Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 61 из 88

Había dejado la copa vacía en una mesa y se alejaba, camino del bar: tacón alto, espalda escotada hasta la cintura, en contraste con el vestido negro que llevaba Teresa, con el único adorno de unos pendientes –pequeñas perlas sencillas– y el semanario de plata. De camino, Pati rozó deliberadamente la espalda de una joven que charlaba en un grupo y la otra se volvió a medias, mirándola. Esa chochito, había dicho antes Pati, moviendo la cabeza que seguía llevando casi rapada, al ponerle la vista encima. Y Teresa, acostumbrada al tono provocador de su amiga –a menudo Pati se extralimitaba a propósito cuando ella estaba presente–, encogió los hombros. Demasiado chava para ti, Teniente, dijo. Chava o no, respondió la otra, en El Puerto no se me habría escapado ni dando brincos. Y lo mismo, añadió tras mirarla pensativa un instante, me equivoqué de Edmundo Dantés. Sonreía excesivamente al decirlo. Y ahora Teresa la observaba alejarse, preocupada: Pati empezaba a tambalearse un poco, aunque tal vez aguantara un par de tragos más antes de la primera visita a los servicios para empolvarse la nariz. Pero no era problema de copas ni de pericazos. Pinche Pati. Las cosas iban cada vez peor, y no sólo aquella noche. En cuanto a la propia Teresa, era suficiente y podía ir pensando en marcharse.

–Buenas noches.

Había visto a Nino Juárez dando vueltas cerca, estudiándola. Menudo, con su barbita güera. Ropa costosa, imposible de pagar con un sueldo oficial. Se cruzaban alguna vez de lejos. Era Teo Aljarafe quien resolvía ese asunto. –Soy Nino Juárez.

–Sé quién es.

Desde el otro lado del salón, Teo, que estaba en todo, le dirigió a Teresa una mirada de advertencia. Aunque nuestro, previo pago de su importe, ese individuo es terreno minado, decían sus ojos. Y además hay gente que mira.

–No sabía que frecuentara estas reuniones –dijo el policía.

–Tampoco yo sabía que las frecuentara usted.

Eso no era cierto. Teresa estaba al corriente de que al comisario jefe del DOCS le gustaban la vida marbellí, el trato con los famosos, salir en televisión anunciando la realización de tal o cual brillante servicio a la sociedad. También le gustaba el dinero. Tomás Pestaña y él eran amigos y se apoyaban mutuamente.

–Forma parte de mi trabajo Juárez hizo una pausa y sonrió–... Lo mismo que del suyo.

No me gusta, decidió Teresa. Hay gente a la que puedo comprar si es necesario. Algunos me gustan y otros no. Éste no. Aunque tal vez lo que no me gusta son los policías que se venden. O los que se venden, sean o no policías. Comprar no significa llevártelo a casa.

–Hay un problema –comentó el tipo.

El tono era casi íntimo. Miraba alrededor como ella, el gesto amable.

–Los problemas –respondió Teresa– no son cosa mía. Tengo quien se encarga de resolverlos.

–Pues éste no se resuelve fácil. Y prefiero contárselo directamente a usted.

Luego lo hizo, en el mismo tono y en pocas palabras. Se trataba de una nueva investigación, impulsada por un juez de la Audiencia Nacional en extremo celoso de su trabajo: un tal Martínez Pardo. Esta vez, el juez había decidido dejar a un lado al DOCS y apoyarse en la Guardia Civil. Juárez quedaba al margen y no podía intervenir. Sólo quería dejarlo claro antes de que las cosas siguieran su curso.

–¿Quién en la Guardia Civil?

–Hay un grupo bastante bueno. Delta Cuatro. Lo dirige un capitán que se llama Víctor Castro.

–He oído hablar de él.

–Pues llevan tiempo preparando en secreto el asunto. El juez ha venido un par de veces. Por lo visto le siguen la pista a la última partida de semirrígidas que anda por ahí. Quieren intervenir unas cuantas y establecer la conexión hacia arriba.

–¿Es grave?

–Depende de lo que encuentren. Usted sabrá lo que tiene a la vista.

–¿Y el DOCS?... ¿Qué piensa hacer?

–Nada. Mirar. Ya he dicho que a mi gente la dejan al margen. Con lo que acabo de contarle, cumplo. Pati estaba de regreso con una copa en la mano. Caminaba otra vez firme; y Teresa supuso que había pasado por los servicios a regalarse algo. Vaya, dijo al reunirse con ellos. Mira a quién tenemos aquí. La ley y el orden. Y qué Rolex tan grande lleva esta noche, supercomisario. ¿Es nuevo? Juárez ensombreció el gesto, mirando unos segundos a Teresa. Ya sabe lo que hay, dijo sin palabras. Y su socia no va a ser de ayuda si empiezan a llover hostias.

–Discúlpenme. Buenas noches.

Juárez se alejó entre los invitados. Patricia se reía bajito, viéndolo irse.

–¿Qué te contaba ese hijo de puta?... ¿No llega a fin de mes?

–Es imprudente provocar así –Teresa bajaba la voz, incómoda. No quería irritarse, y menos allí–. Sobre todo a los policías.

–¿No le pagamos?... Pues que se joda.

Se llevaba el vaso a los labios, casi con violencia. Teresa no podía saber si el rencor de sus palabras se debía a Nino Juárez o a ella.

–Oye, Teniente. No te me apendejes. Estás tomando demasiado. Y de lo otro también.

–¿Y qué?... Es una fiesta, y esta noche tengo ganas de marcha.

–No mames. Quién habla de esta noche. –Vale, nodriza.

Teresa ya no dijo nada. Miró a su amiga a los ojos, con mucha fijeza, y ésta apartó la vista.

A fin de cuentas –refunfuñó Pati al cabo de un momento– el cincuenta por ciento del soborno a ese gusano lo pago yo.

Teresa seguía sin responder. Reflexionaba. Sintió de lejos la mirada inquisitiva de Teo Aljarafe. Aquello no terminaba nunca. Apenas tapabas un agujero, aparecía otro. Y no todos se arreglaban con sentido común o con dinero.

–¿Cómo está la reina de Marbella?

Tomás Pestaña acababa de aparecer junto a ellas: simpático, populista, vulgar. Con aquella chaqueta blanca que le daba el aspecto de un camarero bajo y rechoncho. Teresa y él se trataban con frecuencia: sociedad de intereses mutuos. Al alcalde le gustaba vivir peligrosamente, siempre que hubiese dinero o influencia de por medio; había fundado un partido político local, navegaba en las turbias aguas de los negocios inmobiliarios, y la leyenda que empezaba a tejerse alrededor de la Mejicana reforzaba su sensación de poder y su vanidad. También reforzaba sus cuentas corrientes. Pestaña había hecho su primera fortuna como hombre de confianza de un importante constructor andaluz, comprando terrenos para la empresa a través de los contactos de su jefe y con dinero de éste. Después, cuando un tercio de la Costa del Sol fue suyo, visitó al jefe para decirle que se despedía. ¿De veras? De veras. Oye, pues lo siento. Cómo podré agradecer tus servicios. Ya lo hiciste, fue la respuesta de Pestaña. Lo puse todo a mi nombre. Más tarde, cuando salió del hospital donde le trataron el infarto, el ex jefe de Pestaña anduvo meses buscándolo con una pistola en el bolsillo.

–Gente interesante, ¿verdad?

Pestaña, a quien no se le escapaba nada, la había visto charlar con Nino Juárez. Pero no hizo comentarios. Cambiaron cumplidos: todo bien, alcalde, muchas felicidades. Estupenda reunión. Teresa preguntó la hora y el otro se la dijo. Quedamos a comer el martes, claro. Donde siempre. Ahora tenemos que irnos. Cada chango a su mecate.

–Tendrás que irte tú sola, cariño –protestó Pati–. Yo estoy de maravilla.

Con los gallegos las cosas resultaron más complicadas que con los franceses. Aquello requería encaje de bolillos, porque las mafias del noroeste español tenían sus propios contactos en Colombia, y a veces trabajaban con la misma gente que Teresa. Además eran duros de veras, poseían larga experiencia y estaban en su terreno, después de que los viejos amos do fume, los dueños de las redes contrabandistas de tabaco, se hubieran reciclado al tráfico de droga hasta convertirse en indiscutibles amos da fariña. Las rías gallegas eran su feudo; pero extendían su territorio más al sur, en dirección al norte de África y la embocadura del Mediterráneo. Mientras Transer Naga se ocupó sólo de transportar hachís en el litoral andaluz, las relaciones, aunque frías, transcurrieron en un aparente vive y deja vivir. La cocaína era algo distinto. Y en los últimos tiempos, la organización de Teresa se había convertido en serio competidor. Todo aquello se planteó en una reunión celebrada en terreno neutral, un cortijo cacereño cerca de Arroyo de la Luz, entre la sierra de Santo Domingo y la N–521, con espesos alcornocales y dehesas para el ganado: un caserío blanco situado al final de un camino donde los coches levantaban polvaredas al acercarse, y donde un intruso podía ser descubierto fácilmente. La reunión se celebró a media mañana, y por Transer Naga acudieron Teresa y Teo Aljarafe, escoltados por Pote Gálvez al volante de la Cherokee y seguidos en un Passat oscuro por dos hombres de toda confianza, marroquíes jóvenes probados primero en las gomas y reclutados más tarde para tareas de seguridad. Ella vestía de negro, traje pantalón de buena marca y buen corte, el pelo recogido en la nuca, tirante, con raya en medio. Los gallegos ya estaban allí: eran tres, con otros tantos guardaespaldas en la puerta, junto a los dos BMW 732 en los que habían acudido a la cita. Todo el mundo fue directo al grano, los guaruras mirándose unos a otros afuera y los interesados dentro, en torno a una gran mesa de madera rústica situada en el centro de una habitación con vigas en el techo y cabezas disecadas de ciervos y jabalíes en las paredes. Disponían de bocadillos, bebidas y café, cajas de cigarros y cuadernos para notas: una reunión de negocios que empezó con mal pie cuando Siso Pernas, del clan de los Corbeira, hijo del amo do fume de la ría de Arosa don Xaquin Pernas, tomó la palabra para plantear la situación, dirigiéndose todo el tiempo a Teo Aljarafe como si el abogado fuese el interlocutor válido y Teresa estuviese allí a título decorativo. La cuestión, dijo Siso Pernas, era que la gente de Transer Naga mojaba en demasiadas salsas. Nada que objetar a la expansión mediterránea, al hachís y todo eso. Tampoco a que se tocara la fariña de una manera razonable: había negocio para todos. Pero cada uno en su sitio, y respetando los territorios y la antigüedad, que en España –seguía mirando todo el rato a Teo Aljarafe, como si el mejicano fuese él– siempre era un grado. Y por territorios, Siso Pernas y su padre, don Xaquin, entendían las operaciones atlánticas, los grandes cargamentos transportados por barco desde los puertos americanos. Ellos eran operadores de los colombianos de toda la vida, desde que don Xaquin y los hermanos Corbeira y la gente de la vieja escuela, presionados por las nuevas generaciones, empezaron a reconvertirse del tabaco al hachís y la coca. Así que traían una propuesta: nada que objetar a que Transer Naga trabajase la fariña que entraba por Casablanca y Agadir, siempre y cuando la llevara al Mediterráneo oriental y no se quedase en España. Porque los transportes directos para la Península y Europa, la ruta del Atlántico y sus ramificaciones hacia el norte, eran feudo gallego.

–En realidad es lo que estamos haciendo –precisó Teo Aljarafe–. Salvo en lo del transporte.