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– Oye -le dije-, no le digas que me han echado, ¿eh?

– Bueno.

Eso era lo que me gustaba de Stradlater. Nunca tenía uno que darle cientos de explicaciones como había que hacer con Ackley. Supongo que en el fondo era porque no le importaba un pito. Se puso mi chaqueta de pata de gallo.

– No me la estires por todas partes -le dije. Sólo me la había puesto dos veces.

– No. ¿Dónde habré dejado mis cigarrillos?

– Están en el escritorio- le dije. Nunca se acordaba de dónde ponía nada-. Debajo de la bufanda.

Los cogió y se los metió en el bolsillo de la chaqueta. De mi chaqueta.

Me puse la visera de la gorra hacia delante para variar. De repente me entraron unos nervios horrorosos. Soy un tipo muy nervioso.

– Oye, ¿adonde vais a ir? ¿Lo sabes ya? -le pregunté.

– No. Si nos da tiempo iremos a Nueva York. Pero no creo. No ha pedido permiso más que hasta las nueve y media.

No me gustó el tono en que lo dijo y le contesté:

– Será porque no sabía lo guapo y lo fascinante que eres. Si lo hubiera sabido habría pedido permiso hasta las nueve y media de la mañana.

– Desde luego – dijo Stradlater. No había forma de hacerle enfadar. Se lo tenía demasiado creído.

– Ahora en serio. Escríbeme esa composición -dijo.

Se había puesto el abrigo y estaba a punto de salir.

– No hace falta que te mates. Pero eso sí, ya sabes, que sea de muchísima descripción, ¿eh?

No le contesté. No tenía ganas. Sólo le dije:

– Pregúntale si sigue dejando todas las damas en la línea de atrás.

– Bueno -dijo Stradlater, pero estaba seguro de que no se lo iba a preguntar.

– ¡Que te diviertas! -dijo. Y luego salió dando un portazo.

Cuando se fue, me quedé sentado en el sillón como media hora. Quiero decir sólo sentado, sin hacer nada más, excepto pensar en Jane y en que había salido con Stradlater. Me puse tan nervioso que por poco me vuelvo loco. Ya les he dicho lo obsesionado que estaba Stradlater con eso del sexo.

De pronto Ackley se coló en mi habitación a través de la ducha, como hacía siempre. Por una vez me alegré de verle. Así dejaba de pensar en otras cosas. Se quedó allí hasta la hora de cenar hablando de todos los tíos de Pencey a quienes odiaba a muerte y reventándose un grano muy gordo que tenía en la barbilla. Ni siquiera sacó el pañuelo para hacerlo. Yo creo que el muy cabrón ni siquiera tenía pañuelos. Yo nunca le vi ninguno.