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A la escritora se le cayó la linterna de la mano. Sintió que los huesos se le ponían blandos como budín y un grito visceral se le quedó atravesado en la boca. Un solo arañazo de las garras de un león rasgaría la delgada tela de nailon y el felino les caería encima. No sería la primera vez que un turista moría así en un safari. Durante las excursiones había visto leones de tan cerca que pudo contarles los dientes; decidió que no le gustaría sufrirlos en carne propia. Pasó fugazmente por su mente la imagen de los primeros cristianos en el coliseo romano, condenados a morir devorados por esas fieras. El sudor le corría por la cara mientras buscaba la linterna en el suelo, enredada en la red del mosquitero que protegía su catre. Oyó un ronroneo de gato grande y nuevos arañazos.

Esta vez se estremeció la carpa, como si le hubiera caído un árbol encima. Aterrada, Kate alcanzó a darse cuenta de que Nadia también emitía un ruido de gato. Por fin encontró la linterna y sus dedos temblorosos y mojados lograron encenderla. Entonces vio a la muchacha en cuclillas, con la cara muy cerca de la tela de la tienda, embelesada en un intercambio de ronroneos con la fiera que se encontraba al otro lado. El grito atascado adentro de Kate salió convertido en un terrible alarido, que pilló a Nadia de sorpresa y la tiró de espaldas. La zarpa de Kate cogió a la joven por un brazo y empezó a halarla. Nuevos gritos, acompañados esta vez por pavorosos rugidos de leones, rompieron la quietud del campamento.

En pocos segundos, empleados y visitantes se encontraban fuera, a pesar de las instrucciones precisas de Michael Mushaha, quien les había advertido mil veces de los peligros de salir de las tiendas de noche. A tirones, Kate consiguió arrastrar a Nadia hacia fuera, mientras la chica pataleaba tratando de librarse. Media carpa se desmoronó en el jaleo y uno de los mosquiteros se desprendió y les cayó encima, envolviéndolas; parecían dos larvas luchando por salir del capullo. Alexander, el primero en llegar, corrió a su lado y trató de desprenderlas del mosquitero. Una vez libre, Nadia lo empujó, furiosa porque habían interrumpido de manera tan brutal su conversación con los leones.

Entretanto Mushaha disparó al aire y los rugidos de las fieras se alejaron. Los empleados encendieron algunos faroles, empuñaron sus armas y partieron a explorar los alrededores. Para entonces los elefantes se habían alborotado y los cuidadores procuraban calmarlos antes de que salieran en estampida de los corrales y arremetieran contra el campamento. Frenéticos por el olor de los leones, los tres chimpancés pigmeos daban chillidos y se colgaban del primero que se pusiera cerca. Entretanto Borobá se había encaramado sobre la cabeza de Alexander, quien intentaba inútilmente quitárselo de encima tirándole de la cola. En aquella confusión nadie comprendía qué había sucedido.

Joel González salió gritando despavorido.

– ¡Serpientes! ¡Una pitón!

– ¡Son leones! -le corrigió Kate.

Joel se detuvo en seco, desorientado.

– ¿No son culebras? -vaciló.

– ¡No, son leones! -repitió Kate.

– ¿Y por eso me despertaron? -masculló el fotógrafo.

– ¡Cúbrase las vergüenzas, hombre, por Dios! -se burló Angie Ninderera, quien apareció en pijama.

Recién entonces Joel González se dio cuenta de que estaba completamente desnudo; retrocedió hacia su tienda, tapándose con las dos manos.

Michael Mushaha regresó poco después con la noticia de que había huellas de varios leones en los alrededores y de que la tienda de Kate y Nadia estaba rasgada.

– Ésta es la primera vez que ocurre algo así en el campamento. Jamás esos animales nos habían atacado -comentó, preocupado.

– ¡No nos atacaron! -lo interrumpió Nadia.

– ¡Ah! ¡Entonces fue una visita de cortesía! -dijo Kate, indignada.

– ¡Vinieron a saludar! ¡Si no te pones a chillar, Kate, todavía estaríamos hablando!

Nadia dio media vuelta y se refugió en su tienda, a la cual debió entrar arrastrándose, porque sólo quedaban dos esquinas en pie.

– No le hagan caso, es la adolescencia. Ya se le pasará, todo el mundo se cura de eso -opinó Joel González, quien había reaparecido envuelto en una toalla.

Los demás se quedaron comentando y ya nadie volvió a dormir. Atizaron las fogatas y mantuvieron los faroles encendidos. Borobá y los tres chimpancés pigmeos, todavía muertos de miedo, se instalaron lo más lejos posible de la tienda de Nadia, donde permanecía el olor de las fieras. Poco después se oyó el aleteo de los murciélagos anunciando el alba, entonces los cocineros comenzaron a colar el café y preparar los huevos con tocino del desayuno.

– Nunca te había visto tan nerviosa. Con la edad te estás ablandando, abuela -dijo Alexander, pasándole la primera taza de café a Kate.

– No me llames abuela, Alexander.

– Y tú no me llames Alexander, mi nombre es Jaguar, al menos para mi familia y los amigos.

– ¡Bah, déjame en paz, mocoso! -replicó ella, quemándose los labios con el primer sorbo del humeante brebaje.