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Sin dejar de sonreír, Ganin tocó la mano de Podtyagin, que se estremeció muy levemente, allí, sobre la sábana. Volvió la cabeza hacia Klara y Frau Dorn, y dijo:
– Me voy ahora. No creo que volvamos a vernos. Despídanme de los bailarines.
Klara, también en voz baja, dijo:
– Le acompañaré a la puerta… Los bailarines duermen.
Y Ganin salió del dormitorio. En el vestíbulo, cogió las maletas y se echó el impermeable sobre un hombro. Klara le abrió la puerta. Al salir al descansillo, Ganin dijo:
– Muchas gracias, y buena suerte.
Se detuvo un instante. Ya el día anterior había pensado que no estaría mal explicar a Klara que él jamás había tenido la menor intención de robar dinero, sino que había estado contemplando viejas fotografías. Sin embargo, ahora no pudo hallar utilidad alguna a esta explicación, por lo que inclinó la cabeza y comenzó a bajar con calma la escalera. Klara, con la mano en el manubrio de la puerta, se quedó mirando como Ganin bajaba. Llevaba las maletas como si de un par de cubos se tratara, y sus pesados pasos producían en los peldaños un sonido parecido al de un lento latir. Mucho después de que Ganin hubiera desaparecido en una curva de la escalera, Klara estaba aún en el descansillo, escuchando aquellos firmes pasos que se iban alejando. Por fin, cerró la puerta y se quedó unos instantes en el vestíbulo. En voz alta repitió:
– Los bailarines duermen.
Y bruscamente comenzó a sollozar sin producir ruido, pero con gran intensidad, mientras movía la punta del dedo índice, arriba y abajo, sobre la pared.