nos deja un margen de maniobra razonable, de cara a la opinión pública...
–¿Opinión pública?... ¿De qué chingados me habla? El diplomático tardó en responder. Teresa podía oír respirar a Rangel; el hombre de la DEA se removía en el asiento, inquieto, entrelazando los dedos.
–Se le ofrece la posibilidad de regresar a México, si lo desea –prosiguió Tapia–, o de establecerse discretamente donde guste... Incluso las autoridades españolas han sido sondeadas al respecto: existe el compromiso por parte del ministerio de justicia de paralizar todos los procedimientos e investigaciones en curso... Que según mis noticias, se encuentran en una fase muy avanzada y pueden poner, a medio plazo, la cosas bastante difíciles para la, ejem, Reina del Sur... Como dicen en España, borrón y cuenta nueva.
–No sabía que los gringos tuviesen la mano tan larga.
–Según para qué.
Entonces Teresa se echó a reír. Me están pidiendo, dijo todavía incrédula, que les cuente todo lo que suponen que sé sobre Epifanio Vargas. Que haga de madrina, a mis años. Y sinaloense.
–No sólo que nos lo cuente –intervino Rangel–. Sino que lo cuente allí.
–¿Dónde es allí?
Ante la comisión de justicia de la Procuraduría General de la República.
–¿Pretenden que vaya a declarar a México? –Como testigo protegido. Inmunidad absoluta. Tendría lugar en el Distrito Federal, bajo todo tipo de garantías personales y jurídicas. Con el agradecimiento de la nación, y del Gobierno de los Estados Unidos. Teresa se puso en pie de pronto. Puro reflejo y sin pensarlo siquiera. Esta vez se levantaron los dos al mismo tiempo: desconcertado Rangel, incómodo Tapia. Ya te lo decía yo, expresaba el gesto de éste al cambiar la última mirada con el de la DEA. Teresa fue hasta la puerta y la abrió de golpe. Pote Gálvez estaba afuera, en el pasillo, los brazos ligeramente separados, falsamente apacible en su gordura. Si hace falta, le dijo ella con los ojos, échalos a patadas.
–Ustedes –casi lo escupió– se han vuelto locos.
Y allí estaba ahora, sentada en la antigua mesa del bar gibraltareño, reflexionando sobre todo eso. Con una vida minúscula que le apuntaba en las entrañas sin que supiera todavía qué iba a hacer con ella. Con el eco de la conversación reciente en la cabeza. Dándole vueltas a las sensaciones. A las palabras últimas y a los recuerdos viejos. Al dolor y a la gratitud. A la imagen del Güero Dávila –inmóvil y callado como ella lo estaba ahora, en aquella cantina de Culiacán– y al recuerdo del otro hombre sentado junto a ella en plena noche, en la capilla del santo Malverde. A tu Güero le gustaban los albures, Teresita. ¿La neta que no leíste nada? Entonces vete, y procura enterrarte tan hondo que no te encuentren. Don Epifanio Vargas. Su padrino. El hombre que pudo matarla, y tuvo compasión y no lo hizo. Que después se arrepintió, y ya no pudo.