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Corrían las horas de la mañana, y Kolin preparaba té para Gornotsvetov. Aquel día, Gornotsvetov tenía que salir de la ciudad a primera hora, a fin de visitar a una bailarina que estaba formando un cuerpo de baile. Todos los habitantes de la casa dormían todavía, cuando Kolin fue a la cocina en busca de agua caliente, ataviado con un kimono notablemente sucio, y calzando botas, sin calcetines. Su rostro esférico, carente de rastros de inteligencia, extremadamente ruso, con nariz corta y ojos azules de lánguido mirar (se consideraba a sí mismo como aquel "mitad Pierrot mitad Gavroche" de Verlaine), estaba hinchado y con la piel brillante, el despeinado cabello rubio le caía sobre la frente, y los cordones de sus botas desabrochadas producían al golpear el suelo un sonido parecido al de la lluvia fina. Sacando los labios hacia afuera, como una mujer, cogió la tetera, y acto seguido comenzó a tararear muy bajo y con gran entusiasmo. Gornotsvetov estaba terminando de vestirse.
Se adornó con la corbata de lazo a lunares, y se puso histérico al ver que el grano que había decapitado mientras se afeitaba rezumaba sangre y pus a través de la espesa capa de polvos. Tenía facciones oscuras y muy regulares. Las largas pestañas rizadas daban a sus ojos castaños expresión franca e inocente. Tenía el cabello negro, levemente rizado, y lo llevaba corto. Se afeitaba el cogote, como un cochero ruso, y llevaba patillas que le llegaban hasta más abajo de las orejas, formando una curva hacia fuera. Lo mismo que su amigo, era bajo, muy delgado, con los músculos de las piernas extremadamente desarrollados, pero con el pecho y los hombros estrechos.
Hacía relativamente poco tiempo que eran amigos. Habían bailado en un cabaret ruso de algún lugar de los Balcanes, y llegaron a Berlín dos meses atrás, en busca del triunfo artístico. Un matiz especial, una extraña afectación, los diferenciaba de los restantes huéspedes, pero, honradamente, nadie podía acusar a aquella inocente pareja por el delito de ser felices, felices como dos blancas palomas.
Kolin, solo en el desordenado dormitorio, después de la partida de su amigo, abrió un estuche de manicura, y, tarareando suavemente, comenzó a "hacerse las manos". Pese a que no era hombre que destacara por su limpieza corporal, siempre llevaba las uñas en impecable estado.
El dormitorio apestaba a perfume y a sudor. En el agua de la jofaina flotaba un amasijo de pelos. En las paredes había fotografías de bailarines en diversas posturas de danza. Y en la mesa se veía un gran abanico abierto y un sucio cuello de camisa almidonado.
Después de admirar el coralino barniz de sus uñas, Kolin se lavó cuidadosamente las manos, se roció el rostro y el cuello con un agua de colonia mareantemente dulzona, y se quitó la bata. Desnudo, dio unos pasitos de puntillas e hizo un pequeño entrechat. Se vistió muy aprisa, se empolvó la nariz y se maquilló los ojos. Después de haberse abrochado todos los botones de su ceñido abrigo gris, salió a darse un garbeo, levantando y bajando con gran regularidad la punta de su bastoncillo de fantasía.
Al regresar a casa, se encontró en el portal con Ganin, que venía de comprar medicamentos para Podtyagin. El viejo poeta se encontraba mucho mejor. Había escrito un poco y dado algún paseo por su dormitorio, pero Klara, de acuerdo con Ganin, había decidido que no era aconsejable que Podtyagin saliera de casa aquel día.
Kolin se acercó sigilosamente a Ganin, y le cogió el brazo, por encima del hombro. Ganin dio media vuelta.
– ¡Ah, es usted, Kolin! ¿Qué tal le ha ido el paseo?
Mientras subía las escaleras al lado de Ganin, Kolin dijo:
– Alec ha salido. Estoy terriblemente preocupado. No sabe cuánto deseo que consiga este contrato.
Ganin, que jamás sabía qué decir cuando conversaba con Kolin, afirmó:
– Claro, es natural.
Kolin rio:
– Alfyorov volvió a quedar encerrado en el ascensor. Ahora, el trasto ha dejado de funcionar.
Pasó la empuñadura del bastoncillo por los hierros que sostenían la barandilla, y, dirigiendo una tímida sonrisa a Ganin, dijo:
– ¿Podría quedarme un ratito en su dormitorio? Hoy es un día terriblemente aburrido para mí.
Mentalmente, Ganin replicó, mientras abría la puerta de la pensión: "No creas que, por el simple hecho de que te aburras, voy a permitir que coquetees conmigo." Pero en voz alta, repuso:
– Lo lamento infinito, pero ahora estoy ocupado. En cualquier otra ocasión, tendré mucho gusto.
– ¡Qué pena! -dijo Kolin, entrando en el piso detrás de Ganin y cerrando la puerta.
Pero la puerta no se cerró, debido a que alguien la había cogido con una gran mano morena, mientras un vozarrón de bajo decía con acento berlinés:
– Un momento, caballeros.
Ganin y Kolin volvieron la cabeza. Un cartero fornido, de grandes bigotes, cruzó el umbral:
– ¿Vive aquí Herr Alfyorov?
– Primera puerta a la izquierda -dijo Ganin.
– Muchas gracias -dijo casi cantando el cartero, que, poco después, llamaba a la puerta indicada.
Era un telegrama.
– ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? -preguntó febrilmente Alfyorov, cogiendo el telegrama con torpes dedos engarabitados.
Tan excitado estaba que, al principio, ni siquiera pudo descifrar el mensaje escrito en débiles letras formando una línea irregular: LLEGO SÁBADO 8 MAÑANA. De repente, Alfyorov comprendió, lanzó un suspiro y se persignó.
– ¡Gracias, Dios mío! ¡Viene!
Sonrió anchamente y, con las manos en sus huesudos muslos, se sentó en el borde de la cama, donde comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás. Sus ojos aguados parpadeaban muy aprisa, y un inclinado cilindro de luz solar doraba su barba color estiércol.
– Sehr gut. ¡Pasado mañana! Sehr gut. ¡Hay que ver en qué estado se encuentran mis zapatos! Mashenka quedará de una pieza… En fin, de todos modos nos las arreglaremos para sobrevivir, de un modo u otro. Alquilaremos un pisito barato. Mashenka decidirá qué haremos. Pero, entre tanto, viviremos aquí una temporada. Afortunadamente, hay una puerta entre los dos dormitorios.
Poco después, Alfyorov salía al pasillo y llamaba a la puerta del dormitorio contiguo.
Ganin pensó: "¿Es que no pueden dejarme en paz, hoy?"
Yendo al grano, Alfyorov comenzó, mientras miraba descaradamente a su alrededor:
– Gleb Lvovich, ¿cuándo se va usted?
Ganin le miró irritado:
– Mi nombre de pila es Lev. Procure usted acordarse.
Preocupado únicamente por sus asuntos, Alfyorov preguntó:
– Pero supongo que se va el sábado, ¿verdad? Tendremos que cambiar la posición de la cama. Y también la del armario, para que no ciegue la puerta que comunica una habitación con la otra.
– Efectivamente, me voy -replicó Ganin.
Y, una vez más, igual que durante el almuerzo, el día anterior, se sintió profundamente incómodo. Excitado, Alfyorov dijo:
– ¡Excelente, excelente…! Lamento haberle incomodado, Gleb Lvovich.
Y, lanzando una última ojeada al dormitorio, se dirigió a ruidosas zancadas hacia la puerta.
Cuando estuvo fuera, Ganin musitó:
– Imbécil… ¡Que se vaya al cuerno! ¿Qué deliciosos recuerdos me ocupaban ahora? ¡Ah, sí! La noche, la lluvia, las blancas columnas…
La untuosa voz de Alfyorov gritaba en el corredor:
– ¡Lydia Nikolaevna! ¡Lydia Nikolaevna!
Irritado, Ganin pensó: "¡No hay modo de librarse de él! Hoy no voy a almorzar aquí. ¡Basta ya!"
El asfalto de la calle tenía un matiz violáceo, y los rayos del sol jugueteaban con los radios de las ruedas de los automóviles. Cerca de la cervecería había un garaje por cuya puerta abierta a la interior oscuridad salía un tierno olor a carburo. Y este casual aroma ayudó a Ganin a recordar más vívidamente aquellos lluviosos días de fines de agosto y primeros de septiembre, en Rusia, así como el torrente de felicidad que los espectros de su vida berlinesa parecían empeñados en interrumpir sin cesar.
Salía de la iluminada casa de campo, se sumía en las negras y burbujeantes tinieblas, y encendía la suave llama del faro de la bicicleta. Y, ahora, al inhalar el olor a carburo, lo recordó todo al instante: las húmedas hierbas azotando su móvil pierna y metiéndose por entre los radios de la bicicleta; el disco de lechosa luz que absorbía y disolvía la oscuridad; los diferentes objetos que de ella surgían, ahora una ondulada charca, ahora un brillante guijarro, después las planchas del puente cubiertas de estiércol, y, por fin, la manecilla de la portezuela en la verja, que cruzaba, con el peral empapado de lluvia a un lado, venciéndose hacia su hombro.
Ahora, a través de los torrentes nocturnos, percibía la lenta rotación de las columnas, iluminadas por el mismo suave chorro de luz del faro de su bicicleta. Allí, en el porche con seis columnas de la cerrada mansión de un desconocido, Ganin era saludado por una fría fragancia, por una mezcla de perfume y de húmeda estameña, y aquel beso de la lluvia otoñal era tan largo y profundo que, después, grandes manchas luminosas nadaban ante sus ojos, y el rumoroso sonido de la lluvia contra las anchas ramas y las infinitas hojas parecía adquirir renovadas fuerzas. Con dedos mojados por la lluvia, abría la portezuela de vidrio del farol, y soplaba la llama, matándola. Procedente de la oscuridad, una húmeda y fuerte presión de aire envolvía a los enamorados. Mashenka, ahora sentada en la deslucida balaustrada, le acariciaba las sienes con la fría palma de su mano pequeña, y él podía percibir en la oscuridad la vaga línea del empapado lazo que la muchacha llevaba en el pelo, y el sonriente resplandor de sus ojos.
En la móvil oscuridad, el fuerte y amplio chaparrón caía por entre los tilos ante el porche, haciendo gemir sus troncos, reforzados con anillas de hierro para protegerlos en su ancianidad. Y, entre los sonidos de la noche otoñal, Ganin desabrochaba la blusa da Mashenka, y besaba su ardiente clavícula, mientras Mashenka guardaba silencio, y sólo sus ojos destellaban débilmente, y la piel de su pecho desnudo iba enfriándose lentamente con el contacto de sus labios y del húmedo aire nocturno. Hablaban poco. Estaba demasiado oscuro todo para hablar. Cuando, por fin, Ganin encendía una cerilla para mirar la hora, Mashenka parpadeaba, y apartaba de su mejilla un húmedo mechón de pelo. Ganin rodeaba con un brazo el cuerpo de Mashenka, mientras empujaba la bicicleta por el sillín, y así, lentamente, se alejaban en la noche, que ahora era sólo llovizna. Primero descendían por el sendero hasta el puente, y allí se despedían con melancolía, largamente, como si se separaran para mucho tiempo.