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– Mamá ha dicho que no sabe. Que depende. A lo mejor tiene que quedarse en Hollywood para escribir un guión sobre A
– ¿Sobre A
– Es una historia de amor. Y ¿sabes quiénes van a ser los protagonistas? ¿Qué artistas de cine? Adivina.
– No me importa. Nada menos que sobre A
– Un chico de mi clase, Curtis Weintraub, me empujó cuando bajábamos la escalinata del parque -me dijo-. ¿Quieres verlo?
Empezó a despegarse la tirita.
– Déjalo. ¿Por qué te empujó?
– No sé. Creo que me odia -dijo Phoebe-. Selma Atterbury y yo siempre le estamos manchando el anorak con tinta y cosas así.
– Eso no está bien. Ya no tienes edad de hacer tonterías.
– Ya sé, pero cada vez que voy al parque me sigue por todas partes. No me deja en paz. Me pone nerviosa.
– Probablemente porque le gustas. Además, esa no es razón para mancharle…
– No quiero gustarle -me dijo. Luego empezó a mirarme con una expresión muy rara-. Holden, ¿cómo es que has vuelto antes del miércoles?
– ¿Qué?
¡Jo! ¡El cuidado que había que tener con ella! No se imaginan lo lista que es.
– ¿Cómo es que has venido antes del miércoles? -volvió a preguntarme-. No te habrán echado, ¿verdad?
– Ya te he dicho que nos dejaron salir antes. Decidieron…
– ¡Te han echado! ¡Te han echado! -dijo Phoebe. Me pegó un puñetazo en la pierna. Cuando le da la ventolera te atiza unos puñetazos de miedo-. ¡Te han echado! ¡Holden! -se había llevado la mano a la boca y todo. Es de lo más sensible. Lo juro.
– ¿Quién dice que me hayan echado? Yo no he…
– Te han echado. Te han echado.
Luego me largó otro puñetazo. No saben cómo dolían.
– Papá va a matarte -dijo. Se tiró de bruces sobre la cama y se tapó la cabeza con la almohada. Es una cosa que hace bastante a menudo. A veces se pone como loca.
– Ya vale -le dije-. No va a pasar nada. Papá no va a… Vamos, Phoebe, quítate eso de la cara. Nadie va a matarme.
Pero no quiso destaparse. Cuando se empeña en una cosa, no hay quien pueda con ella. Siguió repitiendo:
– Papá va a matarte. Papá va a matarte -apenas se le entendía con la almohada sobre la cabeza.
– No va a matarme. Piensa un poco. Para empezar voy a largarme de aquí una temporada. Buscaré trabajo en el Oeste. La abuela de un amigo mío tiene un rancho en Colorado. Le pediré un empleo -le dije-. Si voy, te escribiré desde allí. Venga, quítate esa almohada de la cara. ¡Vamos, Phoebe! Por favor. ¿Quieres quitártela?
No me hizo caso. Traté de arrancársela pero no pude porque tiene muchísima fuerza. Se cansa uno de forcejear con ella. ¡Jo! ¡Qué tía! Cuando se le mete una cosa en la cabeza…
– Phoebe, por favor, sal de ahí -le dije-. Vamos. ¡Eh, Weatherfield! ¡Sal de ahí!
Pero como si nada. A veces no hay modo de razonar con ella. Al final fui al salón, cogí unos cigarrillos de la caja que había sobre la mesa, y me los metí en el bolsillo. Se me habían terminado.