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Cuando hace buen tiempo, mis padres suelen ir a dejar flores en la tumba de Allie. Yo fui con ellos unas cuantas veces pero después no quise volver más. No me gusta verle en el cementerio rodeado de muertos y de losas. Cuando hace sol aún lo aguanto, pero dos veces empezó a llover mientras estábamos allí. Fue horrible. El agua empezó a caer sobre su tumba empapando la hierba que tiene sobre el estómago. Llovía muchísimo y la gente que había en el cementerio empezó a correr hacia los coches. Aquello fue lo que más me reventó. Todos podían meterse en su automóvil, y poner la radio, y después irse a cenar a un restaurante menos Allie. No pude soportarlo. Ya sé que lo que está en el cementerio es sólo su cuerpo y que su espíritu está en el Cielo y todo eso, pero no pude aguantarlo. Daría cualquier cosa porque no estuviera allí. Claro, ustedes no le conocían. Si le hubieran conocido entenderían lo que quiero decir. Cuando hace sol puede pasar, pero el sol no sale más que cuando le da la gana.
Al cabo de un rato, para dejar de pensar en pulmonías y cosas de esas, saqué el dinero que me quedaba y me puse a contarlo a la poca luz que daba la farola. No me quedaban más que tres billetes de un dólar, cinco monedas de veinticinco centavos, y una de cinco. ¡Jo! Desde que había salido de Pencey había gastado una verdadera fortuna. Me acerqué al lago y tiré las monedas en la parte que no estaba helada. No sé por qué lo hice. Supongo que para dejar de pensar en que me iba a morir. Pero no me sirvió de nada.
De pronto se me ocurrió qué haría la pobre Phoebe si me diera una pulmonía y la diñara. Era una tontería, pero no podía sacármelo de la cabeza. Supongo que se llevaría un disgusto terrible. Me quiere mucho. De verdad. No podía dejar de pensar en ello, así que decidí colarme en casa sin que nadie me viera y verla por si acaso luego me moría. Tenía la llave de la puerta. Podía entrar a escondidas y hablar un rato con ella. Lo único que me preocupaba era que la puerta principal chirría como loca. Es una casa de pisos bastante vieja. El administrador es un vago y todo cruje y rechina que es un gusto. Pero aun así, me decidí a intentarlo.
Salí del parque y me fui a casa. Anduve todo el camino. No estaba muy lejos y además no me sentía ni cansado ni borracho. Sólo hacía un frío terrible y no se veía un alma.