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– Los pigmeos y los bantúes no se acercan por ningún motivo a este lugar y los soldados de Mbembelé son todavía más supersticiosos, ésos ni siquiera entran al bosque. Explícame quién hizo este sendero -le exigió Nadia.

– No lo sé, pero lo averiguaremos.

Al cabo de una media hora de caminata se encontraron de pronto en un claro del bosque, frente a un grueso y alto muro circular construido con piedras, troncos, paja y barro. Colgando en el muro había cabezas disecadas de animales, calaveras y huesos, máscaras, figuras talladas en madera, vasijas de barro y amuletos. No se veía puerta alguna, pero descubrieron un hueco redondo, de unos ochenta centímetros de diámetro, colocado a cierta altura.

– Creo que las ancianas que traen los cadáveres los echan por ese hueco. Al otro lado debe haber pilas de huesos -dijo Alexander.

Nadia no alcanzaba la apertura, pero él era más alto y pudo asomarse.

– ¿Qué hay? -preguntó ella.

– No veo bien. Mandemos a Borobá a investigar.

– ¡Cómo se te ocurre! Borobá no puede ir solo. Vamos todos o no va ninguno -decidió Nadia.

– Espérame aquí, vuelvo enseguida -respondió Alexander.

– Prefiero ir contigo.

Alexander calculó que si se deslizaba a través del hoyo caería de cabeza. No sabía qué iba a encontrar al otro lado; era mejor trepar el muro, un juego de niños para él, dada su experiencia en montañismo. La textura irregular de la pared facilitaba el ascenso y en menos de dos minutos estaba a horcajadas sobre la pared, mientras Nadia y Borobá aguardaban abajo, bastante nerviosos.

– Es como un villorrio abandonado, parece antiguo, nunca he visto nada parecido -dijo Alexander.

– ¿Hay esqueletos? -preguntó Nadia.

– No. Se ve limpio y vacío. Tal vez no introducen los cuerpos por la apertura, como pensábamos…

Con ayuda de su amigo Nadia saltó también al otro lado. Borobá vaciló, pero el temor de quedarse solo lo impulsó a seguirla; nunca se separaba de su ama.

A primera vista la aldea de los antepasados parecía un conjunto de hornos de barro y piedras colocados en círculos concéntricos, en perfecta simetría. Cada una de esas construcciones redondas tenía un hoyo a modo de portezuela, cerrado con trozos de tela o cortezas de árbol. No había estatuas, muñecos ni amuletos. La vida parecía haberse detenido en el recinto cercado por el alto muro. Allí la jungla no penetraba y hasta la temperatura era diferente. Reinaba un silencio inexplicable, no se oía la algarabía de monos y pájaros del bosque, ni el repicar de la lluvia, ni el murmullo de la brisa entre las hojas de los árboles. La quietud era absoluta.

– Son tumbas, allí deben poner a los difuntos. Vamos a investigar -decidió Alexander.

Al levantar algunas de las cortinas que tapaban las entradas, vieron que adentro había restos humanos colocados en orden, como una pirámide. Eran esqueletos secos y quebradizos, que tal vez habían estado allí por cientos de años. Algunas chozas estaban llenas de huesos, otras a medias y algunas permanecían vacías.

– ¡Qué cosa tan macabra! -observó Alexander con un estremecimiento.

– No entiendo, Jaguar… Si nadie entra aquí, ¿cómo es que hay tanto orden y limpieza? -preguntó Nadia.

– Es muy misterioso -admitió su amigo.