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Se hallaban en una choza grande de barro con piso de tierra apisonada, sin muebles de ninguna clase. En los muros vieron dos cabezas embalsamadas de leopardo y en un rincón un altar con fetiches de vudú. En otro rincón, sobre un tapiz rojo, había un refrigerador y un televisor, símbolos de riqueza y modernidad, pero inútiles porque en Ngoubé no había electricidad. La estancia tenía dos puertas y varios huecos por los cuales entraba un poco de luz.
En ese instante se oyeron unas voces y al punto los soldados se cuadraron. Los extranjeros se volvieron hacia una de las puertas, por donde hizo su entrada un hombre con aspecto de gladiador. No les cupo duda de que se trataba del célebre Maurice Mbembelé. Era muy alto y fornido, con musculatura de levantador de pesas, cuello y hombros descomunales, pómulos marcados, labios gruesos y bien delineados, una nariz quebrada de boxeador, el cráneo afeitado. No le vieron los ojos, porque usaba lentes de sol con vidrios de espejo, que le daban un aspecto particularmente siniestro. Vestía pantalón del ejército, botas, un ancho cinturón de cuero negro y llevaba el torso desnudo. Lucía las cicatrices de la Hermandad del Leopardo y tiras de piel del mismo animal en los brazos. Le acompañaban dos soldados casi tan altos como él.
Al ver los poderosos músculos del comandante, Angie quedó boquiabierta de admiración; de un plumazo se le borró la furia y se avergonzó como una colegiala. Kate Cold comprendió que estaba a punto de perder a su mejor aliada y dio un paso al frente.
– Comandante Mbembelé, presumo -dijo.
El hombre no contestó, se limitó a observar al grupo de forasteros con inescrutable expresión, como si llevara una máscara.
– Comandante, dos personas de nuestro equipo han desaparecido -anunció Kate.
El militar acogió la noticia con un silencio helado.
– Son los dos jóvenes, mi nieto Alexander y su amiga Nadia -agregó Kate.
– Queremos saber dónde están -agregó Angie cuando se recuperó del flechazo apasionado que la había dejado temporalmente muda.
– No pueden haber ido muy lejos, deben estar en la aldea… -farfulló Kate.
La escritora tenía la sensación de que iba hundiéndose en un barrizal; había perdido pie, su voz temblaba. El silencio se hizo insoportable. Al cabo de un minuto completo, que pareció interminable, oyeron por fin la voz firme del comandante.
– Los guardias que se descuidaron serán castigados.
Eso fue todo. Dio media vuelta y se fue por donde había llegado, seguido por sus dos acompañantes y por los que habían maltratado a Kate. Iban riéndose y comentando. El hermano Fernando y Angie captaron parte del chiste: los muchachos blancos que escaparon eran verdaderamente estúpidos: morirían en el bosque devorados por fieras o por fantasmas.
En vista de que nadie los vigilaba ni parecía interesado en ellos,
Kate y sus compañeros regresaron a la choza que les habían asignado como vivienda.
– ¡Estos muchachos se esfumaron! ¡Siempre me causan problemas! Juro que me las van a pagar! -exclamó Kate, mesándose las cortas mechas grises que coronaban su cabeza.
– No jure, mujer. Recemos mejor -propuso el hermano Fernando.
Se hincó entre las cucarachas, que paseaban tranquilas por el piso, y comenzó a orar. Nadie lo imitó, estaban ocupados haciendo conjeturas y trazando planes.
Angie opinaba que lo único razonable era negociar con el rey para que les facilitara un bote, única forma de salir de la aldea. Joel González creía que el rey no mandaba en la aldea, sino el comandante Mbembelé, quien no parecía dispuesto a ayudarlos, de modo que tal vez convenía conseguir que los pigmeos los guiaran por los senderos secretos del bosque, que sólo ellos conocían. Kate no pensaba moverse mientras no volvieran los jóvenes.
De pronto el hermano Fernando, quien aún estaba de rodillas, intervino para mostrarles una hoja de papel que había encontrado sobre uno de los bultos al hincarse a rezar. Kate se la arrebató de la mano y se acercó a uno de los ventanucos por donde entraba luz.
– ¡Es de Alexander!
Con voz quebrada la escritora leyó el breve mensaje de su nieto: «Nadia y yo trataremos de ayudar a los pigmeos. Distraigan a Kosongo. No se preocupen, volveremos pronto».
– Estos chicos están locos -comentó Joel González.
– No, éste es su estado natural. ¿Qué podemos hacer? -gimió la abuela.
– No diga que oremos, hermano Fernando. ¡Debe haber algo más práctico que podamos hacer! -exclamó Angie.
– No sé qué hará usted, señorita. Lo que es yo, confío en que los chavales volverán. Aprovecharé el tiempo para averiguar la suerte de los hermanos misioneros -replicó el hombre, poniéndose de pie y sacudiéndose las cucarachas de los pantalones.