Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 27 из 56

Pasaron por una parte separada del jardín, donde la exuberancia de las flores había desaparecido. Era un sencillo patio de arena y rocas, donde un monje muy anciano trazaba un diseño con un rastrillo. El rey explicó a Judit Kinski que había copiado la idea de ciertos jardines de los monasterios zen que había visitado en Japón. Más allá atravesaron un puente de madera tallada. El riachuelo producía un sonido musical al correr sobre las piedras. Llegaron a una pequeña pagoda, en la que se efectuaba la ceremonia del té, donde los esperaba otro monje, que los saludó con una inclinación. Mientras ella se quitaba los zapatos, continuaron conversando.

– No deseo ser impertinente, Majestad, pero adivino que la desaparición de esas muchachas debe ser un golpe muy duro para su nación… -dijo Judit.

– Tal vez… -replicó el soberano, y por primera vez ella vio que cambiaba su expresión y un surco profundo le cruzaba el entrecejo.

– ¿No hay algo que se pueda hacer? Algo más que la acción militar, me refiero…

– ¿Qué quiere decir, señorita Kinski?

– Por favor, Majestad, llámeme Judit.

– Judit es un bello nombre. Desgraciadamente a mí nadie me llama por mi nombre. Me temo que es una exigencia del protocolo.

– En una ocasión tan grave como ésta, posiblemente el Dragón de Oro sería de inmensa utilidad, si es que la leyenda de sus poderes mágicos es cierta -sugirió ella.

– El Dragón de Oro se consulta sólo para los asuntos que conciernen al bienestar y la seguridad de este reino, Judit.

– Disculpe mi atrevimiento, Majestad, pero tal vez éste sea uno de esos asuntos. Si sus ciudadanos desaparecen, quiere decir que no cuentan con bienestar ni seguridad… -insistió ella.

– Posiblemente tenga usted razón -admitió el rey, cabizbajo.

Entraron a la pagoda y se sentaron en el suelo frente al monje. Reinaba una suave penumbra en la habitación circular de madera, apenas iluminada por unas brasas donde hervía agua en un antiguo recipiente de hierro. Permanecieron meditando en silencio, mientras el monje realizaba paso a paso la larga y lenta ceremonia, que consistía simplemente en servir té verde y amargo en dos pocillos de barro.