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CAPÍTULO DIECIOCHO – LA BATALLA

En el monasterio de Chenthan Dzong se llevaba a cabo la última parte del plan del Especialista. Cuando el helicóptero se posó en el pequeño plano cubierto de nieve, formado en otros tiempos por una avalancha, fue recibido con entusiasmo, porque se trataba de una verdadera proeza. Tex Armadillo había marcado el lugar de aterrizaje con una cruz roja, trazada con un polvo de fresa para hacer refrescos, tal como le había indicado su jefe. Desde el aire la cruz se veía como una moneda de veinticinco centavos, pero al acercarse era una señal perfectamente clara. Además del tamaño reducido de la cancha, lo que obligaba a maniobrar con destreza para que la hélice no se estrellara contra la montaña, el piloto debía navegar entre las corrientes de aire. En ese lugar las cumbres formaban un embudo donde el viento circulaba como un remolino.

El piloto era un héroe de la Fuerza Aérea de Nepal, un hombre de probado valor e integridad, a quien habían ofrecido una pequeña fortuna por recoger «un paquete» y dos personas en ese lugar. No sabía en qué consistía la carga y no sentía particular curiosidad por averiguarlo, le bastaba saber que no se trataba de drogas ni armas. El agente que lo había contactado se había presentado como miembro de un equipo internacional de científicos, que estudiaban muestras de rocas en la región. Las dos personas y el «paquete» debían ser trasladados de Chenthan Dzong a un destino desconocido en el norte de India, donde el piloto recibiría la otra mitad de su pago.

El aspecto de los hombres que lo ayudaron a descender del helicóptero no le gustó. No eran los científicos extranjeros que esperaba, sino unos nómades con la piel azul y expresión patibularia, con media docena de puñales de diferentes formas y tamaños en el cinturón. Detrás llegó un americano con ojos celestes, fríos como un glaciar, quien le dio la bienvenida y lo invitó a tomar una taza de café en el monasterio, mientras los otros echaban el «paquete» al helicóptero. Era un pesado bulto de extraña forma envuelto en lona y amarrado firmemente con cuerdas, que debieron izar entre varios hombres. El piloto supuso que se trataba de las muestras de rocas.

El americano lo condujo a través de varias salas en completa ruina. Los techos apenas se sostenían, la mayor parte de las paredes se había derrumbado, el piso estaba levantado por efecto del terremoto y por raíces que habían surgido en los años de abandono. Un pasto seco y duro surgía entre las grietas. Por todas partes había excrementos de animales, posiblemente tigres y cabras de alta montaña. El americano le explicó al piloto que, en la prisa por escapar del desastre, los monjes guerreros que habitaban el monasterio habían dejado atrás armas, utensilios y algunos objetos de arte. El viento y otros temblores de tierra habían tumbado las estatuas religiosas, que yacían en pedazos por el suelo. Costaba avanzar entre los escombros y cuando el piloto intentó desviarse, el americano lo cogió de un brazo y amable, pero firme, lo llevó al sitio donde habían improvisado una cocinilla, con café instantáneo, leche condensada y galletas.

El héroe de Nepal vio grupos de hombres con la piel teñida de un negro azuloso, pero no vio a una muchacha delgada, toda color de miel, que pasó muy cerca, deslizándose como un espíritu entre las ruinas del antiguo monasterio. Se preguntó quiénes eran esos tipos de mala catadura, con turbantes y túnicas, y qué relación tenían con los supuestos científicos que lo habían contratado. No le gustaba el cariz que había tomado ese trabajo; sospechaba que el asunto tal vez no era tan legal y limpio como se lo habían planteado.

– Debemos partir pronto, porque después de las cuatro de la tarde aumenta el viento -advirtió el piloto.

– No tardaremos mucho. Por favor no se mueva de aquí. El edificio está a punto de caerse, esto es peligroso -replicó Tex Armadillo y lo dejó con una taza en la mano, vigilado de cerca por los hombres de los puñales.

Al otro extremo del monasterio, pasando por i

Tex Armadillo le había dado al rey otra droga para bajar sus defensas y anular su voluntad, pero, gracias al control sobre su cuerpo y su mente, el monarca logró mantenerse en taimado silencio durante el interrogatorio. Armadillo estaba furioso. No podía dar por concluida su misión sin averiguar el código del Dragón de Oro, ése era el acuerdo con el cliente. Sabía que la estatua «cantaba», pero de nada le servirían al Coleccionista esos sonidos sin la fórmula para interpretarlos. En vista de los escasos resultados con la droga, las amenazas y los golpes, el americano informó a su prisionero que torturaría a Judit Kinski hasta que él revelara el secreto o hasta matarla si fuera necesario, en cuyo caso su muerte pesaría en la conciencia y el karma del rey. Sin embargo, cuando se aprestaba a hacerlo, llegó el helicóptero.

– Lamento profundamente que por mi culpa usted se encuentre en esta situación, Judit -murmuró el rey, debilitado por las drogas.

– No es su culpa -lo tranquilizó ella, pero a él le pareció que estaba realmente asustada.

– No puedo permitir que le hagan daño, pero tampoco confío en estos desalmados. Creo que aunque les entregue el código, igual nos matarán a ambos.

– En verdad no temo la muerte, Majestad, sino a la tortura.

– Mi nombre es Dorji. Nadie me ha llamado por mi nombre desde que murió mi esposa, hace muchos años -susurró él.

– Dorji… ¿qué quiere decir?

– Significa rayo o luz verdadera. El rayo simboliza la mente iluminada, pero yo estoy muy lejos de haber alcanzado ese estado.

– Creo que usted merece ese nombre, Dorji. No he conocido a nadie como usted. Carece por completo de vanidad, a pesar de que es el hombre más poderoso de este país -dijo ella.

– Tal vez ésta sea mi única oportunidad de decirle, Judit, que antes de estos desgraciados acontecimientos contemplaba la posibilidad de que usted me acompañara en la misión de cuidar a mi pueblo…

– ¿Qué significa eso exactamente?

– Pensaba pedirle que fuera la reina de este modesto país.

– En otras palabras, que me casara con usted…

– Comprendo que resulta absurdo hablar de eso ahora, cuando estamos a punto de morir, pero ésa era mi intención. He meditado mucho sobre esto. Siento que usted y yo estamos destinados a hacer algo juntos. No sé qué, pero siento que es nuestro karma. No podremos hacerlo en esta vida, pero posiblemente será en otra reencarnación -dijo el rey, sin atreverse a tocarla.

– ¿Otra vida? ¿Cuándo?

– Cien años, mil años, no importa, de todos modos la vida del espíritu es una sola. La vida del cuerpo, en cambio, transcurre como un sueño efímero, es pura ilusión -respondió el rey.

Judit le dio la espalda y fijó la vista en la pared, de modo que el rey ya no podía ver su rostro. El monarca supuso que estaba turbada, como también lo estaba él.

– Usted no me conoce, no sabe cómo soy -murmuró al fin la mujer.

– No puedo leer su aura ni su mente, como desearía, Judit, pero puedo apreciar su clara inteligencia, su gran cultura, su respeto por la naturaleza…

– ¡Pero no puede ver dentro de mí!

– Dentro de usted sólo puede haber belleza y lealtad -le aseguró el monarca.

– La inscripción de su medallón sugiere que el cambio es posible. ¿Usted realmente cree eso, Dorji? ¿Podemos transformarnos por completo? -preguntó Judit, volviéndose para mirarlo a los ojos.

– Lo único cierto es que en este mundo todo cambia constantemente, Judit. El cambio es inevitable, ya que todo es temporal. Sin embargo, a los seres humanos nos cuesta mucho modificar nuestra esencia y evolucionar a un estado superior de consciencia. Los budistas creemos que podemos cambiar por nuestra propia voluntad, si estamos convencidos de una verdad, pero nadie puede obligarnos a hacerlo. Eso es lo que ocurrió con Sidarta Gautama: era un príncipe mimado, pero al ver la miseria del mundo se transformó en Buda -replicó el rey.

– Yo creo que es muy difícil cambiar… ¿Por qué confía en mí?

– Tanto confío en usted, Judit, que estoy dispuesto a decirle cuál es el código del Dragón de Oro. No puedo soportar la idea de que usted sufra y mucho menos por mi culpa. No debo ser yo quien decida cuánto sufrimiento puede soportar usted, ésa es su decisión. Por eso el secreto de los reyes de mi país debe estar en sus manos. Entréguelo a estos malhechores a cambio de su vida, pero por favor, hágalo después de mi muerte -pidió el soberano.

– ¡No se atreverán a matarlo! -exclamó ella.

– Eso no ocurrirá, Judit. Yo mismo pondré fin a mi vida, porque no deseo que mi muerte pese sobre la conciencia de otros. Mi tiempo aquí ha terminado. No se preocupe, será sin violencia, sólo dejaré de respirar -le explicó el rey.

– Escuche atentamente, Judit, le daré el código y usted debe memorizarlo -dijo el rey-. Cuando la interroguen, explique que el Dragón de Oro emite siete sonidos. Cada combinación de cuatro sonidos representa uno de los ochocientos cuarenta ideogramas de un lenguaje perdido, el lenguaje de los yetis.

– ¿Se refiere a los abominables hombres de las nieves? ¿Realmente existen esos seres? -preguntó ella, incrédula.

– Quedan muy pocos y han degenerado, ahora son como animales y se comunican con muy pocas palabras; sin embargo, hace tres mil años tuvieron un lenguaje y una cierta forma de civilización.

– ¿Ese lenguaje está escrito en alguna parte?

– Se preserva en la memoria de cuatro lamas en cuatro diferentes monasterios. Nadie, salvo mi hijo Dil Bahadur y yo, conoce el código completo. Estaba escrito en un pergamino, pero lo robaron los chinos cuando invadieron Tíbet.

– De modo que la persona que tenga el pergamino puede descifrar las profecías… -dijo ella.

– El pergamino está escrito en sánscrito, pero si se moja con leche de yak aparece en otro color un diccionario donde cada ideograma está traducido en la combinación de los cuatro sonidos que lo representan. ¿Comprende, Judit?

– ¡Perfectamente! -irrumpió Tex Armadillo, con una expresión de triunfo y una pistola en la mano-. Todo el mundo tiene su talón de Aquiles, Majestad. Ya ve cómo obtuvimos el código después de todo. Admito que me tenía un poco preocupado, pensé que se llevaría el secreto a la tumba, pero mi jefa resultó mucho más astuta que usted -agregó.

– ¿Qué significa esto? -murmuró el monarca, confundido.