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Capítulo 24

El señor Antolini y su mujer tenían un apartamento muy elegante en Sutton Place con bar y dos escalones para bajar al salón y todo. Yo había estado allí muchas veces porque cuando me echaron de Elkton Hills el señor Antolini venía a mi casa con mucha frecuencia a cenar y a ver cómo seguía. Entonces aún estaba soltero. Luego, cuando se casó, solíamos jugar al tenis los tres en el West Side Te

Debí haber ido a su casa andando porque no quería gastar el dinero que me había dado Phoebe si no era en algo absolutamente indispensable, pero cuando salí a la calle sentí una sensación rara, como de mareo, así que tomé un taxi. De verdad que no quería, pero no tuve más remedio. No saben lo que me costó encontrar uno a esa hora.

Cuando llamé al timbre de la puerta -una vez que el ascensorista, el muy cerdo, se decidió a subirme-, salió a abrir el señor Antolini. Iba en batín y zapatillas y llevaba un vaso en la mano. Era un tío con mucho mundo y le daba bien al alcohol.

– ¡Holden, muchacho! -me dijo-. ¡Dios mío! Ya has crecido como veinte pulgadas más. ¡Cuánto me alegro de verte!

– ¿Cómo está usted, señor Antolini? ¿Cómo está la señora Antolini?

– Muy bien los dos. Venga, dame ese abrigo.

Me lo quitó de la mano y lo colgó.

– Esperaba verte llegar con un recién nacido en los brazos. Nadie a quien recurrir, lágrimas, copos de nieve en las pestañas…

Cuando quiere es un tío muy ingenioso. Luego se volvió y gritó, en dirección a la cocina:

– ¡Lillian! ¿Cómo va ese café? -Lillian era el nombre de su mujer.

– Ya está listo -contestó ella también a gritos-. ¿Ha llegado Holden? ¡Hola, Holden!

– Hola señora Antolini.

Se hablaban todo el tiempo a berridos. Supongo que era porque nunca estaban juntos en la misma habitación. Tenía gracia.

– Siéntate, Holden -dijo el señor Antolini. Se le notaba que estaba un poco curda. En el salón había por todas partes copas y platitos llenos de cacahuetes y cosas así, como si hubiera habido una fiesta.

– No te fijes en este desorden -me dijo-. Hemos tenido que invitar a unos amigos de mi mujer. Unos tipos de Buffalo. Más bien diría que unos búfalos.

Me reí. La señora Antolini me gritó algo desde la cocina, pero no pude entenderla.

– ¿Qué ha dicho? -le pregunté a su marido.

– Que no se te ocurra mirarla cuando entre. Acaba de levantarse de la cama. Coge un cigarrillo. ¿Sigues fumando?

– Gracias -le dije. Tomé uno de la caja que me ofrecía abierta-. A veces. Fumo con moderación.

– No lo dudo -me dijo. Me acercó un encendedor que había sobre la mesa-. Así que Pencey y tú habéis dejado de ser uno.

Siempre decía cosas así. Unas veces me hacía gracia y otras no. Creo que se le iba un poco la mano, aunque con eso no quiero decir que no fuera ingenioso. Lo era, pero a veces le pone a uno nervioso que le digan cosas de ese estilo todo el tiempo. D.B. hace lo mismo.

– ¿Qué pasó? -dijo el señor Antolini-. ¿Qué tal saliste en Lengua? Ahora mismo te pongo de patitas en la calle si me dices que te han suspendido a ti, el mejor escritor de composiciones que haya visto este país.

– No, en Lengua me han aprobado, aunque era casi todo literatura. Sólo he escrito dos composiciones en todo el semestre -le dije-. Lo que sí he suspendido es Expresión Oral. Era una asignatura obligatoria. En ésa me han cateado.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

La verdad es que no tenía ganas de contárselo. Aún me sentía un poco mareado y de pronto me había entrado un dolor de cabeza terrible. De verdad. Pero como se le notaba que estaba muy interesado en el asunto, le expliqué un poco en qué consistía esa clase.

– Es un curso en que cada chico tiene que levantarse y dar una especie de charla. Ya sabe. Muy espontánea y todo eso. En cuanto el que habla se sale del tema los demás tienen que gritarle, «Digresión». Me ponía malo. Me suspendieron.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Eso de tener que gritar «Digresión» me ponía los nervios de punta. No puedo decirle por qué. Creo que lo que pasa es que cuando lo paso mejor es precisamente cuando alguien empieza a divagar. Es mucho más interesante.

– ¿No te gusta que la gente se atenga al tema?

– Sí, claro que me gusta que se atengan al tema, pero no demasiado. No sé. Me aburro cuando no divagan nada en absoluto. Los chicos que sacaban las mejores notas en Expresión Oral eran los que hablaban con más precisión, lo reconozco. Pero había uno que se llamaba Richard Kinsella y que siempre se iba por las nubes. Le gritaban «Digresión» todo el tiempo. Me daba muchísima pena porque, para empezar, era un tío muy nervioso, pero mucho, de esos que en cuanto les toca hablar empiezan a temblarles los labios. Si uno estaba sentado un poco atrás, ni siquiera le oía. Para mi gusto era el mejor de la clase, pero por poco le suspenden también. Le dieron un aprobado pelado sólo porque los otros le gritaban «Digresión» todo el tiempo. Por ejemplo, un día habló de una finca que había comprado su padre en Vermont. Bueno, pues el profesor, el señor Vinson, le puso un suspenso porque no dijo qué clase de animales y de verduras y de frutas producía. Lo que pasó es que Kinsella empezó hablando de todo eso, pero de pronto se puso a contarnos la historia de un tío suyo que había cogido la polio cuando tenía cuarenta y dos años y no quería que nadie fuera a visitarle al hospital para que no le vieran paralítico. Reconozco que no tenía nada que ver con la finca, pero era muy bonito. Me gusta mucho más que un chico me hable de su tío. Sobre todo cuando empieza hablando de una finca y de repente se pone a hablar de una persona. Es un crimen gritarle a un tío «Digresión» cuando está en medio de… No sé. Es difícil de explicar.

Tenía un dolor de cabeza horrible y estaba deseando que apareciera la señora Antolini con el café. Si hay una cosa que me molesta es cuando alguien te dice que algo está listo y resulta que no es verdad.

– Holden, una breve pregunta de tipo pedagógico y ligeramente cargante. ¿No crees que hay un momento y un lugar apropiados para cada cosa? ¿No crees que si alguien empieza a hablarte de la finca de su padre debe atenerse al tema primero y después hablarte, si quiere, de la parálisis de su tío? Por otra parte, si esa parálisis le parece tan fascinante, ¿por qué no la elige como tema para la charla en vez de la finca?

No tenía ganas de contestarle a todo eso. Me encontraba muy mal. Hasta empezaba a dolerme el estómago.

– Sí. Supongo que sí. Supongo que debía haber elegido como tema a su tío si es que le interesaba tanto. Pero es que hay quien no sabe lo que le interesa hasta que empieza a hablar de algo que le aburre. A veces es inevitable. Por eso creo que es mejor que le dejen a uno en paz si lo pasa muy bien con lo que dice. Es bonito que la gente se emocione con algo. Lo que pasa es que usted no conoce al señor Vinson. Le volvía a uno loco. Continuamente nos repetía que había que unificar y simplificar. No veo cómo se puede unificar y simplificar así por las buenas, sólo porque a uno le dé la gana. Usted no conoce a ese Vinson. A lo mejor era muy inteligente, pero a mí me parece que no tenía más seso que un mosquito.

– Caballeros, el café al fin.

La señora Antolini entró en el salón llevando una bandeja con dos tazas de café y un plato de pasteles.

– Holden, no se te ocurra ni mirarme. Voy hecha un cuadro.

– ¿Cómo está usted, señora Antolini?

Empecé a levantarme, pero el señor Antolini me tiró de la chaqueta y me obligó a sentarme. Su mujer tenía la cabeza llena de rulos. No llevaba maquillaje ni nada y la verdad es que estaba bastante fea. De pronto parecía mucho más vieja.

– Bueno, os dejo esto aquí. Servios lo que queráis -dijo mientras ponía la bandeja sobre la mesa empujando hacia un lado todos los vasos-. ¿Cómo está tu madre, Holden?

– Muy bien, gracias. Hace bastante que no la veo, pero la última vez…

– Si Holden necesita algo, está todo en el ropero. En el estante de arriba. Yo me voy a acostar. Estoy muerta -dijo la señora Antolini. Se le notaba- ¿Sabréis hacer la cama en el sofá vosotros solos?

– Ya nos las arreglaremos. Tú vete a dormir -dijo el señor Antolini. Se dieron un beso y luego ella me dijo adiós y se fue a su cuarto. Siempre se estaban besuqueando en público.

Tomé un poco de café y medio pastel que, por cierto, estaba más duro que una piedra. El señor Antolini se tomó otro cocktail. Los hace bastante fuertes, se le nota. Si no se anda con ojo acabará alcoholizado.

– Comí con tu padre hace un par de semanas -me dijo de repente-. ¿Te lo ha dicho?

– No. No sabía nada.

– Está muy preocupado por ti.

– Sí. Ya lo sé.

– Al parecer, cuando me telefoneó acababa de recibir una carta del director de Pencey en que le decía que ibas muy mal, que hacías novillos, que no estudiabas, que, en general…

– No hacía novillos. Allí era imposible. Falté un par de veces a la clase de Expresión Oral, pero eso no es hacer novillos.

No tenía ganas de hablar del asunto. El café me había sentado un poco el estómago, pero seguía teniendo un dolor de cabeza terrible.

El señor Antolini encendió otro cigarrillo. Fumaba como un energúmeno. Luego dijo:

– Francamente, no sé qué decirte, Holden.

– Lo sé. Es muy difícil hablar conmigo. Me doy cuenta.

– Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de… ¿Me escuchas?

– Sí.

Se le notaba que estaba tratando de concentrarse.

– Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen «Ves a verla». O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adonde voy a parar, ¿verdad?

– Sí, claro -le dije. Y era verdad. Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie. Es posible que alguien me reviente durante una temporada, como me pasaba con Stradlater o Robert Ackley. Los odio unas cuantas horas o unos cuantos días, pero después se me pasa. Hasta es posible que si luego no vienen a mi habitación o no los veo en el comedor, les eche un poco de menos.

El señor Antolini se quedó un rato callado. Luego se levantó, se sirvió otro cubito de hielo, y volvió a sentarse. Se le notaba que estaba pensando. Habría dado cualquier cosa porque hubiera continuado la conversación a la mañana siguiente, pero no había manera de pararle. La gente siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene la menor gana de hacerlo.