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En un descuido de la guardiana, Nadia envolvió a Perra con su chaqueta y le susurró al oído que no se desesperara, que ya encontrarían la forma de salir de ese atolladero. Perra tiritaba, pero había logrado calmarse; sus hermosos ojos negros, antes siempre sonrientes, ahora reflejaban coraje y determinación. Nadia le apretó la mano y las dos se sintieron fortalecidas por la presencia de la otra.
Uno de los hombres del Escorpión no le quitaba los ojos de encima a Perra, impresionado por su gracia y dignidad. Se acercó al grupo de aterrorizadas muchachas y se plantó delante de Perra con una mano en la empuñadura de su puñal. Llevaba la misma sucia túnica oscura, el turbante grasiento, la barba desaliñada, la piel del extraño tono negro azulado y los dientes negros de betel de todos los demás, pero su actitud irradiaba autoridad y los otros lo respetaban. Parecía ser el jefe.
Pema se puso de pie y sostuvo la cruel mirada del guerrero. Él estiró la mano y cogió el largo cabello de la muchacha, que se deslizó como seda entre sus dedos inmundos. Un tenue perfume de jazmín se desprendió del cabello. El hombre pareció desconcertado, casi conmovido, como si jamás hubiera tocado algo tan precioso. Perra hizo un brusco movimiento de la cabeza, desprendiéndose. Si tenía miedo, no lo manifestó; por el contrario, su expresión era tan desafiante, que la mujerona de la cicatriz, los otros bandidos y hasta las niñas, permanecieron inmóviles, seguros de que el guerrero golpearía a su insolente prisionera, pero, ante la sorpresa general, éste soltó una seca risotada y dio un paso atrás. Lanzó un escupitajo al suelo, a los pies de Pema, luego regresó junto a sus compinches, que estaban en cuclillas cerca del fuego. Bebían sorbos de sus cantimploras, masticaban las rojas nueces de betel, escupían y hablaban en torno a un mapa desplegado en el suelo.
Nadia supuso que era el mismo mapa o uno similar al que había vislumbrado en el Fuerte Rojo. No comprendía lo que hablaban, porque los brutales acontecimientos de las últimas horas la habían alterado de tal modo, que no podía «escuchar con el corazón». Perra le dijo al oído que usaban un dialecto del norte de India y que ella podía entender algunas palabras: dragón, rutas, monasterio, americano, rey.
No pudieron seguir hablando, porque la mujer de la cicatriz, que las había oído, se acercó blandiendo su látigo.
– ¡Cállense! -rugió.
Las chicas empezaron a gemir de miedo, menos Perra y Nadia, que se mantuvieron impasibles, pero bajaron la vista para no provocarla. Cuando la carcelera se distrajo, Pema le contó al oído a Nadia que las mujeres abandonadas por los hombres azules tenían siempre un escorpión grabado a fuego en la frente y muchas eran mudas, porque les habían cortado la lengua. Estremecidas de horror, ya no volvieron a hablar, pero se comunicaban con miradas.
Las otras cuatro muchachas, que habían sido llevadas a la cueva poco antes, estaban en tal estado de pánico, que Nadia supuso que sabían algo que ella ignoraba, pero no se atrevió a preguntar. Se dio cuenta de que Perra también sabía lo que les esperaba, pero era valiente y estaba dispuesta a luchar por su vida. Pronto las otras chicas se contagiaron del valor de Perra y, sin ponerse de acuerdo, se fueron acercando a ella, buscando protección. A Nadia la invadió una mezcla de admiración por su amiga y de angustia por no poder comunicarse con las demás chicas, que no hablaban una palabra de inglés. Lamentó ser tan diferente a ellas.
Uno de los guerreros azules dio una orden y la mujer de la cicatriz olvidó por un momento a las cautivas para obedecerle. Sirvió en unas escudillas el contenido de una olla negra que colgaba sobre el fuego y las pasó a los hombres. A otra orden del jefe, sirvió a regañadientes a las prisioneras.
Nadia recibió una cazuela de latón, donde humeaba una mazamorra gris. Una oleada de ajo le dio en la nariz y apenas pudo contener el sobresalto de su estómago. Debía alimentarse, decidió, porque necesitaría todas sus fuerzas para escapar. Le hizo una seña a Pema y ambas se llevaron el plato a la boca. Ninguna de las dos tenía intención de resignarse a su suerte.