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Mientras caminaban hacia la puerta de entrada al parque, por un sendero moteado por la luz de la luna, Mashenka se inclinó y cogió una de las luciérnagas verde-pálidas que antes habían contemplado. La sostuvo en la palma de la mano, acercó la cabeza a ella, la examinó detenidamente, se echó a reír, y dijo en una rara parodia del habla de una muchacha de pueblo:

– ¡Válgame Dios, si sólo es un gusanito frío!

Entonces fue cuando Ganin, cansado, enojado consigo mismo, muerto de frío en su delgada camisa, decidió que todo había terminado, que había dejado de estar enamorado de Mashenka. Pocos minutos después, mientras pedaleaba a la luz de la luna, camino de casa, por la pálida superficie de la carretera, supo que jamás volvería a visitar a Mashenka.

Pasó el verano, durante el cual Mashenka no le escribió ni le telefoneó, y Ganin estuvo ocupado en otros asuntos y otras emociones.

De nuevo volvió Ganin a San Petersburgo para pasar el invierno, aprobó los exámenes finales -que se celebraron mucho antes de lo normal, en diciembre-, e ingresó en la Escuela Militar Mikhailov como cadete. El verano siguiente, en el año de la revolución, volvió a ver a Mashenka.

Faltaba poco para el anochecer, y Ganin se encontraba en el andén de la estación de Varsovia. El tren que se llevaría a los veraneantes que pensaban pasar las vacaciones en sus dachas acababa de entrar en vías. Mientras esperaba que sonara la campana dándole salida, Ganin comenzó a pasear arriba y abajo por el sucio andén. En el momento en que contemplaba una carretilla averiada, comenzó a pensar en algo muy diferente, o sea en el tiroteo ocurrido el día anterior en la Perspectiva Nevski. Al mismo tiempo, le molestaba recordar que no había podido entrar en contacto por teléfono con su familia, en la finca, lo que suponía tener que ir allí, desde la estación del pueblo, en coche de alquiler.

Cuando sonó el tercer aviso, se dirigió hacia el único vagón azul, y comenzó a subir los peldaños, camino de la plataforma, y allí, mirándole desde lo alto, se encontraba Mashenka. En el curso del último año había cambiado. Quizás estaba un poco más delgada, y vestía un extraño abrigo azul con cinturón. Ganin la saludó torpemente, oyó un sonido de entrechocar de parachoques y el tren se puso en marcha. Se quedaron de pie en la plataforma. Mashenka seguramente le había visto antes, y, adrede, había subido a un vagón azul, pese a que siempre viajaba en vagón amarillo, por lo que ahora, con billete de segunda, no se atrevía a entrar en el vagón de primera. Llevaba en la mano una barra de chocolate Bighen y Robinson, de la que rompió una porción que ofreció a Ganin.

Verla le produjo una terrible tristeza. Había en el aspecto de Mashenka algo raro, algo revelador de timidez. Sonreía mucho menos, y volvía constantemente la cara hacia otro lado. En su cuello tierno había marcas lívidas, como la sombra de una gargantilla, que le sentaban muy bien. Ganin parloteó diciéndole mil y una tonterías, le mostró la marca que una bala había dejado en una de sus botas al rozarla, y le habló de política, mientras el tren avanzaba traqueteando por entre turberas ardientes en el torrente del ocaso. El grisáceo humo de las turberas se arrastraba suavemente por el suelo, formando lo que parecían ser dos olas de niebla que escoltaban el paso del convoy.

Mashenka bajó en la primera estación, y durante largo rato, Ganin, desde la plataforma del vagón, contempló la figura azul que se iba, y cuanto más se alejaba la figura, con mayor claridad comprendía Ganin que nunca la olvidaría. Mashenka no volvió la cabeza. De la creciente oscuridad surgía el aroma de las flores veraniegas.

Cuando el tren reanudó la marcha, Ganin entró en el vagón. Estaba a oscuras porque, por lo visto, el jefe de tren había considerado i

Y no volvió a ver a Mashenka.