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Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.

– Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin habló, sólo dijo:

– Papá va a matarte.

– Por mí que lo haga -le dije. Me levanté de la cama porque quería llamar al que había sido profesor mío de literatura en Elkton Hills, el señor Antolini. Ahora vivía en Nueva York. Había dejado el colegio para ir a enseñar a la Universidad-. Tengo que hacer una llamada -le dije a Phoebe-. Enseguida vuelvo. No te duermas.

No quería que se durmiera mientras yo estaba en el salón. Sabía que no lo haría, pero aun así se lo dije para asegurarme.

Mientras iba hacia la puerta, Phoebe me llamó:

– ¡Holden!

Me volví. Se había sentado en la cama. Estaba guapísima.

– Una amiga mía, Phillis Margulis, me ha enseñado a eructarme -dijo- Escucha.

Escuché y oí algo, pero nada espectacular.

– Lo haces muy bien -le dije, y luego me fui al salón a llamar al señor Antolini.