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El príncipe, de mediana estatura y delgado, contrastaba con el tamaño de Tensing, quien provenía de la región oriental de Tíbet, donde la gente es extraordinariamente alta. El lama medía más de dos metros de altura y había pasado su existencia dedicado por igual a la práctica espiritual y al ejercicio físico. Era un gigante con músculos de levantador de pesas.
– Perdóname si he sido demasiado brusco, Dil Bahadur. Posiblemente en vidas anteriores fui un cruel guerrero -dijo Tensing, en tono de disculpa, la quinta vez que derribó a su alumno.
– Posiblemente en vidas anteriores yo fui una frágil doncella -replicó Dil Bahadur, aplastado en el suelo, jadeando.
– Tal vez sería conveniente que no trataras de dominar tu cuerpo con la mente. Debes ser como el tigre del Himalaya, puro instinto y determinación… -sugirió el lama.
– Tal vez nunca seré tan fuerte como mi honorable maestro -dijo el joven, poniéndose de pie con alguna dificultad.
– La tormenta arranca del suelo al fornido roble, pero no al junco, porque éste se dobla. No calcules mi fuerza, sino mis debilidades.
– Tal vez mi maestro no tiene debilidades -sonrió Dil Bahadur, asumiendo la actitud de defensa.
– Mi fuerza es también mi debilidad, Dil Bahadur. Debes usarla contra mí.
Segundos después ciento cincuenta kilos de músculo y huesos volaban por el aire en dirección al príncipe. Esta vez, sin embargo, Dil Bahadur salió al encuentro de la masa que se le venía encima con la gracia de un bailarín. En el instante en que los dos cuerpos hicieron contacto, dio un leve giro a la izquierda, esquivando el peso de Tensing, quien cayó al suelo, rodando hábilmente sobre un hombro y un costado. De inmediato se puso de pie con un salto formidable y volvió al ataque. Dil Bahadur lo estaba esperando. A pesar de su corpulencia, el lama se elevó como un felino, trazando un arco en el aire, pero no alcanzó a tocar al joven, porque cuando su pierna se disparó en una feroz patada, éste ya no se encontraba allí para recibirla. En una fracción de segundo Dil Bahadur estaba detrás de su oponente y le dio un breve golpe seco en la nuca. Era uno de los pases del tao-shu, que podía paralizar de inmediato y hasta matar, pero la fuerza estaba calculada para tumbarlo sin hacerle daño.
– Posiblemente Dil Bahadur fue una doncella guerrera en vidas pasadas -dijo Tensing, poniéndose de pie, muy complacido, y saludando a su alumno con una inclinación profunda.
– Tal vez mi honorable maestro olvidó las virtudes del junco -sonrió el joven, saludando también.
En ese momento una sombra se proyectó en el suelo y ambos levantaron la vista: sobre sus cabezas volaba en círculos el mismo pájaro blanco que habían visto horas antes.
– ¿Notas algo extraño en esa águila? -preguntó el lama.
– Tal vez me falla la vista, maestro, pero no le veo el aura.
– Yo tampoco…
– ¿Qué significa eso? -inquirió el joven.
– Dime tú lo que significa, Dil Bahadur.
– Si no podemos verla, es porque tal vez no la tiene, maestro.
– Ésa es una conclusión muy sabia -se burló el lama. -¿Cómo puede ser que no tenga aura? -Posiblemente sea una proyección mental -sugirió Tensing.
– Tratemos de comunicarnos con ella -dijo Dil Bahadur.
Los dos cerraron los ojos y abrieron la mente y el corazón para recibir la energía de la poderosa ave que giraba por encima de sus cabezas. Durante varios minutos permanecieron así. Tan fuerte era la presencia del pájaro, que sentían vibraciones en la piel.
– ¿Le dice algo a usted, maestro?
– Sólo siento su angustia y su confusión. No puedo descifrar un mensaje. ¿Y tú?
– Tampoco.
– No sé lo que esto significa, Dil Bahadur, pero hay una razón por la cual el águila nos busca -concluyó Tensing, quien jamás había tenido una experiencia así y parecía perturbado.