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La brasa del cigarrillo brilló un instante. Silencio.

–Ésa es una buena pregunta –dijo Pati.

–Chale. Ésa es la pregunta.

Se quedaron calladas de nuevo. Porque tú sabrás muchas más cosas que yo, pensaba Teresa. Tienes educación, y clase, y un abogado que viene a verte de vez en cuando, y una buena feria en el banco aunque sea de tu familia. Pero de eso que me hablas sé, y hasta es posible que por una vez sepa algo más de lo que sabes tú. Aunque luzcas dos cicatrices como estrellitas y un novio en el panteón y un tesoro esperándote a la salida, todo lo viste desde arriba. Yo, sin embargo, miraba desde abajo. Por eso conozco cosas que tú no has visto. Te quedaban lejos de a madre, con tu pelo tan güero y tu piel tan blanca y tus modales fresitas de colonia Chapultepec. He visto el barro en mis pies desnudos cuando plebita, en Las Siete Gotas, donde los borrachos llamaban a la puerta de mi mamá de madrugada, y yo la oía abrirles. También he visto la sonrisa del Gato Fierros. Y la piedra de León. He tirado tesoros al mar a cincuenta nudos, con las Hachejotas pegadas al culo. Así que no mames.

–Esa pregunta es difícil de responder –comentó al cabo Pati–. Hay gente que estuvo buscando, claro. Creían tener ciertos derechos... Pero de eso hace tiempo. Ahora nadie sabe que yo estoy al corriente.

–¿Y a qué viene contármelo?

La brasa del cigarrillo intensificó un par de veces su brillo rojizo antes de que llegara la respuesta.

–No lo sé. O tal vez sí lo sé.

–No te imaginé tan bocona. Podría volverme madrina, e ir por ahí cotorreando la historia.

–No. Llevamos tiempo juntas y te observo. No eres de ésas.

Otro silencio. Esta vez fue más largo que los anteriores.

–Eres callada y leal.

–Tú también –respondió Teresa.

–No. Yo soy otras cosas.

Teresa vio apagarse la brasa del cigarrillo. Sentía curiosidad, pero también el deseo de que terminara aquella conversación. Lo mismo ya acabó y lo deja, pensó. No quiero que mañana lamente haber dicho cosas que no debía. Cosas que me quedan lejos, donde no puedo seguirla. En cambio, si se duerme ahora, siempre podremos callar sobre esto, echándole la culpa a los pericazos y al fandango y al tequila.

–Puede que un día te proponga recuperar ese tesoro –concluyó de pronto Pati–. Tú y yo, juntas. Teresa contuvo el aliento. Ni modo, se dijo. Ya nunca podremos considerar esta conversación como no habida. Lo que decimos nos aprisiona mucho más que lo que hacemos, o lo que callamos. El peor mal del ser humano fue inventar la palabra. Mira si no los perros. Así de leales son porque no hablan.

–,Y por qué yo?

No podía callar. No podía decir sí o no. Hacía falta una respuesta, y aquella pregunta era la única respuesta posible. Oyó a Pati volverse en el catre hacia la pared antes de responder.

–Te lo diré cuando llegue el momento. Si es que llega.