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La tarde antes de partir de vuelta a Estados Unidos, los miembros de la expedición del International Geographic estaban reunidos en el palacio de mil habitaciones con la familia real y el general Kunglung, después de asistir a los funerales del rey. Éste había sido incinerado, como era la tradición, y sus cenizas se habían repartido en cuatro antiguos recipientes de alabastro, que los mejores soldados llevaron a lomo de caballo hacia los cuatro puntos cardinales del reino, donde fueron lanzadas al viento. Ni su pueblo ni su familia, que tanto lo amaban, lloraron su muerte, porque creían que el llanto obliga al espíritu a quedarse en el mundo para consolar a los vivos. Lo correcto era demostrar alegría, para que el espíritu se fuera contento a cumplir otro ciclo en la rueda de la reencarnación, evolucionando en cada vida hasta alcanzar finalmente la iluminación y el cielo, o Nirvana.
– Tal vez mi padre nos haga el honor de reencarnarse en nuestro primer hijo -dijo el príncipe Dil Bahadur.
A Pema le tembló la taza de té en las manos, delatando su turbación. La joven vestía enteramente de seda y brocado, con botas de piel y adornos de oro en los brazos y las orejas, pero llevaba la cabeza descubierta, porque estaba orgullosa de haber usado su hermosa cabellera en una causa que le parecía justa. Su ejemplo sirvió para que las otras cuatro muchachas rapadas no se acomplejaran. La larga trenza de cincuenta metros que hicieron con sus cabelleras había sido colocada como ofrenda ante el Gran Buda del palacio, donde la gente hacía peregrinaciones para verla. Tanto se había comentado el asunto y tantas veces fueron mostradas en televisión, que se produjo una reacción histérica y centenares de muchachas se afeitaron la cabeza por imitación, hasta que Dil Bahadur en persona tuvo que aparecer en la pantalla para insinuar que el reino no necesitaba esas pruebas de patriotismo tan extremas. Alexander comentó que en Estados Unidos eso de llevar la cabeza rapada estaba de moda, así como hacerse tatuajes y perforarse las narices, las orejas y el ombligo para ponerse adornos metálicos, pero nadie le creyó.
Estaban todos sentados en un círculo sobre cojines en el suelo, bebiendo chai, el aromático té dulce de India, y tratando de tragar una pésima torta de chocolate que las monjas cocineras del palacio habían inventado para halagar a los visitantes extranjeros. Tschewang, el leopardo real, se había echado junto a Nadia con las orejas gachas. Desde la muerte del rey, su amo, el hermoso felino andaba deprimido. Durante varios días no quiso comer, hasta que Nadia logró convencerlo, en el idioma de los gatos, de que ahora tenía la responsabilidad de cuidar a Dil Bahadur.
– Al despedirse de nosotros para ir a cumplir su misión en el Valle de los Yetis, mi honorable maestro Tensing me entregó algo para ti -dijo Dil Bahadur a Alexander.
– ¿Para mí?
– No exactamente para ti, sino para tu honorable madre -replicó el nuevo rey, pasándole una cajita de madera.
– ¿Qué es esto?
– Excremento de dragón.
– ¿Qué? -preguntaron Alexander, Nadia y Kate al unísono.
– Tiene la reputación de ser una medicina muy poderosa. Posiblemente si la disuelves en un poco de licor de arroz y se la das a tomar, tu honorable madre se mejore de su enfermedad -dijo Dil Bahadur.
– ¡Cómo le voy a dar de comer esto a mi mamá! -exclamó el joven, ofendido.
– Tal vez sería mejor no decirle lo que es. Está petrificado. No es lo mismo que excremento fresco, me parece… En todo caso, Alexander, tiene poderes mágicos. Un trocito de eso me salvó de los puñales de los hombres azules -explicó Dil Bahadur, señalando la piedrecilla que colgaba de una tira de cuero sobre su pecho.
Kate no pudo evitar que se le pusieran los ojos en blanco y una mueca burlona bailara brevemente en sus labios, pero Alexander agradeció conmovido el regalo de su amigo y lo guardó en el bolsillo de su camisa.
– El Dragón de Oro se fundió con la explosión del helicóptero; es una pérdida grave, porque nuestro pueblo cree que la estatua defiende las fronteras y mantiene la prosperidad de la nación -dijo el general Kunglung.
– Tal vez no sea la estatua, sino la sabiduría y prudencia de sus gobernantes las que hayan mantenido a salvo al país -replicó Kate, ofreciéndole con disimulo su torta de chocolate al leopardo, que la olisqueó brevemente, arrugó el hocico en un gesto de repugnancia y enseguida volvió a echarse junto a Nadia.
– ¿Cómo podemos hacerle comprender al pueblo que puede confiar en el joven rey Dil Bahadur, aunque no cuente con el dragón sagrado? -preguntó el general.
– Con todo respeto, honorable general, posiblemente el pueblo tenga otra estatua dentro de poco -dijo la escritora, quien por fin había aprendido a hablar de acuerdo a las normas de cortesía en ese país.
– ¿Tendría la honorable abuelita deseos de explicar a qué se refiere? -interrumpió Dil Bahadur.
– Posiblemente un amigo mío pueda resolver el problema -dijo Kate y procedió a explicar su plan.
Al cabo de varias horas de lucha con la primitiva compañía de teléfonos del Reino Prohibido, la escritora había logrado comunicarse directamente con Isaac Rosenblat en Nueva York, para preguntarle si podía fabricar un dragón similar al anterior, basándose en cuatro fotografías Polaroid, unas imágenes algo borrosas filmadas en video y una descripción detallada que habían dado los bandidos del Escorpión, esperando congraciarse con las autoridades del país.
– ¿Me estás pidiendo que haga una estatua de oro? -preguntó a gritos desde el otro lado del planeta el buen Isaac Rosenblat.
– Sí, más o menos del tamaño de un perro, Isaac. Además hay que incrustarle varios centenares de piedras preciosas, incluyendo diamantes, zafiros, esmeraldas y, por supuesto, un par de rubíes estrella idénticos para los ojos.
– ¿Quién va a pagar todo esto, muchacha, por Dios?
– Un cierto coleccionista que tiene su oficina muy cerca de la tuya, Isaac -replicó Kate Cold, muerta de risa.
La escritora estaba muy orgullosa de su plan. Se había hecho enviar desde Estados Unidos una grabadora especial, que no se vende en el comercio, pero que obtuvo gracias a sus contactos con un agente de la CIA, del cual se había hecho amiga durante un reportaje en Bosnia. Con ese aparato pudo escuchar las minúsculas cintas que Judit Kinski escondía en su bolso. Contenían la información necesaria para descubrir la identidad del cliente llamado el Coleccionista. Con eso Kate pensaba presionarlo. Lo dejaría en paz sólo a cambio de que repusiera la estatua perdida, era lo menos que podía hacer para reparar el daño cometido. El Coleccionista había tomado precauciones para que las llamadas telefónicas no fueran interceptadas, pero no sospechaba que cada uno de los agentes enviados por el Especialista para cerrar el trato grabó las negociaciones. Para Judit esas cintas grabadas eran un seguro de vida, que podía usar si el asunto se ponía demasiado feo; por eso las llevaba siempre consigo, hasta que en la lucha con Tex Armadillo perdió el bolso. Kate Cold sabía que el segundo hombre más rico del mundo no permitiría que la historia de sus tratos con una organización criminal, que incluía el secuestro del monarca de una nación pacífica, apareciera en la prensa y tendría que ceder a sus exigencias.
El plan expuesto por Kate sorprendió mucho a la corte del Reino Prohibido.
– Posiblemente fuera conveniente que la honorable abuelita consultara este asunto con los lamas. Su idea es muy bien intencionada, pero tal vez la acción que pretende sea algo ilegal… -sugirió amablemente Dil Bahadur.
– Tal vez no sea muy legal que digamos, pero el Coleccionista no merece un trato mejor. Déjelo todo en mis manos, Majestad. En este caso se justifica plenamente ensuciar mi karma con un pequeño chantaje. Y a propósito, si no es una impertinencia, ¿puedo preguntar a Su Majestad qué trato recibirá Judit Kinski? -preguntó Kate.
La mujer había sido encontrada, sin conocimiento y entumecida, por uno de los destacamentos enviados en su búsqueda por el general Kunglung. Había vagado por las montañas durante días, perdida y hambrienta, hasta que se le congelaron los pies y ya no pudo seguir. El frío la adormeció y fue quitándole rápidamente los deseos de vivir. Judit Kinski se abandonó a su suerte con una especie de alivio secreto. Después de tantos riesgos y tanta codicia, la tentación de la muerte resultaba dulce. En sus breves momentos de lucidez no venían a su mente los triunfos de su pasado, sino el rostro sereno de Dorji, el rey. ¿Qué razón había para esa tenaz presencia en su memoria? En verdad nunca lo había amado. Fingió hacerlo porque necesitaba que él le entregara el código del Dragón de Oro, nada más. Admitía, sin embargo, su admiración por él. Aquel hombre bondadoso le produjo una profunda impresión. Pensaba que en otras circunstancias, o si ella fuera una mujer diferente, se habría enamorado inevitablemente de él; pero no era el caso, de eso estaba segura. Por lo mismo le extrañaba que el espíritu del rey la acompañara en ese lugar gélido donde esperaba su muerte. Los ojos apacibles y atentos del soberano fueron lo último que vio antes de sumirse en la oscuridad.
La patrulla de soldados la encontró justo a tiempo para salvarle la vida. En ese momento estaba en un hospital, donde la mantenían sedada, después de haberle amputado algunos dedos de los pies y las manos, que se habían congelado.
– Antes de morir, mi padre me ordenó que no condenara a Judit Kinski a prisión. Deseo ofrecer a esa señora la ocasión de mejorar su karma y evolucionar espiritualmente. La enviaré a pasar el resto de su vida en un monasterio budista en la frontera con Tíbet. El clima es algo rudo y está un poco aislado, pero las monjas son muy santas. Me han dicho que se levantan antes que salga el sol, pasan el día meditando y se alimentan apenas con unos granos de arroz -dijo Dil Bahadur.
– ¿Y usted cree que allí Judit alcanzará la sabiduría?
– preguntó Kate, irónica, dándole una mirada de complicidad al general Myar Kunglung.
– Eso depende sólo de ella, honorable abuelita -respondió el príncipe.
– ¿Puedo rogar a Su Majestad que por favor me llame Kate? Ése es mi nombre -pidió la escritora.
– Será un privilegio llamarla por su nombre. Tal vez la honorable abuelita Kate, sus valientes fotógrafos y mis amigos Nadia y Alexander deseen regresar a este humilde reino, donde Perna y yo siempre los estaremos esperando… -dijo el joven rey.
– ¡Claro que sí! -exclamó Alexander, pero un codazo de Nadia le recordó sus modales y agregó-: Aunque posiblemente no merecemos la generosidad de Su Majestad y su digna novia, tal vez tengamos el atrevimiento de aceptar tan honrosa invitación.
Sin poder evitarlo, todos se echaron a reír, incluso las monjas que servían ceremoniosamente el té y el pequeño Borobá, que daba saltos alegres, lanzando pedazos de pastel de chocolate al aire.