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Más tarde, en el cine atestado, hacía calor. Durante largo rato desfilaron silenciosamente por la pantalla anuncios coloreados, en propaganda de pianos de cola, vestidos, perfumes… Por fin, la orquesta comenzó a tocar y se inició el drama.
Liudmila estaba insólitamente alegre. Había invitado a Klara porque se daba perfecta cuenta de que ésta se sentía atraída por Ganin, y porque quería complacerla, sin privarse ella del placer de alardear de su aventura y de su arte en ocultarla. Por su parte, Klara había aceptado porque sabía que Ganin proyectaba partir el sábado siguiente. Klara estaba sorprendida de que Liudmila pareciera ignorarlo, o bien de que, sabiéndolo, guardara silencio al respecto, a pesar de irse en compañía de Ganin.
Sentado entre las dos, Ganin estaba irritado debido a que Liudmila, como muchas mujeres de su estilo, habló durante casi toda la proyección de cosas ajenas a la cinta, inclinando el cuerpo por encima de las rodillas de Ganin, para dirigirse a su amiga, y envolviéndole en el paralizante y desagradablemente familiar perfume que utilizaba. Para colmo de males, la película era muy interesante y estaba excelentemente realizada.
Liudmila le dirigió una rápida mirada en la oscuridad, enderezó el cuerpo, y fijó la vista en la pantalla iluminada.
– No entiendo nada -dijo-. Es una porquería.
– No me sorprende que no hayas entendido nada, después de haberte pasado el rato charlando -dijo Ganin.
En la pantalla se movían formas luminosas, gris-azulencas. Una prima do
El doppelgänger de Ganin también estaba en pie y aplaudía allí, al lado de aquel sorprendente individuo con la negra barba y la banda cruzándole el pecho. Aquella barba, así como la camisa de almidonada pechera, habían sido la razón de que a aquel individuo le colocaran siempre en primera fila. Durante el descanso, el individuo se comía un bocadillo, y después del rodaje se ponía un viejo impermeable sobre sus ropas de gala y regresaba a su barrio, en una distante zona de Berlín, donde trabajaba de linotipista en una imprenta.
En el presente instante, Ganin no sólo sintió vergüenza, sino también la sensación de la rápida evanescencia del humano vivir. Allí, en la pantalla, su macilenta imagen, su cara de abrupto perfil alzada y sus manos en la actitud de aplaudir se mezclaban con otras figuras humanas en el gris calidoscopio. Instantes después, la sala del teatro, balanceándose como un buque, desaparecía, y en el escenario aparecía una vieja y mundialmente famosa actriz, representando con gran habilidad a una joven difunta. Con repulsión, incapaz de seguir contemplando la película, Ganin pensó: "No sabemos lo que hacemos."
Liudmila volvía a hablar en susurros con Klara. Le decía algo acerca de una modista y de cierta tela. El drama terminó, y Ganin se sintió mortalmente deprimido. Momentos después, mientras se abrían paso a empujones hacia la salida, Liudmila oprimió su cuerpo contra el suyo y le dijo al oído:
– Te llamaré mañana a las dos, mi vida.
Ganin y Klara la acompañaron a casa, y regresaron juntos a la pensión. Ganin estaba silencioso, y Klara se esforzaba desesperadamente en encontrar un tema de conversación.
– ¿Nos deja el próximo sábado? -le preguntó.
En voz lúgubre, Ganin repuso:
– Francamente, no lo sé.
Mientras caminaba, iba pensando que su sombra vagaría de una ciudad a otra, de una pantalla a otra, que jamás sabría él qué clase de gente vería su sombra, o cuánto tiempo andaría ésta vagando por ahí, por el ancho mundo. Y cuando se acostó, y oyó el paso de los trenes a través de aquella casa sin alegría en la que vivían siete extraviadas sombras rusas, la vida entera le pareció una ficción cinematográfica, en la que distraídos extras representaban un papel, sin saber nada en absoluto de la película en que lo representaban.
Ganin no podía dormir. Un estremecimiento nervioso le recorría constantemente las piernas, y la almohada le atormentaba la cabeza. En plena noche, su vecino, Alfyorov, comenzó a tararear una tonada. A través del delgado tabique, Ganin le oía pasear por el dormitorio, primero cerca de él, luego alejándose, y Ganin permanecía quieto, irritado. Cuando pasaba un tren, la voz de Alfyorov se mezclaba con el ruido, pero volvía a surgir: tam-ti-tum, tam-ti, tam-ti-tum…
Ganin no pudo aguantarlo más. Se puso los pantalones, salió al pasillo y golpeó con el puño la puerta del dormitorio número 1. Las idas y venidas de Alfyorov le habían dejado en aquel instante junto a la puerta, que abrió de un modo tan inesperado que Ganin se sobresaltó.
– Por favor, entre, Lev Glebovich.
Iba en camisa y calzoncillos, con la rubia barba un tanto alborotada -seguramente agitada por las canciones-, y en sus pálidos ojos azules había un brillo de felicidad.
Con ceño, Ganin dijo:
– Sus canciones no me dejan dormir.
– Por el amor de Dios, hombre, entre, no se quede ahí en el pasillo -suplicó Aleksey Ivanovich, pasando el brazo alrededor de la cintura de Ganin, en gesto bien intencionado aunque torpe-. Lamento infinito haberle molestado.
Con desgana, Ganin entró. Pese a que la estancia contenía muy pocas cosas, se hallaba en gran desorden. En vez de estar junto a la mesa escritorio (el monstruo de roble con la escribanía en forma de sapo), una de las dos sillas de cocina había emprendido el camino del palanganero, aunque había quedado detenida a mitad de trayecto, debido sin duda a haber tropezado con la punta levantada de la alfombra. La otra silla se encontraba junto a la cama, cumpliendo las funciones de mesilla de noche, aunque oculta bajo una negra chaqueta que parecía haber caído allí con tanta pesadez y desmadejamiento como si se hubiera precipitado desde la cumbre del Monte Ararat. Sobre la mesa y sobre la cama había gran número de delgadas hojas de papel esparcidas de cualquier modo. Una casual mirada bastó para que Ganin viera que en estas hojas había dibujos de ruedas y cubos, trazados sin la más leve exactitud técnica, como simples garabatos hechos para pasar el tiempo. El propio Alfyorov, con sus calzoncillos de lana -capaces de dar a cualquier hombre, ya sea tan bien formado como Adonis, o tan elegante como Brummel, un aspecto extremadamente poco atractivo-, había comenzado de nuevo a pasear por entre aquellas ruinas, propinando de vez en cuando un golpe con la uña a la verde pantalla de la lámpara de sobremesa o al respaldo de una silla.
– No sabe usted cuánto me alegra que al fin haya decidido visitarme. Tampoco yo podía dormir. Imagínese… Mi mujer llega el sábado. Y mañana ya es martes. ¡Pobre chica! ¡Ni siquiera puedo imaginar los sufrimientos que habrá padecido en nuestra maldita Rusia!
Ganin, que había quedado absorto en intentar solucionar un problema de ajedrez planteado en una de las hojas de papel que yacían en la cama, levantó bruscamente la vista:
– ¿Qué decía?
Propinando un audaz golpe con la uña, Alfyorov repuso:
– Que mi mujer llega.
– No, no me refería a eso. ¿Qué ha llamado a Rusia?
– Maldita. Y es verdad, ¿no cree?
– No sé… La calificación me ha parecido curiosa.
De repente, Alfyorov se detuvo en el centro del dormitorio:
– Vamos, vamos, Lev Glebovich, ya es hora de que deje usted de jugar al bolchevique. Quizás a usted le parezca muy divertido, pero le advierto que está en un grave error. Ha llegado el momento de que todos reconozcamos francamente que Rusia se ha acabado, que nuestros "santos" campesinos rusos no han resultado ser más que broza despreciable, tal como cabía esperar, dicho sea de paso, y que nuestra patria ha muerto de una vez para siempre.
Ganin se echó a reír:
– Me parece muy bien todo lo que usted dice, Aleksey Ivanovich.
Alfyorov se pasó la palma de la mano por el rostro, como secándolo, desde la frente a la barbilla, y, de un modo súbito, esbozó una ancha y ensoñada sonrisa:
– ¿Por qué no se ha casado, amigo mío?
– Porque no he tenido ocasión. ¿Es divertido estar casado?
– Delicioso. Mi esposa es adorable. Castaña, y con unos ojillos tan vivos… Y muy joven todavía. Nos casamos en Poltava el año 1919, y en 1920 tuve que emigrar. Aquí, en el cajón del escritorio, tengo unas fotografías que voy a enseñarle.
Doblando los dedos por debajo del cajón, tiró de él. Sin curiosidad, Ganin le preguntó:
– ¿Y qué era usted en aquellos tiempos?
Alfyorov sacudió negativamente la cabeza:
– No me acuerdo. ¿Cómo cabe recordar lo que uno ha sido en el pasado? Quizá fuera una ostra, o un pájaro, o quizá profesor de matemáticas… De todos modos nuestra anterior vida en Rusia parece algo que hubiera ocurrido antes del principio de los tiempos, algo metafísico, o como quiera usted llamarlo. No, metafísico no es la palabra adecuada… Sí, ahora sé de qué se trata. Es como una metempsicosis.
Ganin miró sin gran interés la fotografía en el interior del cajón. Vio el rostro de una muchacha con el cabello alborotado, y una boca alegre, de grandes dientes. Alfyorov se acercó y miró por encima del hombro de Ganin:
– No, ésta no es mi esposa, es mi hermana. Murió del tifus, en Kiev. Era una muchacha muy agradable y alegre, que jugaba muy bien a la petanca.
Sacó otra foto: