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Era un dios en el acto de recrear un mundo muerto. Poco a poco Ganin resucitó aquel mundo, para complacer a la muchacha a la que no se atrevía a evocar hasta el instante en que dicho mundo estuviera completamente formado. La imagen de la muchacha, su presencia, la sombra de su recuerdo exigía que, por fin, él la resucitara también. Pero Ganin alejaba voluntariamente de su mente esta imagen porque quería acercarse gradualmente a ella, paso a paso, tal como había hecho nueve años atrás. Temeroso de cometer un error, de perderse en el deslumbrante laberinto de los recuerdos, recreaba muy cuidadosamente su anterior vida, la recreaba con amor y, de vez en cuando, desandaba camino para recoger algo aparentemente trivial, y nunca corría con demasiada prisa hacia delante. Vagando por Berlín, aquel martes de primavera, convaleció totalmente, supo que iba a abandonar la cama y sintió las piernas débiles. Se miró en todos los espejos. Sus ropas le parecieron insólitamente limpias, singularmente anchas y levemente familiares. Anduvo despacio por la ancha senda que conducía desde el jardín delantero a las profundidades del parque. Aquí y allá, la tierra, a la que las sombras de las hojas daban tono purpúreo, quebraba su lisura con pequeños montículos que parecían montones de negros gusanos. Se había puesto pantalones blancos y calcetines de color lila, con la esperanza ensoñada de encontrar a alguien, aun cuando no sabía exactamente a quien.

Al llegar al término de la senda, allí donde el banco blanco resplandecía entre la verde oscuridad de las agujas de pino, inició el regreso, y, a lo lejos, en un claro entre los tilos, vio la arena rojiza, anaranjada, del jardín delantero y el destello de los cristales de la galería.

La enfermera regresó a Petersburgo. Con el busto asomado a la ventanilla del coche, agitó largo rato el bracito, mientras el viento agitaba su velo. En el interior de la casa se estaba fresco, con manchas de luz solar en el suelo, aquí y allá. Dos semanas después ya se quedaba sin resuello montando en bicicleta, y, a última hora de la tarde, jugaba a los bolos con el hijo del vaquero. Pasó otra semana, y entonces ocurrió el hecho que había estado esperando.

– ¿Y qué queda de todo ello? -musitó Ganin-. ¿Dónde está la felicidad, la luz del sol, dónde están aquellas pesadas bolas de madera que con tanta gracia rodaban y rebotaban, dónde está mi bicicleta de bajo manillar y gran rueda dentada? Parece que hay un principio según el cual nada hay que se desvanezca, que quede aniquilado, ya que la materia es indestructible, en consecuencia, la madera de mis bolas y los radios de mi bicicleta todavía existen, ahora. La lástima es que nunca los encontraré, nunca, nunca. En cierta ocasión, leí algo acerca del "eterno retorno". Pero, ¿qué pasará si este complicado juego no se produce más que una vez? Veamos, aquí hay algo que no comprendo. Sí, es esto: ¿Morirá todo, cuando yo muera? Ahora, estoy solo en una ciudad extranjera. Solo y embriagado. La cerveza y el coñac hacen zumbar mi cabeza. He bebido más de la cuenta. Pero, si ahora mi corazón estalla, ¿estallará con él todo el mundo? No alcanzo a comprenderlo.

"Volvió a encontrarse en el minúsculo jardín público de la misma plaza, pero ahora el aire era fresco, el pálido cielo se había oscurecido en un vespertino desmayo.

– Faltan cuatro días: miércoles, jueves, viernes y sábado. Y puedo morir en cualquier instante.

Juntó las negras cejas y murmuró bruscamente:

– ¡Serénate! ¡Basta ya! Ha llegado el momento de volver a casa.

Mientras subía las escaleras camino de la pensión, vio a Alfyorov que, encorvado, envuelto en su voluminoso abrigo, prietos los labios, muy atento, metía la llave en la cerradura del ascensor. Alfyorov le dijo:

– Voy a comprar el periódico, Lev Glebovich. ¿Viene conmigo?

– No, gracias -repuso Ganin, y se dirigió a su dormitorio.

Pero cuando cogió la manecilla de la puerta, se quedó inmóvil. Sintió una repentina tentación. Había oído que Alfyorov entraba en el ascensor, el sonido del ingenio descendiendo laboriosamente, lento y ruidoso, y el metálico choque de la parada, al llegar abajo.

Mordiéndose los labios, pensó: "Se ha ido, ¡qué diablos, me arriesgaré!"

El destino quiso que cinco minutos después, Klara llamara a la puerta de Alfyorov para pedirle un sello de correos. La amarillenta luz que se veía a través de los vidrios opacos encima de la puerta parecía indicar que Alfyorov se hallaba en su cuarto. Mientras golpeaba la puerta con los nudillos y la abría un poco, Klara comenzó a decir:

– Aleksey Ivanovich, tiene usted…

Pero detuvo pasmada sus acciones. Ganin se encontraba en pie ante la mesa escritorio, cerrando apresuradamente el cajón. Miró alrededor, mostrando los dientes, empujó con la cadera el cajón, y se irguió.

– Dios mío… -murmuró Klara.

Y, retrocediendo, salió de la estancia.

Ganin salió rápidamente tras ella, apagando la luz, y cerrando la puerta con violencia. Apoyada la espalda en la pared del pasillo en penumbra, Klara miró con horror a Ganin, mientras se oprimía las sienes con sus manos gordezuelas. En voz baja, igual que antes, dijo:

– Dios mío, ¿cómo ha podido atreverse…?

Produciendo un lento murmullo jadeante, el ascensor volvía a subir. Con aire de conspirador, Ganin musitó:

– Ya vuelve.

La mirada fija en Ganin, Klara dijo amargamente:

– No, no le delataré. Sin embargo, no comprendo cómo ha podido atreverse a… A fin de cuentas, Aleksey Ivanovich no se encuentra en mejor situación económica que usted. No, no lo comprendo, es como una pesadilla.

Sonriente, Ganin dijo:

– Vayamos a su habitación, Klara, y, si quiere, se lo explicaré todo.

Klara separó la espalda de la pared y, con la cabeza inclinada, se dirigió, seguida de Ganin, al dormitorio 5 de abril. Estaba caliente y olía a buen perfume. En una estantería en la pared había un ejemplar de La isla de los muertos de Böcklins, y sobre la mesa una fotografía en un marco, el rostro de Liudmila, muy retocado. Con un movimiento de la cabeza, Ganin indicó la foto:

– Nos hemos peleado. Si viene a visitarla, no me llame. Todo ha terminado entre nosotros.

Klara se sentó en el diván, doblando las rodillas y colocando las piernas en él. Se cubrió las piernas con un chal. Ganin se sentó a su lado, apoyó un brazo en el respaldo del diván y prosiguió:

– ¿Supongo, Klara, que no habrá hecho la tontería de imaginar que le estaba robando dinero a Alfyorov? Sin embargo, le confieso que no siento el menor deseo de que él se entere de que he estado revolviendo el cajón de su escritorio.

– Entonces, ¿qué hacía? ¿De qué otra cosa podía tratarse? Jamás hubiera imaginado que fuera usted capaz de hacer esto, Lev Glebovich.

– Es usted una chica graciosa…

Ganin había advertido que los ojos de Klara, grandes, dulces y algo saltones, estaban un poco más brillantes de lo normal, y que sus hombros se alzaban y descendían indicando una excesiva excitación, bajo el negro chal. Ganin sonrió:

– Bueno, pues de acuerdo, supongamos que soy un ladrón. En este caso, ¿por qué se altera usted tanto?

Volviendo la cabeza, Klara dijo en voz baja:

– Por favor, váyase.

Ganin se echó a reír y encogió los hombros.

Cuando Ganin hubo cerrado la puerta, después de salir, Klara se echó a llorar, y lloró durante largo rato. Grandes y brillantes lágrimas aparecían rítmicamente en sus pestañas, y resbalaban formando largos regueros por sus mejillas coloreadas por el llanto. Entre sollozos, murmuró:

– ¡Pobre muchacho! ¡Cuán bajo le ha hecho descender la vida! Pero, ¿qué puedo yo hacer?

En el tabique correspondiente al dormitorio de los bailarines sonó un suave golpe. Klara se sonó y escuchó. Volvió a oír el golpe, suave como el terciopelo, femenino. No cabía duda de que lo había propinado Kolin. Entonces se oyeron carcajadas, y alguien exclamó:

– ¡Alec, oh Alec, basta, basta ya!

Y dos voces iniciaron una conversación íntima, en voz baja.

Klara pensó que mañana, como de costumbre, tendría que acudir al trabajo y aporrear las teclas hasta las seis de la tarde, con la vista fija en la línea de letras color malva que iba apareciendo en la página, con el seco sonido en staccato, o, en el caso de que no hubiera trabajo, apoyaría en la Remington un libro prestado y vergonzosamente sucio, y leería. Se preparó una taza de té, cenó distraída, y se desnudó lánguida y lentamente. Desde la cama, oía voces en el dormitorio de Podtyagin. Oyó el sonido que alguien produjo al entrar y salir, luego la voz de Ganin diciendo algo casi a gritos, y la baja voz de Podtyagin, con tristes acentos. Recordó que el viejo poeta había ido esta tarde a efectuar una gestión más para poner en regla su pasaporte, que estaba enfermo del corazón y que la vida transcurría muy aprisa. El próximo viernes, Klara cumpliría veintiséis años. Las voces siguieron sonando y sonando, y Klara tenía la impresión de encontrarse en una móvil casa de cristal que flotaba y se balanceaba. El ruido de los trenes, especialmente fuerte en las habitaciones del otro lado del corredor, también se oía en su dormitorio, y la cama causaba la impresión de ascender y balancearse. Durante unos instantes, vio en su imaginación la espalda de Ganin, inclinado sobre el escritorio, y recordó el momento en que volvió la cabeza, para mirar por encima del hombro, y mostró los dientes. Luego se durmió y tuvo un sueño muy tonto. Al parecer, estaba sentada en un tranvía, al lado de una vieja extraordinariamente parecida a su tía de Lodz, vieja que hablaba, muy aprisa, en alemán; entonces, poco a poco, se dio cuenta de que la vieja no era su tía sino la alegre mujer a quien Klara compraba las naranjas, en el mercado.