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Sonó la risa cínica de la Teniente O'Farrell. Una pinche risa de ex combatiente que se limpia con la bandera. –Eso es asunto suyo –señalaba a Teresa con el cigarrillo–. Los negocios exigen madrugar, y yo me levanto tarde.
Miss American Express. Teresa se preguntaba por qué Pati decidía jugar a eso, y desde cuándo. Adónde la empujaba a ella y para qué. Teo se echó atrás en la silla. Ahora repartía sus miradas al cincuenta por ciento. Ecuánime.
–Es mi obligación decirte que así lo dejas todo en sus manos.
–Claro.
–Bien –el jerezano estudió a Teresa–. Asunto resuelto, entonces.
Ya no sonreía, y su expresión era valorativa. Se hace las mismas preguntas respecto a Pati, se dijo Teresa. A nuestra relación. Calcula pros y contras. Hasta qué punto puedo dar beneficios. O problemas. Hasta qué punto puede darlos ella.
Entonces intuyó muchas de las cosas que iban a pasar.
Pati los miró largamente al salir de la reunión: cuando bajaban los tres en el ascensor y al cambiar las últimas impresiones paseando por los muelles del puerto deportivo, con Eddie Álvarez receloso y marginado en la puerta del bar Ke como quien acabara de recibir una pedrada y temiese otra, el fantasma de Punta Castor y quizá el recuerdo del sargento Velasco y de Cañabota agarrándolo por el gaznate. Pati tenía el aire pensativo, los ojos entornados y marcándole arruguitas, con un apunte de interés o de diversión, o de las dos cosas –interés divertido, diversión interesada– bailándole dentro, en alguna parte de aquella cabeza extraña. Era como si la Teniente O'Farrell sonriera sin hacerlo, burlándose un poco de Teresa, y también de ella misma, de todo y de todos. El caso es que estuvo observándolos así al salir de la reunión en el apartamento de Sotogrande, como si acabara de sembrar mota en la sierra y esperase el momento de levantar la cosecha, y continuó haciéndolo durante la conversación con Teo frente al puerto, y también durante semanas y meses, cuando Teresa y Teo Aljarafe empezaron a acercarse uno al otro. Y de vez en cuando a Teresa se le ahumaba el pescado y entonces iba a encararse con Pati para decir quihubo, vieja cabrona, desembucha lo que sea. Y entonces la otra sonreía de una manera distinta, abierta, como si ya no tuviera nada que ver. Decía ja, ja, encendía un cigarrillo, tomaba una copa, picaba bien menudita y pareja una culebrilla de coca o se ponía a hablar de cualquier cosa con aquella frivolidad suya tan perfecta –Teresa lo había adivinado con el tiempo y la costumbre– que nunca era frívola del todo, ni tampoco del todo sincera; o volvía a ser a veces, por un rato, la del principio: la Teniente O'Farrell distinguida, cruel, mordaz, la camarada de siempre, con ese atisbo de oscuridades que se dibujaban detrás, apuntalando la fachada. Después, y respecto a Teo Aljarafe, Teresa llegó a plantearse hasta qué punto su amiga había previsto, o adivinado, o propiciado –sacrificándose al propio designio como quien acepta las cartas de tarot que ella misma pone boca arriba–, muchas de las cosas que llegaron a ocurrir entre los dos, y que en cierto modo ocurrieron también entre los tres.
Teresa veía con frecuencia a Oleg Yasikov. Simpatizaba con aquel ruso grande y tranquilo, que veía el trabajo, el dinero, la vida y la muerte con una desapasionada fatalidad eslava que a ella le recordaba el carácter de ciertos mejicanos norteños. Se quedaban a tomar café o a dar un paseo después de alguna reunión de trabajo, o iban a cenar a casa Santiago, en el paseo marítimo de Marbella –al ruso le gustaban las colas de cigala al vino blanco–, con los guardaespaldas paseando por la acera de enfrente, junto a la playa. No era hombre de muchas palabras; pero cuando estaban a solas y charlaban, Teresa le oía decir, sin darles importancia, cosas que luego la tenían largo rato cavilando. Nunca intentaba convencer a nadie de nada, ni oponer un argumento a otro. No suelo discutir, comentaba. Me dicen ya será menos y digo ah, pues será. Después hago lo que creo conveniente. Aquel tipo, comprendió pronto Teresa, tenía un punto de vista, una manera precisa de entender el mundo y a los seres que lo poblaban:
no la pretendía ni razonable, ni piadosa. Sólo útil. A ella ajustaba su comportamiento y su objetiva crueldad. Hay animales, decía, que se quedan en el fondo del mar dentro de una concha. Otros salen exponiendo su piel desnuda y se la juegan. Algunos alcanzan la orilla. Se ponen en pie. Caminan. La cuestión es ver cuánto de lejos llegas antes de que se acabe el tiempo de que dispones. Sí. Lo que duras y qué consigues mientras duras. Por eso todo lo que ayuda a sobrevivir es imprescindible. Lo demás es superfluo. Prescindible, Tesa. En mi trabajo, como en el tuyo, hay que ajustarse al marco simple de esas dos palabras. Imprescindible. Prescindible. ¿Comprendes?... Y la segunda de esas palabras incluye la vida de los demás. O a veces la excluye.
Y no era tan hermético Yasikov, después de todo. Ningún hombre lo era. Teresa había aprendido que son los silencios propios, hábilmente administrados, los que hacen que los otros hablen. Y de ese modo, poco a poco, fue aproximándose al gangster ruso. Un abuelo de Yasikov había sido cadete zarista en tiempos de la Revolución bolchevique; y durante los difíciles años que siguieron, la familia conservó la memoria del joven oficial. Como muchos de los hombres de su clase, Oleg Yasikov admiraba el valor –eso, confesaría al fin, era lo que le hizo simpatizar con Teresa–; y una noche de vodka y conversación en la terraza del bar Salduba de Puerto Banús, ella detectó cierta vibración sentimental, casi nostálgica, en la voz del ruso cuando éste se refirió en pocas palabras al cadete y luego teniente del regimiento de caballería Nikolaiev, que tuvo tiempo de engendrar un hijo antes de desaparecer en Mongolia, o Siberia, fusilado en 1922 junto al barón Von Ungern. Hoy es el cumpleaños del zar Nicolás, dijo de pronto Yasikov, la botella de Smirnoff dos tercios vacía, volviendo el rostro a un lado como si el espectro del joven oficial del ejército blanco estuviese a punto de aparecer al extremo del paseo marítimo, entre los Rolls Royce y los Jaguar y los grandes yates. Luego levantó pensativo el vaso de vodka, mirándolo al trasluz, y lo mantuvo en alto hasta que Teresa hizo tintinear el suyo contra él, y ambos bebieron mirándose a los ojos. Y aunque Yasikov sonreía burlándose de sí mismo, ella, que apenas sabía nada del zar de Rusia y mucho menos de los abuelos oficiales de caballería fusilados en Manchuria, comprendió que, pese a la mueca del ruso, éste ejecutaba un serio ritual intimo donde ella intervenía de alguna forma privilegiada; y que su gesto de entrechocar el vaso era acertado, porque la aproximaba al corazón de un hombre peligroso y necesario. Yasikov volvió a llenar los vasos. Cumpleaños del zar, repitió. Sí. Y desde hace casi un siglo, incluso cuando esa fecha y esa palabra estaban proscritas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, paraíso del proletariado, mi abuela y mis padres y después yo mismo brindábamos en casa con un vaso de vodka. Sí. A su memoria y a la del cadete Yasikov, del regimiento de caballería Nikolaiev. Todavía lo hago. Sí. Como ves. Esté donde esté. Sin abrir la boca. Incluida una vez durante los once meses que pasé pudriéndome de soldado. Afganistán. Después sirvió más vodka, hasta acabar la botella, y Teresa pensó que cada ser humano tiene su historia escondida; y que cuando una era lo bastante callada y paciente podía acabar conociéndola. Y que eso era bueno y aleccionador. Sobre todo era útil.
Los italianos, había dicho Yasikov. Teresa lo discutió al día siguiente con Pati OTarrell. Dice que los italianos quieren una reunión. Necesitan un transporte fiable para su cocaína, y él cree que nosotras podemos ayudarles con nuestra infraestructura. Están satisfechos con lo del hachís y desean subir las apuestas. Los viejos amos do fume gallegos les pillan lejos, tienen otras conexiones y además están muy seguidos por la policía. Así que han sondeado a Oleg para ver si estaríamos dispuestas a ocuparnos. A abrirles una ruta seria por el sur, que cubra el Mediterráneo.
–¿Y cuál es el problema?
–Que ya no habrá vuelta atrás. Si asumimos un compromiso, hay que mantenerlo. Eso requiere más inversiones. Nos complica la vida. Y más riesgos.
Estaban en Jerez, tapeando tortillitas de camarones y Tío Pepe en el bar Carmela, en las mesas bajo el viejo arco en forma de túnel. Era un sábado por la mañana, y el sol deslumbraba iluminando a la gente que paseaba por la plaza del Arenal: matrimonios de edad vestidos para el aperitivo, parejas con niños, grupos a la puerta de las tabernas, en torno a oscuros toneles de vino puestos en la calle a modo de mesas. Habían ido a visitar unas bodegas en venta, las Fernández de Soto: un edificio amplio con las paredes pintadas de blanco y almagre, patios espaciosos con arcos y ventanas enrejadas, y cavas enormes, frescas, llenas de barriles de roble negro con los nombres de los diferentes vinos escritos con tiza. Era un negocio en bancarrota, perteneciente a una familia que Pati definía como de las de toda la vida, arruinada por el gasto, los caballos de pura raza cartujana, y por una generación absolutamente negada para los negocios: dos hijos calaveras y juerguistas que aparecían de vez en cuando en las revistas del corazón –uno de ellos también en las páginas de sucesos, por corrupción de menores– y a quienes Pati conocía desde niña. La inversión fue recomendada por Teo Aljarafe. Conservamos las tierras de albariza que hay hacia Sanlúcar y la parte noble del edificio de Jerez, y en la otra mitad del solar urbano construimos apartamentos. Cuantos más negocios respetables tengamos a mano, mejor. Y una bodega con nombre y solera da caché. Pati se había reído mucho con aquello del caché. El nombre y solera de mi familia no me hicieron respetable en absoluto, dijo. Pero la idea le parecía buena. Así que se fueron las dos a Jerez, vestida Teresa de señora para la ocasión, chaqueta y falda gris con zapatos negros de tacón, el pelo recogido en la nuca y la raya en medio, dos sencillos aros de plata como pendientes. De joyas, había aconsejado Pati, usa las menos posibles, y siempre buenas. Y bisutería, ni de lujo. Sólo hay que gastarse el dinero en pendientes y en relojes. Alguna pulsera discreta en ocasiones, o ese semanario que llevas de vez en cuando. Una cadena de oro al cuello, fina. Mejor cadena o cordón que collar; pero si lo llevas que sea valioso: coral, ámbar, perlas... Auténticas, claro. Es como los cuadros en las casas. Mejor una buena litografía o un hermoso grabado antiguo que un mal cuadro. Y mientras Pati y ella visitaban el edificio de las bodegas, acompañadas por un obsequioso administrador acicalado a las once de la mañana como si acabara de llegar de la Semana Santa de Sevilla, aquellos techos altos, las estilizadas columnas, la penumbra y el silencio, le recordaron a Teresa las iglesias mejicanas construidas por los conquistadores. Era singular, pensaba, cómo algunos viejos lugares de España le producían la certeza de encontrarse con algo que ya estaba en ella. Como si la arquitectura, las costumbres, el ambiente, justificasen muchas cosas que había creído propias sólo de su tierra. Yo estuve aquí, pensaba de pronto al doblar una esquina, en una calle o ante el pórtico de un caserón o una iglesia. Híjole. Hay algo mío que anduvo por este rumbo y que explica parte de lo que soy.