Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 24 из 88

Casi habría podido amarlo, reflexionaba Teresa a veces, de no haber pasado todo en el lugar equivocado, en la porción de vida equivocada. Las cosas siempre ocurrían demasiado pronto o demasiado tarde. Sin embargo estaba a gusto con él, como para volarse la barda de puro bien, viendo la tele recostada en su hombro, mirando revistas del corazón, bronceándose al sol con un Bisonte taqueadito de hachís entre los dedos –sabía que Santiago no aprobaba que fumase aquello, pero nunca le oyó una palabra en contra–, o viéndolo trabajar bajo el porche, el torso desnudo y el mar al fondo, en los ratos que dedicaba a sus barquitos de madera. Le gustaba mucho verlo construir barcos porque era de veras paciente y minucioso, requetehábil para reproducir pesqueros como los de verdad, pintados en rojo, azul y blanco, y veleros con cada vela y cada cabito en su sitio. Y era curioso lo de los barcos, y también lo de la lancha; porque, para su sorpresa, había descubierto que Santiago no sabía nadar. Ni siquiera bracear como ella –el Güero la había enseñado en Altata–: con muy poco estilo, pero nadando, a fin de cuentas. Lo confesó una vez, al hilo de otro asunto. Nunca pude tenerme a flote, dijo. Me da raro. Y cuando Teresa le preguntó por qué se arriesgaba entonces en una planeadora, él se limitó a encogerse de hombros, fatalista, con aquella sonrisa suya que parecía salirle después de muchas vueltas y revueltas por los adentros. La mitad de los gallegos no sabemos nadar, dijo al fin. Nos ahogamos resignados, y punto. Y al principio ella no supo si hablaba del todo en broma, o del todo en serio.

Una tarde, tapeando donde, Kuki –casa Bernal, una tasca de Campamento– Santiago le presentó a un conocido: un reportero del Diario de Cádiz llamado Óscar Lobato. Conversador, moreno, cuarentón, con un rostro lleno de marcas y cicatrices que le daba aspecto del tipo hosco que en realidad no era, Lobato se movía como pez en el agua lo mismo entre contrabandistas que entre aduaneros y guardias civiles. Leía libros y sabía de todo, desde motores a geografía, o música. También conocía a todo el mundo, no revelaba sus fuentes ni con una 45 apoyada en la sien, y frecuentaba el ambiente desde hacía tiempo, con la agenda telefónica repleta de contactos. Siempre echaba una mano cuando podía, sin importarle en qué lado de la ley militase cada cual, en parte por relaciones públicas y en parte porque, pese a los resabios de su oficio, decían, no era mala gente. Además, le gustaba su trabajo. Aquellos días rondaba la Atunara, el antiguo barrio pescador de La Línea, donde el paro había reconvertido a los pescadores en contrabandistas. Las lanchas de Gibraltar alijaban en la playa a plena luz del día, descargadas por mujeres y niños que pintaban sus propios pasos de peatones en la carretera para cruzar cómodamente con los fardos a cuestas. Los críos jugaban a traficantes y guardias civiles en la orilla del mar, persiguiéndose con cajas vacías de Winston encima de la cabeza; sólo los más pequeños querían desempeñar el papel de guardias. Y cada intervención policial terminaba entre gases lacrimógenos y pelotazos de goma, con auténticas batallas campales entre los vecinos y los antidisturbios.

–Imaginad la escena –contaba Lobato–: playa de Puente Mayorga, de noche, una planeadora gibraltareña con dos fulanos descargando tabaco. Pareja de la Guardia Civil: cabo viejo y guardia joven. Alto, quién vive, etcétera. Los de tierra que se largan. El motor que no arranca, el guardia joven que se mete en el agua y sube a la planeadora. Ese motor que por fin arranca, y allá se va la lancha para Gibraltar, un traficante al timón y el otro dándose de hostias con el picoleto... Imaginad ahora esa planeadora que se para en mitad de la bahía. Esa conversación con el guardia. Mira, chaval, le dicen. Si seguimos contigo a Gibraltar nos vamos a buscar la ruina, y a ti te empapelarán por perseguirnos dentro de territorio inglés. Así que vamos a tranquilizarnos, ¿vale?... Desenlace: esa planeadora que vuelve a la orilla, ese guardia que se baja. Adiós, adiós. Buenas noches. Y aquí paz y después gloria.

Por su doble condición de gallego y de traficante, Santiago desconfiaba de los periodistas; pero Teresa sabía que a Lobato lo consideraba una excepción: era objetivo, discreto, no creía en buenos ni malos, sabía hacerse tolerar, pagaba las copas y jamás tomaba notas en público. También sabía buenas historias y mejores chistes, y nunca cotorreaba gacho. Había llegado al Bernal con Toby Parrondi, un piloto de planeadoras gibraltareño, y algunos colegas de éste. Todos los llanitos eran jóvenes: cabellos largos, pieles bronceadas, aretes en las orejas, tatuajes, paquetes de tabaco con mecheros de oro sobre la mesa, coches de gran cilindrada y cristales tintados que circulaban con la música de Los Chunguitos, o de Javivi, o de Los Chichos, a toda potencia: canciones que a Teresa le recordaban un poco los narcocorridos mejicanos. De noche no duermo, de día no vivo, decía una de las letras. Entre estas paredes, maldito presidio. Canciones que formaban parte del folklore local, como aquellas otras de Sinaloa, con títulos igual de pintorescos: La mora y el legionario, Soy un perro callejero, Puños de acero, A mis colegas. Los contrabandistas llanitos sólo se diferenciaban de los españoles en que había más tipos claros de pelo y piel, y en que mezclaban palabras inglesas con su acento andaluz. En lo demás salían cortados por el mismo patrón: cadenas de oro al cuello con crucifijos, medallas de la Virgen o la inevitable efigie de Camarón. Camisetas heavy metal, chándals caros, zapatillas Adidas y Nike, pantalones tejanos muy descoloridos y de buenas marcas con fajos de billetes en un bolsillo trasero y el bulto de la navaja en el otro. Raza dura, tan peligrosa a ratos como la sinaloense. Nada que perder y mucho por ganar. Con esas chavas, sus novias, embutidas en pantalones estrechos y camisetas cortas que enseñaban las caderas tatuadas y los piercings de los ombligos, mucho maquillaje y perfume, y todo aquel oro encima. A Teresa le recordaban a las morras de los narcos culichis. En cierta forma también a ella misma; y darse cuenta la hizo pensar que había pasado demasiado tiempo, y demasiadas cosas. En aquel grupo estaba algún español de la Atunara, pero la mayor parte eran llanitos; británicos con apellidos españoles, ingleses, malteses y de todos los rincones del Mediterráneo. Como dijo Lobato guiñando un ojo mientras incluía a Santiago en el gesto, lo mejor de cada casa.

–Así que mejicana.

–Órale.

–Pues has venido bien lejos. –Cosas de la vida.

La sonrisa del reportero estaba manchada de espuma de cerveza.

–Eso suena a canción de José Alfredo. –¿Conoces a José Alfredo?

–Un poco.

Y Lobato se puso a canturrear Llegó borracho el borracho mientras invitaba a otra ronda. Lo mismo para mis amigos y para mí, dijo. Incluidos los caballeros de aquella mesa y sus señoras.

... Pidiendo cinco tequilas, Y le dijo el cantinero:

se acabaron las bebidas.

Teresa roleó un par de estrofas con él, y se rieron al final. Era simpático, pensó. Y no se pasaba de listo. Pasarse de listo con Santiago y con aquella raza era malo para la salud. Lobato la miraba con ojos atentos, valorativo. Ojos de saber de qué lado masca la iguana.

–Una mejicana y un gallego. Vivir para ver.

Eso estaba bien. No hacer preguntas sino dar pie a que otros cuenten, si se tercia. Dejándosela ir como con cremita.

–Mi papá era español. –¿De dónde? –Nunca lo supe.

Lobato no preguntó si era verdad que nunca lo había sabido, o si le estaba saliendo por peteneras. Dando por zanjado el asunto familiar, bebió un sorbo de cerveza y señaló a Santiago.

–Dicen que bajas al moro con éste.

–¿Quién lo dice?

–Por ahí. Aquí no hay secretos. Quince kilómetros de anchura son poca agua.

–Fin de la entrevista –dijo Santiago quitándole a Lobato la cerveza mediada de la mano, a cambio de otra de la nueva ronda que acababan de encargar los rubios de la mesa.

El reportero encogió los hombros. –Es bonita, tu chica. Y con ese acento. –A mí me gusta.

Teresa se dejaba acunar estrechada por los brazos de Santiago, sintiéndose como lechuguita. Kuki, el dueño del Bernal, puso unas raciones sobre el mostrador: gambas al ajillo, carne mechada, albóndigas, tomates aliñados con aceite de oliva. A Teresa le encantaba comer o cenar de aquella forma tan española, a base de botanas, de pie y de barra en barra, lo mismo embutidos que platos de cocina. Tapeando. Dio cuenta de la carne mechada, mojando pan en la salsa. Tenía jaria y no le preocupaba engordar: era de las flacas, y durante algunos años podría permitirse excesos. Como decían en Culiacán, ponerse hasta la madre. Kuki tenía en las estanterías una botella de Cuervo, así que pidió un tequila. En España no usaban los caballitos largos y estrechos frecuentes en México, y ella siempre pisteaba en catavinos pequeños, porque era lo más parecido. El problema era que duplicabas la tomada en cada trago.

Entraron más clientes. Santiago y Lobato, apoyados en la barra, conversaban sobre las ventajas de las lanchas de goma tipo Zodiac para moverse a altas velocidades con mala mar; y Kuki terciaba en la conversación. Los cascos rígidos sufrían mucho en las persecuciones, y hacía tiempo que Santiago acariciaba la idea de una semirrígida con dos o tres motores, lo bastante grande para aguantar la mar, llegando hasta las costas orientales andaluzas y el cabo de Gata. El problema era que no disponía de medios: demasiada inversión y demasiado riesgo. Suponiendo que luego, en el agua, aquellas ideas fuesen confirmadas por los hechos.

De pronto cesó la conversación. También los gibraltareños de la mesa habían enmudecido, y miraban al grupo que acababa de instalarse al extremo de la barra, junto al antiguo cartel taurino de la última corrida de toros antes de la guerra civil –Feria de La Línea, 19, 20 y 21 de julio de 1936–. Eran cuatro hombres jóvenes, de buen aspecto. Uno güerito y con gafas y dos altos, atléticos, con polos deportivos y el pelo corto. El cuarto hombre era atractivo, vestido con una camisa azul impecablemente planchada y unos tejanos tan limpios que parecían nuevos.

–Heme aquí, una vez más –suspiró Lobato, guasón–, entre aqueos y troyanos.

Se disculpó un momento, guiñó un ojo a los gibraltareños de la mesa y fue a saludar a los recién llegados, demorándose un poco mas con el de la camisa azul. A la vuelta se reía por lo bajini.

–Los cuatro son de Vigilancia Aduanera. Santiago los miraba con interés profesional. Al verse observado, uno de los altos inclinó un poco la cabeza a modo de saludo, y Santiago levantó un par de centímetros su vaso de cerveza. Podía ser una respuesta o no serlo. Los códigos y las reglas del juego al que todos jugaban: cazadores y presas en territorio neutral. Kuki servía manzanilla y tapas sin inmutarse. Aquellos encuentros se daban a diario. –El guaperas –seguía detallando Lobato– es piloto del pájaro.

El pájaro era el BO–105 de Aduanas, preparado para el rastreo y caza en el mar. Teresa lo había visto volar acosando a las lanchas contrabandistas. Volaba bien, muy bajo. Arriesgándose. Observó al tipo: en torno a los treinta y pocos, prieto de pelo, bronceado de piel. Habría podido pasar por mejicano. Parecía correcto, bien chiles. Un punto tímido.

–Me ha dicho que anoche le tiraron una bengala que le pegó en una pala –Lobato miraba a Santiago–. No serías tú, ¿verdad?

–No salí anoche.

–Igual fue alguno de ésos.

–Igual.