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"Lyova, si vienes, llama a la centralita telefónica, y pide el número 34. Te contestarán en alemán, porque se trata de un hospital militar alemán. Diles que me avisen.
"Ayer fui a la ciudad, y me divertí un poco. Había mucha alegría, con mucha música y luz. Un hombre muy divertido, con barbita amarilla, se inventó un juego de sociedad en mi honor, y me calificó de reina del baile. Hoy me aburro, me aburro terriblemente. Es una lástima que los días pasen así, tan sin pena ni gloria, tan estúpidamente, pese a que debieran ser, según dicen, los más felices años de nuestra vida. Creo que pronto me convertiré en una hipócrita, perdón, quería decir una hipocondríaca. No, no permitiré que ocurra.
"¿No está mal, verdad?
"Escríbeme a vuelta de correo. ¿Vendrás y nos veremos? ¿Imposible? Bueno, es horrible. Pero, ¿a lo mejor puedes? Qué tonterías escribo, ¿cómo puedo pensar que hagas el largo viaje hasta aquí, sólo para verme? ¡Cuánta vanidad! ¿No crees?
"Antes de escribirte, he leído un poema en una vieja revista. Es de Krapovitsky, y se titula «Mi pequeña perla pálida». Me ha gustado mucho. Escribe y cuéntamelo todo. Te mando un beso. Otros versos que también he leído. Son de Podtyagin:
Ganin musitó:
– Pobre Podtyagin. Es extraño, muy extraño. Si alguien me hubiera dicho que llegaría a conocerle, no lo hubiera creído.
Con una sonrisa, sacudiendo la cabeza, Ganin desplegó la última carta. La recibió la víspera de su partida hacia el frente. Al alba, hacía frío a bordo del buque, aquel día de enero, y el café de bellotas le había dejado medio mareado.
"Eyova, querido Lyova, ¡con cuánta impaciencia he esperado tu carta! Ha sido muy difícil para mí escribirte cartas tan medidas, refrenando mis sentimientos. ¿Cómo he sido capaz de vivir tres años sin ti, cómo me las he arreglado para sobrevivir, sin tener razón alguna para ello?
"Te quiero. Si vienes, te mataré a besos. ¿Recuerdas estos versos?
"¡Dios mío, qué lejos están aquellos días de esplendor en que nos amábamos…! Igual que tú, pienso que volveremos a vernos, pero ¿cuándo?, ¿cuándo?
"Te quiero. Ven a mi lado. Tu carta me ha producido tal alegría que aún estoy medio loca, de felicidad…"
Mientras formaba un ordenado montón con las cinco cartas dobladas, Ganin repitió suavemente:
– Felicidad… Esto, precisamente esto: felicidad. Ahora, dentro de doce horas, volveremos a vernos.
Se quedó quieto, inmóvil, sumido en secretos y deliciosos pensamientos. No le cabía la menor duda de que Mashenka seguía amándole, igual que antes. Ganin sostenía las cinco cartas de la muchacha en la mano. Fuera había anochecido, y todo estaba oscuro. En el dormitorio, las asas de las dos maletas lanzaban destellos. La desolada estancia olía a polvo.
Seguía Ganin sentado en la misma postura, cuando a sus oídos llegaron voces en el pasillo junto a la puerta de su cuarto, y, de repente, sin llamar, entró Alfyorov.
Sin dar muestras de la menor inhibición o arrepentimiento, dijo:
– Lo lamento infinito. No sé por qué razón he pensado que se había usted ido ya.
Mientras sus dedos jugueteaban con las cartas dobladas, Ganin contempló, sin expresión en las pupilas, la amarillenta barbita de Alfyorov.
La patrona apareció en la puerta.
Alfyorov torció el cuello. Luego cruzó el dormitorio, con aire de propietario, y dijo:
– Lydia Nikolaevna, es absolutamente necesario que apartemos este maldito trasto, de modo que se pueda abrir la puerta y pasar de un dormitorio a otro. Alfyorov intentó mover el armario, lanzando gruñidos y tambaleándose impotente.
– Permítame -dijo Ganin con alegría.
Se metió la cartera negra en el bolsillo, se puso en pie, se acercó al armario, abrió las manos y escupió en sus palmas.