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– Ese cordel que necesitamos no tiene que ser muy firme, ¿verdad? -preguntó Pema.

– No, pero debe ser largo. Lo usaremos sólo para izar una de las cuerdas -replicó Alexander.

– Tal vez nosotras podamos hacerlo… -sugirió ella.

– ¿Cómo? ¿Con qué?

– Todas tenemos el cabello largo. Podemos cortarlo y trenzarlo.

Una expresión de absoluto asombro se fijó en todos los rostros. Las muchachas se llevaron las manos a la cabeza y acariciaron sus largas melenas, que colgaban hasta la cintura. Nunca un par de tijeras tocaba la cabellera de una mujer del Reino Prohibido, porque se consideraba el mayor atributo de belleza y feminidad. Las solteras lo usaban suelto y se lo perfumaban con almizcle y jazmín; las casadas lo untaban con aceite de almendras y lo trenzaban, formando elaborados peinados que decoraban con palillos de plata, turquesas, ámbar y corales. Sólo las monjas renunciaban a sus cabelleras y pasaban sus vidas con la cabeza rapada.

– Tal vez podemos sacar unas veinte trenzas delgadas de cada una. Multiplicado por cinco, son cien trenzas. Digamos que cada una mida cincuenta centímetros, tenemos cincuenta metros de pelo. Posiblemente yo puedo obtener unas veinticuatro de mi cabeza, así es que nos sobraría -explicó Peina.

– Yo también tengo pelo -ofreció Nadia.

– Es muy corto, no creo que sirva -observó Peina.

Una de las muchachas se echó a llorar desconsoladamente. Cortarse el cabello era un sacrificio demasiado grande, no podían pedirle eso, dijo. Peina se sentó junto a ella y procedió a convencerla suavemente de que el cabello era menos importante que las vidas de todos ellos y la seguridad del rey; de todos modos volvería a crecerle.

– Y mientras me crece, ¿cómo voy a mostrarme en público? -sollozó la chica.

– Con inmenso orgullo, porque habrás contribuido a salvar a nuestro país de la Secta del Escorpión -replicó Perra.

Mientras el príncipe y Alexander buscaban raíces y bosta seca de animales para encender una pequeña fogata que los mantuviera tibios durante la noche, Tensing procedió a examinar a Nadia y ajustar sus vendas. Se mostró muy satisfecho: el hombro estaba todavía algo machucado, pero sano, y Nadia no sentía dolor.

Peina usó el cortaplumas suizo de Alexander para cortarse el cabello. Dil Bahadur no pudo mirar, estaba perturbado; le parecía un acto demasiado íntimo, casi doloroso. A medida que caían los sedosos cabellos y aparecía el cuello largo y la nuca frágil de la joven, su belleza se transformaba y Perra quedó parecida a un mozalbete.

– Ahora puedo mendigar como una monja -se rió, señalando la túnica del príncipe, que llevaba puesta, y su cabeza, donde se levantaban algunos mechones entre las peladuras.

Las demás muchachas tomaron el cortaplumas y procedieron a raparse unas a otras. Luego se sentaron en círculo a trenzar una fina cuerda negra y brillante, con olor a almizcle y jazmín.

Descansaron lo mejor que las circunstancias permitían en el estrecho refugio de las rocas. En el Reino del Dragón de Oro no se usaba el contacto físico entre personas de diferente sexo, excepto en el caso de los niños, pero esa noche tuvieron que hacerlo, porque hacía mucho frío y no contaban con más abrigo que la ropa sobre sus cuerpos y dos pieles de yak. Tensing y Dil Bahadur habían vivido en las cumbres y resistían el clima mucho mejor que los demás. También estaban acostumbrados a pasar privaciones, así es que cedieron las pieles y las porciones mayores de alimento a las muchachas. Alexander los imitó, aunque le sonaban las tripas de hambre, porque no quiso ser menos que los otros dos hombres. También repartió en minúsculos trocitos una barra de chocolate que encontró aplastada al fondo de su mochila.

Como disponían de muy poco combustible, debían mantener el fuego muy bajo, pero esas débiles llamas les ofrecían cierta seguridad. Al menos alejarían a los tigres y los leopardos de nieve que habitaban esos montes. En una escudilla calentaron agua y prepararon té con manteca y sal, lo que los ayudó a soportar los rigores de la noche.

Durmieron apelotonados como cachorros, dándose calor unos a otros, protegidos del viento por la grieta donde se hallaban. Dil Bahadur no se atrevió a colocarse cerca de Pema, como deseaba, porque temió la mirada burlona de su maestro. Se dio cuenta de que había evitado informarla de que el rey era su padre y que él no era un monje común y corriente. Le pareció que no era el momento de hacerlo, pero por otra parte sentía que esa omisión era tan grave como engañarla. Alexander, Nadia y Borobá se acomodaron en estrecho abrazo y durmieron profundamente hasta que el primer rayo del alba se insinuó en el horizonte.

Tensing dirigió la primera oración de la mañana y recitaron en coro Om mani padme hum varias veces. No adoraban una deidad, puesto que Buda era sólo un ser humano que había alcanzado la «iluminación» o suprema comprensión; enviaban sus oraciones como rayos de energía positiva al espacio infinito y al espíritu que reina en todo lo que existe. A Alexander, quien había crecido en una familia de agnósticos, donde no se practicaba ninguna religión, le maravillaba que en el Reino Prohibido hasta los actos más cotidianos estaban impregnados de un sentido divino. La religión en ese país era una forma de vida; cada persona cuidaba al Buda que llevaba dentro. Se sorprendió recitando el mantra sagrado con verdadero entusiasmo.

El lama bendijo los alimentos y los repartió, mientras Nadia circulaba las dos escudillas con té caliente.

– Posiblemente éste será un hermoso día, soleado y sin viento -anunció Tensing, escrutando el cielo.

– Tal vez si el honorable maestro lo ordenase, podríamos empezar lo antes posible, porque el camino hasta el valle será largo -sugirió Pema.

– Creo que, con un poco de suerte, en menos de una hora ustedes estarán abajo -dijo Alexander alistando su equipo.

Poco después comenzó el descenso. Alexander se colocó el equipo y bajó como un insecto en pocos minutos hasta la terraza que asomaba en medio de la pared vertical del abismo. Perna manifestó que deseaba ser la primera en seguirlo. Dil Bahadur recogió la cuerda y le puso el arnés a Pema, explicándole una vez más el mecanismo de los ganchos.

– Debes ir soltándote de a poco. Si hay un problema, no te asustes, porque yo te sujetaré con la segunda cuerda hasta que recuperes el ritmo, ¿entendido? -dijo.

– Tal vez sería conveniente que no mirases hacia abajo. Te sostendremos con nuestro pensamiento -añadió Tensing, retirándose un par de pasos para concentrarse en enviar energía mental a Pema. Dil Bahadur pasó por su cintura la cuerda, que estaba fija a una grieta en la roca con un aparato metálico, y le hizo señas a Pema de que estaba listo. Ella se aproximó al abismo y sonrió para disimular el pánico que la asaltaba.-Espero que nos volvamos a ver -susurró Dil Bahadur, sin atreverse a decir más por miedo a descubrir el secreto de amor que lo ahogaba desde que la vio por vez primera.

– Así lo espero yo también. Elevaré mis oraciones y haré ofrendas para que puedan salvar al rey… Cuídate -replicó ella, conmovida.

Pema cerró brevemente los ojos, encomendó su alma al cielo y se lanzó al vacío. Cayó como una piedra durante varios metros, hasta que logró controlar el gancho que tensaba la cuerda. Una vez que aprendió el mecanismo y adquirió ritmo, pudo continuar el descenso cada vez con más seguridad. Con las piernas se separaba de las rocas y se daba impulso. Su túnica flotaba en el aire y desde arriba parecía un murciélago. Antes de lo que esperaba, sintió la voz de Alexander indicándole que faltaba muy poco.

– ¡Perfecto! -exclamó el muchacho cuando la recibió en los brazos.

– ¿Eso es todo? Terminó justo cuando empezaba a gustarme -replicó ella.

La terraza era tan angosta y expuesta, que un ventarrón los habría desequilibrado, pero, tal como había anunciado Tensing, el clima ayudaba. Desde arriba izaron el arnés y se lo pusieron a otra de las muchachas. Estaba aterrada y no tenía el carácter de Pema, pero el lama le clavó sus ojos hipnóticos y logró tranquilizarla. Una a una descendieron las cuatro jóvenes sin mayores problemas, porque cada vez que se atascaban o se soltaban Dil Bahadur las sostenía con la cuerda de seguridad. Cuando todas estuvieron en el delgado borde de la montaña resultaba difícil moverse, porque el peligro de rodar al abismo era enorme. Alexander había previsto esa dificultad y el día anterior había colocado varios ganchos para que pudieran sujetarse. Estaban listos para iniciar la segunda parte del descenso.

Dil Bahadur soltó las dos cuerdas, que Alexander utilizó para repetir la misma operación desde la terraza hasta el pie del precipicio. Esta vez Pema no tenía quien la recibiera abajo, pero había adquirido confianza y se lanzó sin vacilar. Poco después la siguieron sus compañeras.

Alexander les hizo una seña de adiós, deseando con todo su corazón que esas cuatro muchachas de aspecto tan frágil, ataviadas de fiesta y con sandalias doradas, guiadas por otra vestida de monja, pudieran encontrar el camino hasta la primera aldea. Las vio alejarse cerro abajo hacia el valle hasta que se convirtieron en puntos diminutos y luego desaparecieron. El Reino del Dragón de Oro contaba con muy pocas rutas para vehículos y muchas de ellas eran intransitables durante las lluvias intensas o las tormentas de nieve, pero en esa época no había problema. Si las muchachas lograban llegar a un camino, seguramente alguien las recogería.

Alexander hizo una seña y Dil Bahadur soltó la larga trenza de cabello negro con una piedra atada en el extremo. Después de maniobrar un poco desde arriba para dirigirla, cayó en la terraza, donde la recogió Alexander. Enrolló una cuerda y se la colgó en la cintura, luego ató la segunda a la trenza e indicó con señas que la izaran. Dil Bahadur tiró de la trenza cuidadosamente, hasta que recibió el extremo de la cuerda en la cima del acantilado, la ató a un gancho y Alexander inició el ascenso.