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Miró en torno con los ojos empañados, intentando pensar si olvidaba algo. Su corazón latía tan fuerte que parecía a punto de salírsele por la boca. Fue a la ventana, miró la calle que empezaba a oscurecerse con las sombras de la anochecida, el puesto de tacos iluminado por una bombilla y las brasas del fogón. Luego encendió un farito y anduvo unos pasos indecisos por el apartamento, dándole nerviosas chupadas. Tenía que irse de allí, pero no sabía adónde. Lo único claro era que tenía que irse. Estaba en la puerta del dormitorio cuando reparó en el teléfono, y un pensamiento le cruzó por la cabeza: don Epifanio Vargas. Era un lindo tipo, don Epifanio. Había trabajado con Amado Carrillo en los años dorados de puentes aéreos entre Colombia, Sinaloa y la Unión Americana, y siempre fue buen padrino para el Güero, muy cabal y cumplidor, hasta que invirtió en otros negocios y entró en política, dejó de necesitar avionetas y el piloto cambió de patrones. Le había ofrecido quedarse con él, pero al Güero le gustaba volar, aunque fuera para otros. Allá arriba uno es alguien, decía, y acá abajo simple burrero. Don Epifanio no se lo tomó a mal, e incluso le prestó una lana para la nueva Cessna, después de que la otra quedara arruinada tras un aterrizaje violento en una pista de la sierra, con trescientos kilos de doña Blanca dentro, bien empacados con su masking–tape, y dos aviones federales revoloteando fuera, las carreteras verdeando de guachos y los Errequince echando bala entre sirenazos y megafonía, un desmadre como para no acabárselo. De ésa el Güero había escapado por los pelos, con un brazo roto, primero de la ley y luego de los dueños de la carga, a quienes tuvo que probar con recortes de periódico que toda quedó decomisada por el Gobierno, que tres de los ocho compás del equipo de recepción habían muerto defendiendo la pista, y que el pitazo lo dio uno de Badiraguato que hacía de madrina para los federales. El bocón había terminado con las manos atadas a la espalda y asfixiado con una bolsa de plástico en la cabeza como su padre, su madre y su hermana –la mafia solía mochar parejo–, y el Güero, exonerado de sospechas, pudo comprarse una Cessna nueva gracias al préstamo de don Epifanio Vargas.

Apagó el cigarrillo, dejó la bolsa abierta en el suelo, junto a la cabecera de la cama, y sacó la agenda. La estuvo contemplando un rato sobre la colcha. Ni la mires, recordaba. Allí estaba la pinche agenda del gallo cabrón que a esas horas bailaba con la Pelona, y ella obediente y sin abrirla, figúrense lo pendeja. Ni le haga, decía adentro como una voz. Píquele nomas, acuciaba otra. Si esto vale tu vida, averigua lo que vale. Para darse coraje sacó el paquete de polvo, le clavó una uña al plástico y se llevó un pericazo a la nariz,–aspirando hondo. Un instante después, con una lucidez distinta y los sentidos afinados, miró de nuevo la agenda y la abrió, al fin. El nombre de don Epifanio estaba allí, con otros que le dieron escalofríos de ojearlos por encima: el Chapo Guzmán, César Batman Güemes, Héctor Palma... Había teléfonos, puntos de contacto, intermediarios, cifras y claves cuyo sentido se le escapaba. Siguió leyendo, y poco a poco se le hizo más lento el pulso hasta quedarse helada. Ni la mires, recordó estremeciéndose. Híjole. Ahora comprendía por qué. Todo era mucho peor de lo que había creído que era.

Entonces oyó abrirse la puerta.

–Mira a quién tenemos aquí, mi Pote. Qué onda. La sonrisa del Gato Fierros relucía como la hoja de un cuchillo mojado, porque era una sonrisa húmeda y peligrosa, propia de sicario de película gringa, de ésas donde los narcos siempre son morenos, latinos y malvados en plan Pedro Navaja y Juanito Alimaña. El Gato Fierros era moreno, latino y malvado como si acabara de salir de una canción de Rubén Blades o Willy Colón; y sólo no estaba claro si cultivaba con deliberación el estereotipo, o si Rubén Blades, Willy Colón y las películas gringas solían inspirarse en gente como él.

–La morrita del Güero.

El gatillero estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta y con las manos en los bolsillos. Los ojos felinos, a los que debía su apodo, no se apartaban de Teresa mientras le hablaba a su compañero torciendo la boca a un lado, con maligna chulería.

–Yo no sé nada –dijo Teresa.

Estaba tan aterrorizada que apenas reconoció su propia voz. El Gato Fierros movió comprensivo la cabeza, dos veces.

–Claro –dijo.

Se le ensanchaba la sonrisa. Había perdido la cuenta de los hombres y mujeres que aseguraron no saber nada antes de que los matara rápido o despacio, según las circunstancias, en una tierra donde morir con violencia era morir de muerte natural –veinte mil pesos un muerto común, cien mil un policía o un juez, gratis si se trataba de ayudar a un compadre–. Y Teresa estaba al corriente de los detalles: conocía al Gato Fierros, y también a su compañero Potemkin Gálvez, al que llamaban Pote Gálvez, o el Pinto. Los dos vestían chamarras, camisas Versace de seda, pantalones de mezclilla y botas de iguana casi idénticas, como si se equiparan en la misma tienda. Eran sicarios de César Batman Güemes, y habían frecuentado mucho al Güero Dávila: compañeros de trabajo, escoltas de cargamentos aerotransportados a la sierra, y también de copas y fiestas de las que empezaban en el Don Quijote a media tarde, con dinero fresco que olía a lo que olía, y seguían a las tantas, en los téibol–dance de la ciudad, el Lord Black y el Osíris, con mujeres bailando desnudas a cien pesos los cinco minutos, doscientos treinta si la cosa transcurría en los reservados, antes de amanecer con whisky Buchanan's y música norteña, templando la cruda a puros pericazos, mientras los Huracanes, los Pumas, los Broncos o cualquier otro grupo, pagados con billetes de a cien dólares, los acompañaban cantando corridos Narices de u,'gramo, El puñado de polvo, La muerte de un federal–sobre hombres muertos o sobre hombres que iban a morir.

–¿Dónde está? –preguntó Teresa.

El Gato Fierros emitió una risa atravesada, bajuna. –¿La oyes, Pote?... Pregunta por el Güero. Qué onda.

Seguía apoyado en la puerta. El otro sicario movió la cabeza. Era ancho y grueso, de aspecto sólido, con un espeso bigote negro y marcas oscuras en la piel, como los caballos pintos. No parecía tan suelto como el compañero, e hizo el gesto de mirar el reloj, impaciente. O tal vez incómodo. Al mover el brazo descubrió la culata de un revólver en su cintura, bajo la chamarra de lino.

–El Güero –repitió el Gato Fierros, pensativo. Había sacado las manos de los bolsillos y se acercaba despacio a Teresa, que seguía inmóvil en la cabecera de la cama. Al llegar a su altura se quedó otra vez quieto, mirándola.

–Ya ves, mamacita –dijo al fin–. Tu hombre se pasó de listo.

Teresa sentía el miedo enroscado en las entrañas, como una serpiente de cascabel. La Situación. Un miedo blanco, frío, semejante a la superficie de una lápida. –¿Dónde está? –insistió.

No era ella la que hablaba, sino una desconocida cuyas palabras imprevisibles la sobresaltaran. Una desconocida imprudente que ignoraba la urgencia del silencio.

El Gato Fierros debió de intuir algo de eso, pues la miró sorprendido de que pudiera hacer preguntas en vez de quedarse paralizada o gritar de terror.

–Ya no está. Se murió.

La desconocida seguía actuando por cuenta propia, y Teresa se sobresaltó cuando la oyó decir: hijos de la chingada. Eso fue lo que dijo, o lo que se oyó decir: hijos de la chingada, ya bien arrepentida cuando la última sílaba aún no salía de sus labios. El Gato Fierros la estudiaba con mucha curiosidad y mucha atención. Fíjate nomás si salió picuda, dijo pensativo. Que hasta nos mienta la máuser.

–Esa boquita –concluyó, suave.

Después le dio una bofetada que la tiró cuan larga era sobre la cama, hacia atrás, y la estuvo observando otro rato como si valorase el paisaje. Con la sangre retumbándole en las sienes y la mejilla ardiendo, aturdida por el golpe, Teresa lo vio fijarse en el paquete de polvo que estaba sobre la mesilla de noche, agarrar una pizca y llevársela a la nariz. Ándese paseando, dijo el sicario. Tiene un corte pero no se la acaba de buena. Luego, mientras se frotaba con el pulgar y el índice, le ofreció a su compañero; pero el otro negó con la cabeza y volvió a mirar el reloj. No hay prisa, carnal, apuntó el Gato Fierros. Ninguna prisa, y la hora me vale verga. De nuevo miraba a Teresa.

–Es un cuero de morra –precisó–. Y además, viudita.

Desde la puerta, Pote Gálvez pronunció el nombre de su compañero. Gato, dijo muy serio. Acabemos. El aludido levantó una mano pidiendo calma, y se sentó en el borde de la cama. No mames, insistió el otro. Las instrucciones son tales y cuales. Dijeron de bajarla, no de bajársela. Así que hilo, papalote, y no seas cabrón. Pero el Gato Fierros movía la cabeza como quien oye llover.

–Qué onda –dijo–. Siempre tuve ganas de culearme a esta vieja.

A Teresa ya la habían violado otras veces antes de ser mujer del Güero Dávila: a los quince años, entre varios chavos de Las Siete Gotas, y luego el hombre que la puso a trabajar de cambiadora en la calle Juárez. Así que supo lo que le esperaba cuando el gatillero humedeció más la sonrisa de cuchillo y le soltó el botón de los liváis. De pronto ya no tenía miedo. Porque no está ocurriendo, pensó atropelladamente. Estoy dormida y sólo es una pesadilla como tantas otras, que además ya viví antes: algo que le ocurre a otra mujer que imagino en sueños, y que se parece a mí pero no soy yo. Puedo despertar cuando quiera, sentir la respiración de mi hombre en la almohada, abrazarme a él, hundir el rostro en su pecho y descubrir que nada de esto ha ocurrido nunca. También puedo morir mientras sueño, de un infarto, de un paro cardíaco, de lo que sea. Puedo morir de pronto y ni el sueño ni la vida tendrán importancia. Dormir largo sin imágenes ni pesadillas. Descansar para siempre de lo que no ha ocurrido nunca.

–Gato –insistió el otro.

Se había movido por fin, dando un par de pasos dentro de la habitación. Quihubo, dijo. El Güero era de los nuestros. Muy raza. Acuérdate: la sierra, El Paso, la raya del Bravo. Las copas. Y ésta era su hembra. Mientras iba diciendo todo eso, sacaba un revólver Python del cinto y se lo apuntaba a Teresa a la frente. Quita que no te salpique, carnal, y apaguemos. Pero el Gato Fierros tenía otra idea entre ceja y ceja y se le encaraba, peligroso y bravo, con un ojo puesto en Teresa y el otro en el compadre. –Va a morirse igual –dijo– y sería un desperdicio.