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El ruido de los motores era un obstáculo serio para la conversación, pero Alexander y Nadia insistían en hablar a gritos. El hermano Fernando respondía a sus incesantes preguntas en el mismo tono. Se dirigían a los bosques de una zona cercana a la línea ecuatorial, dijo. Algunos audaces exploradores del siglo XIX y los colonizadores franceses y belgas en el siglo XX penetraron brevemente en aquel infierno verde, pero era tan alta la mortalidad -ocho de cada diez hombres perecía por fiebres tropicales, crímenes o accidentes- que debieron retroceder. Después de la independencia, cuando los colonos extranjeros se retiraron del país, sucesivos gobiernos extendieron sus tentáculos hacia las aldeas más remotas. Construyeron algunos caminos, enviaron soldados, maestros, médicos y burócratas, pero la jungla y las terribles enfermedades detenían a la civilización. Los misioneros, determinados a extender el cristianismo a cualquier precio, fueron los únicos que perseveraron en el propósito de echar raíces en aquella infernal región.

– Hay menos de un habitante por kilómetro cuadrado y la población se concentra cerca de los ríos, el resto está deshabitado -explicó el hermano Fernando-. Nadie entra a los pantanos. Los nativos aseguran que allí viven los espíritus y todavía hay dinosaurios.

– ¡Parece fascinante! -dijo Alexander.

La descripción del misionero se parecía al África mitológica que él había visualizado cuando su abuela le anunció el viaje. Se llevó una desilusión cuando llegaron a Nairobi y se encontró en una moderna ciudad de altos edificios y bullicioso tráfico. Lo más parecido a un guerrero que vio fue la tribu de nómadas que llegó con el niño enfermo al campamento de Mushaha. Hasta los elefantes del safari le parecieron demasiado mansos. Cuando se lo comentó a Nadia, ella se encogió de hombros, sin entender por qué él se sintió defraudado con su primera impresión de África. Ella no esperaba nada en particular. Alexander concluyó que si África hubiera estado poblada por extraterrestres, Nadia los habría asumido con la mayor naturalidad, porque nunca anticipaba nada. Tal vez ahora, en el sitio marcado en el mapa del hermano Fernando, encontraría la tierra mágica que había imaginado.

Al cabo de varias horas de vuelo sin inconvenientes, salvo el cansancio, la sed y el mareo de los pasajeros, Angie comenzó a bajar entre delgadas nubes. La pilota señaló abajo un inacabable terreno verde, donde podía distinguirse la sinuosa línea de un río. No se vislumbraba señal alguna de vida humana, pero estaban todavía a demasiada altura para ver aldeas, en caso de que las hubiera.

– ¡Allí es, estoy seguro! -gritó el hermano Fernando de pronto.

– ¡Se lo advertí, hombre, ahí no hay donde aterrizar! -le respondió Angie también a gritos.

– Descienda usted a tierra, señorita, y Dios proveerá -aseguró el misionero.

– ¡Más vale que lo haga, porque tenemos que echar gasolina!

El Súper Halcón comenzó a bajar en grandes círculos. A medida que se acercaban al suelo, los pasajeros comprobaron que el río era mucho más ancho de lo que parecía visto desde arriba. Angie Ninderera explicó que hacia el sur podrían encontrar aldeas, pero el hermano Fernando insistió en que debía enfilar más bien hacia el noroeste, hacia la región donde sus compañeros habían instalado la misión. Ella dio un par de vueltas, cada vez más cerca del suelo.

– ¡Estamos malgastando la poca gasolina que nos queda! Voy hacia el sur -decidió finalmente.

– ¡Allí, Angie! -señaló de súbito Kate.

A un lado del río surgió como por encantamiento la franja despejada de una playa.

– La pista es muy angosta y corta, Angie -le advirtió Kate.

– Sólo necesito doscientos metros, pero creo que no los tenemos -replicó Angie.

Dio una vuelta a baja altura para medir la playa al ojo y buscar el mejor ángulo para la maniobra.

– No será la primera vez que aterrizo en menos de doscientos metros. ¡Sujétense, muchachos, que vamos a galopar! -anunció con otro de sus típicos gritos de guerra.

Hasta ese momento Angie Ninderera había pilotado muy relajada, con una lata de cerveza entre las rodillas y su cigarro en la mano. Ahora su actitud cambió. Apagó el cigarro contra el cenicero pegado con cinta adhesiva en el piso, acomodó su corpulenta humanidad en el asiento, se aferró a dos manos del volante y se dispuso a tomar posición, sin dejar de maldecir y aullar como comanche, llamando a la buena suerte que, según ella, nunca le fallaba, porque para eso llevaba su fetiche colgado al cuello. Kate Cold coreó a Angie, gritando hasta desgañitarse, porque no se le ocurrió otra forma de desahogar los nervios. Nadia Santos cerró los ojos y pensó en su padre. Alexander Cold abrió bien los suyos, invocando a su amigo, el lama Tensing, cuya prodigiosa fuerza mental podría serles de gran ayuda en esos momentos, pero Tensing estaba muy lejos. El hermano Fernando se puso a rezar en voz alta en español, acompañado por Joel González. Al final de la breve playa se elevaba, como una muralla china, la vegetación impenetrable de la selva. Tenían sólo una oportunidad de aterrizar; si fallaban, no había pista suficiente para volver a elevarse y se estrellarían contra los árboles.

El Súper Halcón descendió bruscamente y las primeras ramas de los árboles le rozaron el vientre. Apenas se encontró sobre el improvisado aeródromo, Angie buscó el suelo, rogando para que fuera firme y no estuviera sembrado de rocas. El avión cayó dando bandazos, como un pajarraco herido, mientras en su interior reinaba el caos: los bultos saltaban de un lado a otro, los pasajeros se azotaban contra el techo, rodaba la cerveza y bailaban los tambores de gasolina. Angie, con las manos agarrotadas sobre los instrumentos de control, aplicó los frenos a fondo, tratando de estabilizar el aparato para evitar que se quebraran las alas. Los motores rugían, desesperados, y un fuerte olor a goma quemada invadía la cabina. El aparato temblaba en su intento de detenerse, recorriendo los últimos metros de pista en una nube de arena y humo.

– ¡Los árboles! -gritó Kate cuando estuvieron casi encima de ellos.

Angie no contestó a la gratuita observación de su clienta: ella también los veía. Sintió esa mezcla de terror absoluto y de fascinación que la invadía cuando se jugaba la vida, una súbita descarga de adrenalina que le hacía hormiguear la piel y aceleraba su corazón. Ese miedo feliz era lo mejor de su trabajo. Sus músculos se tensaron en el esfuerzo brutal de dominar la máquina; luchaba cuerpo a cuerpo con el avión, como un vaquero sobre un toro bravo. De pronto, cuando los árboles estaban a dos metros de distancia y los pasajeros creyeron que había llegado su último instante, el Súper Halcón se fue hacia delante, dio una sacudida tremenda y enterró el pico en el suelo.

– ¡Maldición! -exclamó Angie.

– No hable así, mujer -dijo el hermano Fernando con voz temblorosa desde el fondo de la cabina, donde pataleaba enterrado bajo las cámaras fotográficas-. ¿No ve que Dios proveyó una pista de aterrizaje?

– ¡Dígale que me mande también un mecánico, porque tenemos problemas! -bramó de vuelta Angie.

– No nos pongamos histéricos. Antes que nada debemos examinar los daños -ordenó Kate Cold preparándose para bajar, mientras los demás se arrastraban a gatas hacia la portezuela. El primero en saltar afuera fue el pobre Borobá, quien rara vez había estado más asustado en su vida. Alexander vio que Nadia tenía la cara cubierta de sangre.

– ¡Águila! -exclamó, tratando de librarla de la confusión de bultos, cámaras y asientos desprendidos del suelo.

Cuando por fin estuvieron afuera y pudieron evaluar la situación, resultó que ninguno estaba herido; lo de Nadia era una hemorragia nasal. El avión, en cambio, había sufrido daños.

– Tal como temía, se dobló la hélice -dijo Angie.

– ¿Es grave? -preguntó Alexander.

– En circunstancias normales no es grave. Si consigo otra hélice, yo misma la puedo cambiar, pero aquí estamos fritos. ¿De dónde voy a sacar una de repuesto?

Antes que el hermano Fernando alcanzara a abrir la boca, Angie lo enfrentó con los brazos en jarra.

– ¡Y no me diga que su Dios proveerá, si no quiere que me enoje de verdad!

El misionero guardó prudente silencio.

– ¿Dónde estamos exactamente? -preguntó Kate.

– No tengo la menor idea -admitió Angie.

El hermano Fernando consultó su mapa y concluyó que seguramente no estaban muy lejos de Ngoubé, la aldea donde sus compañeros habían establecido la misión.

– Estamos rodeados de jungla tropical y pantanos, no hay forma de salir de aquí sin un bote -dijo Angie.

– Entonces hagamos fuego. Una taza de té y un trago de vodka no nos caerían mal -propuso Kate.